Un relato de amor, pérdida y belleza
Había un Rey muy bondadoso, y una Reina sin igual, todo era maravilloso en aquel reino ideal.
Para más felicidad, la Reina quedó encinta. Esperaban un varón de noble y regia impronta.
Pero la dicha completa no suele durar cien años, y al llegar el nacimiento surgieron los desengaños.
La criatura viene inversa, se complica la partida, y los médicos no saben cómo salvar esa vida.
La Reina se debilita, el bebé no quiere salir, y ella entrega su aliento sin terminar de parir.
El Rey, ante tal tragedia, da la orden terminante: —¡Tiren fuerte del infante! ¡Hay que seguir adelante!—
No es un varón lo que nace, es una niña preciosa, parece una muñeca con su carita de rosa.
El Rey le entrega su amor, su ternura y su cariño; no piensa casarse más, ya no le importa un niño.
Mas la imagen del suceso en su mente quedó fijada: no quiere volver a ver a ninguna embarazada.
Pasan dieciocho años con toda normalidad, y la presenta en un baile a toda la sociedad.
Presentar a la Princesa es mostrar un diamante; todos quedan asombrados, su belleza es deslumbrante.
No parece una princesa, sino el más dulce clavel; todos se acercan a ella como moscas a la miel.
Esta bella joven reina hasta a mí me está gustando. Pasaré a otro capítulo y lo seguiré contando.

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