Tenía una mujer que era bastante sosa. Él hacía por cambiarla, pero no funcionaba la cosa.
La besaba en la boca, muy apasionadamente. Era besar a una estatua: se mostraba indiferente.
Con solo dar un besito, él se ponía emocionado. Ella giraba el cuerpo, mirando para otro lado.
Era una estatua de bronce si le tocaba una teta. No se ponía caliente, ni arrimando cebolleta.
Sigue de ella enamorado, no piensa en separación. Lo primero que hace es un cambio de colchón.
Fuera duro o fuera blando, ella siempre respondía: —Hoy me duele la cabeza, lo haré mejor otro día.
Pasan días, pasan meses, lo mismo siempre a diario. Una noche por el campo, ocurre algo extraordinario.
Quizás fuera por la brisa o por el cambio de ambiente. Ella le da medio beso, él la encuentra diferente.
No piensa desperdiciar otra ocasión como esa. Rápido la lanza al suelo, como el león a la presa.
Al empezar la faena, y sin dar explicaciones, ella empezó a moverse a seis mil revoluciones.
Al terminar, ¡le pregunta el motivo de ese cambio!: —¡Casi me dejas capado y sin palanca de cambio!
—Te está bien empleado, otra vez mira primero. ¡No se te ocurra tumbarme encima de un hormiguero!
Desde aquel día el marido, cuando la nota dormida, busca siempre un hormiguero ¡para' darle un poco de vida!

































