La suerte de los chinos
Era la más guapa del pueblo, simpática y resalada; una pandilla de mozos la tenía asediada. Tener tantos pretendientes es para ella un dilema, no sabe a cuál elegir: un verdadero problema.
No puede salir de casa, se siente como una presa; son como perros hambrientos tras el rastro de la pieza.
No puede resistir más, no soporta la presión; se ha armado de gran valor para dar un buen pregón:
—A todos os quiero mucho, no sé cuál es el mejor; haced entre vosotros un torneo y elegiré al vencedor.
Aceptan el desafío, pelean como guerreros; solo quedan dos en pie que resultan ser gemelos.
Ridícula la disputa, desisten de la pelea; se la juegan a los chinos: quien gane, se la queda.
—Como somos tan iguales, ella no lo va a advertir; nos turnamos cada poco, la podemos repartir.
En la primera ocasión se da cuenta del engaño: comprueba que el aparato no tiene el mismo tamaño.
—No sé cuál ganó de los dos, me estáis haciendo un lío. Es mejor vivir los tres y así formamos un trío.

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