2º capítulo de la flor
Ahora interviene Cupido, la princesa ya está lista. Surge al fin ese flechazo: amor a primera vista.
Lanza otra flecha al príncipe, apuesto y desconocido. Cupido, ya se retira: cumplió con su cometido.
Al Rey no le gusta nada ver a su hija asediada. «Si no la encierro pronto, me la dejarán preñada».
La encierra en una torre donde nadie pueda subir. Guarda muy bien las llaves, vela por su porvenir.
Su enamorado la ve al otro lado del foso. No puede vivir sin ella, en su vida no hay reposo.
Cuando el amor es tan fuerte no existen impedimentos; en situaciones extremas a veces surgen inventos.
Una maroma con garfio para salvar el abismo; cruzó el príncipe el foso: ¡inventó el funambulismo!
Otra con nudos y garfio es la que lanza a su amada. Sube por la pared alta, así inventó la escalada.
Una vez juntos, los dos, dan rienda suelta a su amor. Ella queda embarazada... y aquí surge lo peor.
Al verle la tripa hinchada, el Rey se queda asombrado: «¡Si yo te tengo encerrada! ¿Cómo coño te han preñado?».
«La torre no tiene váter, lo hacía fuera del muro, dejando así al descubierto buena parte de mi culo.
Mi enamorado vigila por la noche y la mañana; me apuntó con su cañón... ¡Y acertó en plena diana!
Al recibir el impacto me asusté en ese momento; cerré fuerte las piernas y se me coló hacia dentro».
El Rey quedó pensativo, no le entraba en la cabeza, pero no quiso ignorar a un joven con esa pieza.
«No lo dejes escapar, aprovecha la ocasión: no hay otro en el contorno con tan potente cañón».
El Rey le cedió su trono, estaba muy convencido: con el cañón de su yerno estaba bien defendido.
Se celebró una gran fiesta con gran menú incluido, y la princesa presumía del cañón de su marido.
Las damas del contorno se sintieron marginadas; sus maridos tenían solo carabinas descargadas.
Su reinado fue feliz, dejó buena descendencia. Mejoraron los cañones y ganaron en potencia.

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