Muchacho super educado, hijo de ricos del pueblo. Estudió con los escolapios, del colegio no me acuerdo.
Cuando llegaba al pueblo, él daba los buenos días. Deseando buena suerte, a veces los bendecía.
Una maravilla de niño, no hacía una trastada. No jugaba con nosotros, tampoco nos molestaba.
Los padres nos decían: «Ese niño es un santo; vosotros matando bichos, todo el día tirando cantos».
No persigue a las rapazas ni les levanta la saya, no intenta tocar las tetas, no se pasa de la raya.
Un día le vimos solo, le regalamos un palo; le enseñamos a usarlo y a que fuera un niño malo.
Las muchachas le miraban reprimiendo sus deseos; él daba las buenas tardes, seguía con sus paseos.
Vino a trabajar a Madrid, eso ya era otra historia. Se integró en el ambiente, empezó a buscar novia.
Entró en una discoteca, se quedó maravillado. Preguntó en el mostrador: quería hablar al encargado.
—Buenas y santas, señor, ¿usted me puede informar? Vengo a buscar una moza para poderme casar.
—Buenas, como ves, están todas, y todas buscan fortuna; pero encontrar una santa... yo creo que no hay ninguna.






























