Vendí miel a domicilio, oficio desaparecido. Ahora, recordando aquello, fue la mar de divertido.
—Señora, compre esta miel, es miel de Guadalajara; una de flor de romero, otra de flor de la jara.
Así, de puerta en puerta, ofreciendo mercancía; dándoles miel a probar para endulzarles la vida.
—Señora, chupe despacio, saboree el contenido; esto la pondrá muy dulce cuando regrese el marido.
Se juntaban las vecinas, todas querían probar; como la prueba era gratis, todas querían chupar.
Alguna venta hacía allá de vez en cuando; ganaba poco dinero, solo para ir tirando.
La experiencia fue corta, no me comía dos roscas; pero andaba acompañado por unos miles de moscas.
Pero a alguna conocí que me llegó a insinuar que estaba muy amargada... si la podría endulzar.
La tentación era grande, y más en la soltería; para una vez que pequé, ¡me robaron la mercancía!
El negocio no era bueno, fue una experiencia nueva: la ganancia se perdía entre la cata y la prueba.

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