Cuando aprendía a bailar,
entre madres muy cotillas,
me solía cabrear
con sus malas miradas fijas.
El baile se celebraba en la plaza de los toros; las madres, allí sentadas, tenían crítica para todos.
Lejos de mi familia, siendo yo allí un emigrante, al pedir baile a una chica no ponían buen semblante.
Nadie me daba apoyo por venir de otro lugar; como si fuera un bicho, me querían rechazar.
Eran todas unas brujas, no las podía aguantar; no dejaban a sus hijas un momento disfrutar.
Así ninguna picaba, estaban todas muy moscas; siempre decían que no, y no me comía una rosca.
Esas madres protectoras no hacían la reflexión: que a ellas les gustó el baile y también un apretón.
De aquel pueblo me marché, me vine a la capital; aquí no había cotillas y aprendí, por fin, a bailar.
Sin esas protectoras
ni miradas acechando,
la ocasión se aprovechaba...
¡Al! ¡Menos de vez en cuando!
Fue difícil aquel tiempo
siendo un bicho en el lugar,
pero el destino me puso
donde sí pude brillar.
E

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