La mujer está muy triste, su marido está malito; como no ocurra un milagro, le va a durar muy poquito.
Vive en lugar apartado, muy lejos del hospital; allí no hay ni cobertura, lo está pasando muy mal.
Se acerca andando hasta el pueblo y, al carecer de dinero, no le queda más remedio que acudir al curandero.
Ocupado el curandero, no la puede acompañar; le receta unos remedios con los que lo ha de curar:
—Si tiene la fiebre alta, paños en la barriga; pero si la tiene baja, le restriegas una ortiga.
Para que se recupere, una buena medicina: le bates un par de huevos con Quina Santa Catalina.
A los tres días, la mujer se presenta al curandero: —¡Mi marido se murió! ¡Eres un puto embustero!
—Cuéntame qué es lo que falló, yo soy legal y no miento; seguro que fue tu culpa, que no hiciste el tratamiento.
Dime qué huevos usaste para hacer la medicina: si eran de granja o de campo, blanca o negra la gallina.
—¡Qué huevos quieres que usara para hacer la medicina! ¡Los que tenía más a mano, si yo no tengo gallinas! 🥚🚫


















