Los enanos de la Vicenta
Ocurrió la historia en el pueblo, sobre los años cuarenta. Un regalo inesperado que recibió la Vicenta.
Viuda hacía veinte años, era ya una octogenaria, algo apartada del mundo, con una vida solitaria.
No sabía escribir, ni por supuesto leer; sabía cosas del campo y una miaja de coser.
No recibía pensión, pues entonces no existía; cultivaba algo en el huerto, comía lo que podía.
Los hijos y los nietos todos habían emigrado. Un nieto fue a visitarla cargado con un regalo.
Era una radio enorme con dos buenos altavoces; al estar un poco sorda, para que oyera las voces.
Aprovechó que la abuela fue a ver a la vecina; para darle una sorpresa, se la instaló en la cocina.
Al regresar la anciana, oyó que estaban hablando; salió a pedir auxilio, ¡pensó que estaban robando!
Se reunió medio pueblo, nadie se atrevió a entrar, hasta que llegó Aniceto, el más bruto del lugar.
Entró armado con un hacha, esa era su costumbre; rompió la radio en pedazos, después los echó a la lumbre.
—Podéis entrar sin temor, que todo está arreglado: me cargué a los enanos y después los he quemado.

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