De joven yo conquisté a una chica pastelera; de ser un chico normal, pasé a ser uno de primera.
Mis amigos me decían: «¿Cómo has cambiado, colega? Con lo dulce que ella está, te vas a quedar sin cuerda».
Yo no les hice ni caso y me sentía orgulloso: «Sois unos perroflautas, unos puros envidiosos».
Me olvidé de los amigos, los borré de mi memoria; con una novia tan dulce, ¡que se fueran a la porra!
Ella era como un bombón que se dejaba chupar; cada día más hermosa... y yo empecé a adelgazar.
Esos amigos cercanos empezaron a murmurar: «Este tío está diabético, pronto se lo va a cargar».
Al final tenían razón, aquí se acaba el mito: es muy difícil tocar, si no te funciona el pito.
Me dejó la pastelera y me estoy recuperando. Ya no quiero una tan dulce, y la seguiré buscando.
He aprendido la lección de este error tan garrafal: dejé de chupar bombones ¡solo sacarina y sal!



































