El Recuerdo del Vaticano
En su luna de miel, eligen el Vaticano, por ser un lugar sagrado y con más calor humano.
Su madre, muy católica, les pide un recordatorio; una cosa muy sencilla, como cualquier abalorio.
Regresan y, al recordarlo, llega la gran cagada: la madre está esperando y no le compraron nada.
—Ahora te doy el recuerdo, es pequeño y muy discreto. Más tengo que ir al baño, que me está dando un aprieto.
Está meando y pensando qué se le puede ocurrir, qué regalarle a la madre y de ese apuro salir.
Pelos tiene de sobra, "ellos valdrán de recuerdo". Se arrancará unos pocos: dirá que son de San Pedro.
Se los entrega a su madre, que no logra comprender de dónde son esos pelos ni para qué pueden valer.
—Madre, no seas inculta, ¡esto es un gran recuerdo! Esos pelos pertenecen a los huevos de San Pedro.
—Perdón por mi ignorancia, ahora lo entiendo mejor. Sí que huelen a pescado... ¡San Pedro fue pescador!
¡Qué regalo tan sencillo para salir del apuro! La madre quedó contenta y él... sin gastar ni un duro.
La madre guarda el tesoro, con devoción y con celo. ¡Y hasta le reza un rosario, a cada punta de pelo!
H

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