Quince hijos parió la mujer de padres desconocidos, hasta que un hombre pudo caer y acabó siendo su marido.
Maduros ya estaban los dos, trabajaron con mucho ahínco; atendiendo a la ley de Dios, fabricaron otros cinco.
Tiempos de Mari castaña, sin gomas ni protección; con mucha fuerza y maña, se hacían sobre el colchón.
Ni esperaban a la noche para empezar con la obra; sin miedo y con derroche, que campo tenían de sobra.
De la parca nadie libra, ¡vaya un destino fatal! Perdió el cuerpo la fibra, y él se fue al lodazal.
Ella no supo estar sola, sus polluelos han volado; la muerte la llevó en volando, y hoy descansa a su lado.
En el entierro hay chisme: «¡Pecadores condenados!». Aunque el suelo los abisme, en el cielo separado.
El cura les dice adiós con frases dulces y tiernas: «¡Vayan en paz con Dios, por fin se juntan tus piernas!».
Se buscaron allí arriba, no se pueden encontrar, menos mal que fue así!, ¡y no la pudieron liar!



































