Hizo la comunión, no asistía a misa; era un poco inquieto, se lo tomaba a risa.
Un día, estando sereno, se le ocurrió pensar que ya pasó mucho tiempo y se debía confesar.
Le dice al cura que peca, que quizás sea un trastorno: se encierra en su habitación todo el día viendo porno.
—Hijo mío, eso es grave, no te debes encerrar; eres joven, estás sano, sal a la calle a jugar.
—No tengo amigos, ni tampoco tengo amigas; con los jóvenes de ahora nunca hago buenas migas.
Me gustaría haber nacido en la época del abuelo; él siempre está contando que tenía muchos juegos.
—Sobre todo de casado, lo pasó como un enano; es lo que dice mi padre: ¡tiene catorce hermanos!
—Si leyeras la Biblia, se curaría el trastorno; cambiarías de opinión, dejarías de ver porno.
—No estoy muy de acuerdo, ustedes la han leído; hay curas pedófilos... de poco les ha valido.

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