—María, qué guapa estás con tu estupenda melena. No te pasa lo que a mí, que siempre la llevo de pena.
A pesar de que la cuido gastando un buen dinero, no sé si será mi culpa o culpa del peluquero.
—Es fácil de averiguar, como consejo de amiga: si no te va el peluquero, cambia de peluquería.
—Lo he pensado muchas veces, pero nunca me decido: es un antiguo novio y amigo de mi marido.
—Busca otra solución, una medida muy buena: para no ir al peluquero, ¡pues córtate la melena!
—¡Qué más quisiera hacer yo! A mi marido no le gusta; le gusta tocar el pelo... y esa idea me asusta. .
—Sí que lo tienes difícil, ¿cómo salir de ese lío? Cámbiate a una peluquera sin decírselo al marido.
—Lo pienso muchas veces, aún lo sigo pensando, pero no tengo valor... pues me lo estoy cepillando.
—Yo también me lo cepillo, es la primera faena: después de lavarme la cara, me cepillo la melena.
—No me has entendido bien, yo lo que hago primero: si se ausenta mi marido... ¡Me cepillo al peluquero!

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