La Asunción está soltera y le entra prisa de repente. Le gustaría casarse como una mujer decente.
Lo malo de nuestro pueblo, de esa España vaciada, es que para lo que busca no encuentra nada de nada.
Solo queda el tío Manolo, que hace arreglos y chapuzas. Come muy poco pescado, ¡pero si agarra merluzas!
Una vez la pretendió, la persiguió un año entero; ella le dio calabazas porque no era pescadero.
Se apuntó a un programa de esos para encontrar el amor, alguien que supere a Manolo, que sea un poquito mejor.
Quiere un tipo que sea guapo, con metro ochenta de altura, que tenga cuerpo de atleta y una escultural figura.
Llega el día de la cita, él todo lo tiene perfecto: es rubio de ojos azules, no le encuentra ni un defecto.
Rápido van a un hotel, no quieren perder el tiempo, pero al verlo ya desnudo surge el gran contratiempo.
Se queda con boca abierta al contemplar el engaño: el aparato es pequeño, no corresponde al tamaño.
Regresó al pueblo frustrada, ya no sabía qué hacer... Mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.
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