Cuarenta años de casados ya no se pueden ni ver; hay intereses de por medio y no se quieren perder.
En situación tan extrema buscan cualquier desperfecto, con tal de librarse el uno del otro y hacer el crimen perfecto.
Como él ya está jubilado, se le ocurre una traición: va al campo a buscar setas con la peor intención.
Él las conoce de sobra, sabe cuál puede comer; es una trampa ideal para matar a su mujer.
Poco ducho en la cocina, no sabe nada de nada, pero le dice a su esposa: —"Están ricas rebozadas".
—"Ten cuidado al cocinarlas, que esta es una seta fina; para apreciar bien su gusto pásala solo por harina".
—"Esta otra es diferente, resulta un poco más sosa; si la rebozas con huevo te quedará más sabrosa".
Con este sencillo truco cree que ya está salvado: distinguirá las venenosas por el tipo de rebozado.
Pero ella, que desconfía, viendo el plan que se ha inventado, por llevarle la contraria les cambió el rebozado.
Engañar a una mujer es tarea complicada; él estiró la pata pronto con la seta envenenada.
Nunca fue ella acusada de malvada ni asesina; él murió por gilipollas con su propia medicina.

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