Ella, mi jefa maciza; yo, inmaduro veinteañero. Me ponía muy caliente, no se cortaba ni un pelo.
Casada hacía diez años con un marido ya enfermo; siempre andaba repitiendo: «Yo me casé con un muermo».
Ante tal insinuación, yo nunca me terminaba. Era un cándido pardillo y ella me impresionaba.
Cuando me pillaba solo, aquello era un martirio: me abrazaba por la espalda y me buscaba el pitillo.
Al tocarme me decía: «Te noto muy asustado. Seguro que todavía no la has estrenado».
Yo la miraba a hurtadillas, ¡tanta carne yo veía! En vez de ponerse gorda, la ropa se le encogía.
Con veinte años, entonces, poco había yo "mojado"; con las ganas por las nubes, pero sin haber toreado.
Tuve que salir corriendo de esa tía pechugona, y para no dejar rastro, hasta cambié de patrona.
El acoso femenino poco se ha contemplado; aunque existe en su medida, casi nunca es denunciado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario