Juan era todo un guaperas, enamoraba de lejos; las chicas se lo rifaban aun sin tirarle los tejos.
El típico leñador con la camisa de cuadros, con el hacha de buen acero, como para hacer un cuadro.
Los mozos de aquel lugar le tildaban de ser facha; las mozas se peleaban por el mango de su hacha.
Como todo se renueva en el campo y en la sierra, se dejó de usar el hacha: llegó la motosierra.
Él no quería usarla, decía que era una mierda; de pronto tuvo un percance al usar la motosierra.
No quiso hacer un cursillo, era un despreocupado; así tuvo un accidente que le dejó bien capado.
Buscaron algún donante para poder injertar; no encontraron ni a uno solo que lo quisiera donar.
Se murió un burro viejo y, aunque no era donante, le cortan el "aparato": valía para el trasplante.
El trasplante funcionó, él estaba emocionado; se olvidó del accidente, se sentía reforzado.
Ahora no se come una rosca, la que por él suspiraba, cuando le enseña el injerto... ¡huye de el asustada!
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