Las sopas de la tía Antonia
Encontré a la tía Antonia en una piedra sentada, con lágrimas en los ojos, llorando desconsolada.
Le pregunté por qué lloraba y dijo muy afligida: —Tropecé, caí al suelo y se vertió la comida.
Le llevaba a mi marido unas sopas muy calientes, con pan, un poco de aceite y un toque de pimentón.
—Mujer, regresa a la casa y prepara otra comida; un descuido le ocurre a cualquiera, aquí no se acaba la vida.
—Eso que tú me aconsejas, yo no lo puedo hacer; en casa no queda nada y yo estoy aun sin comer.
—El caldo ya se ha vertido, pero el pan se ha salvado; si le llevas un poco de vino, lo tienes solucionado.
—No se me había ocurrido una cosa tan sencilla; a él las sopas de vino le sientan de maravilla.
Comió las sopas de vino, siguió arando contento, y ella regresó a su casa tirando pedos al viento.
Así termina el desastre, con vino y mucha alegría, que un estómago con gases da música a todo el día.

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