El honor del apellido
Al haber hecho la mili y por apellido contestar, el de Bobo era el mío, superfamoso en el lugar.
Me llaman por mi apellido una tarde al pasear; un recluta con su chica me la quiere presentar.
—Es una prima mía, y como ves, es muy bella. Tú eres Bobo y sin novia... ¿Quieres salir con ella?
Rápido dije que sí, no lo dudé ni un segundo. Parecía la conquista más fácil de todo el mundo.
En la primera cita ya empiezo a sospechar: me busca sitios oscuros y allí me quiere besar.
Estamos en los sesenta, yo sigo de militar; noto algo muy extraño, difícil de asimilar.
No quiere ir nunca al cine porque hay demasiada gente; prefiere irse para el campo, donde todo es diferente.
Estando ya entre los montes, tras de unos matorrales, me dice: —Aquí nadie ve, aliviemos nuestros males.
Me quedé como una estatua, no supe ni reaccionar. Aquel comportamiento lo tenía que investigar.
Ella no era su prima, de parentesco ni un gramo. Mi "amigo" estaba casado... ¡Y ella esperaba un reclamo!
Si me la llego a ligar, habría cambiado mi sino: me encasquetan a la criatura diciendo que es "sietemesino".
Mis amigos no me creen, me siguen tomando el pelo: —Haces honor al apellido, ¡si la tía es un caramelo!—
Pero al saber la verdad,
fui por todos felicitado:
—Tú seguirás siendo Bobo,
¡pero no eres un atontado!—

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