A Juan se le murió la burra, al Antonio, la María; están muy tristes los dos: dos desgracias en un día.
Tienen un cura novato que reside en otro pueblo, se acercó a dar el pésame y a organizar el entierro.
El pueblo es muy atrasado, allí no hay tanatorio, y se vela a la difunta en la casa del Antonio.
El marido no la vela, la está velando Juan; el Antonio fue por vino y una hogaza de pan.
El cura, al no conocerlos, piensa que Juan es el viudo, y le da el pésame a él con un gesto concienzudo.
—No lo lamente por ella, ya no la podía montar; estaba cascada y vieja y tenía que cascar.
Me salió la mar de buena, guardaré un buen recuerdo; la monté yo, el vecino, y todos los hombres del pueblo.
El cura, al escuchar eso, rojo se puso a rezar: —No cuenten conmigo para esto, yo no la vendré a enterrar.
—No la vamos a enterrar, ni piense usted en el entierro; la vamos a descuartizar y a echársela a los perros.
El cura salió disparado y no paraba de correr; se fue al Congo de misionero y jamás se le ha vuelto a ver.

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