El niño vivió unos años un poquito acomplejado: no tenía el cráneo redondo, estaba un poco abollado.
Se dejó el cabello largo, una melena abultada; con ese pelo a lo afro todo se disimulaba.
Llegó la época jipi, esa fue su etapa buena; estaba a la última moda y ligaba con su melena.
Nada dura eternamente, llegó el servicio militar; no admiten esa melena, se la tiene que rapar.
Al pasar por la revista, sin decirle lo que pasa, rápido le dan la baja y lo mandan para casa.
Le pregunta así a su madre, que le diga con certeza: —¿Me sacaron con los fórceps y eso abolló mi cabeza?
—Tú naciste normalmente, te lo afirmo con certeza; fue la culpa de tu padre quien abolló tu cabeza.
Cerca de tu nacimiento mi tripa le motivaba; cuando me hacía el amor, apretaba y apretaba.
Lo hacía todos los días sin ninguna delicadeza; como la tiene muy larga, rebotaba en tu cabeza.
—No sé si me estás mintiendo o me estás contando un bulo; ¡no lo quiero ni pensar si llego a venir de culo!
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