El látigo olvidado
En tiempos de Inquisición, época de brujería, condenaban a la mujer por la menor tontería.
Por una cosa muy vana fue una joven castigada: al cruzarse con el cura, le sostuvo la mirada.
Se quejó el buen superior de haber sido tentado por esa mujer de casta y de busto pronunciado.
«Indigno es en la mujer mirar al cura a la cara; para dar un escarmiento, ¡que sea bien castigada!»
«Serás tú el ejecutor, pues eres el ofendido; le darás cien latigazos, que no olvide lo sufrido».
Llevaron a la mujer a una celda muy oscura; la dejaron sin ropajes y entró enseguida el cura.
Se oyen gemidos y gritos, y los que están escuchando se quedan maravillados de la zurra que está dando.
Cuando abrieron la celda, se llevan la gran sorpresa: ella sale entre bailes con una jota aragonesa.
El cura está medio muerto, no puede ni respirar; no entiende qué ha sucedido, ni lo puede explicar.
«Para cumplir el castigo, se usa el látigo de cuero; tú olvidaste la correa... ¡Y encima sales en cueros!»

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