El Campanario y el Burro
En Todos los Santos era, en el pueblo, una costumbre: tocar de noche campanas y hacer una buena lumbre.
Allí se asaban castañas, también bebíamos vino, algún chorizo después y un poco de buen tocino.
Era tarea de mozos, nos íbamos relevando, así podíamos estar toda la noche tocando.
Pero éramos muy pocos para cumplir con el curro. A uno se le ocurre decir: «¡Esto es tarea de un burro!».
La idea nos pareció un plan extraordinario; lo más difícil sería subirlo hasta el campanario.
Con unos litros de vino, uno aceptó la tarea: fue a buscar al animal y subió por la escalera.
Ya puesto en el campanario, la cosa era complicada: ¿cómo atarle los badajos para que el burro tocara?
Unos decían: «en las patas», otros: «mejor en el rabo», otros que en la cabeza, o bien atarlos al nabo.
Probamos en esos sitios, ninguno dio resultado; el burro no se movía, se quedaba allí parado.
Nos paramos a pensar y se ilumina una mente: «Seguro se mueve el burro con una burra delante».
Corriendo a por la burra fue aquel «iluminado»; la situaron enfrente y eso sí dio resultado.
Atado un badajo a cada uno, ¡la que armamos, madre mía! Tocaron toda la noche la novena sinfonía.
Los difuntos despertaron, no podían descansar; salieron de sus tumbas y se pusieron a bailar.
Eso duró pocos años, hoy el pueblo está casi muerto; ya no doblan las campanas ni resucitan los muertos.

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