Regresaba de la huerta, Tan alegre y cantando. Se produjo la tragedia y me la encontré llorando.
La encontré por el camino, llorando, desconsolada; el burro la había tirado, se encontraba magullada.
La mujer, en esos tiempos,
de lado,
siempre montaba;
lo normal era caer al suelo
si el burro se tropezaba.
Con el tobillo torcido no dejaba de llorar; me ofrecí como voluntario para ayudarla a montar.
—Monta con piernas abiertas, asegura bien la brida; si no cambias la postura, habrá pronto otra caída.
Cuando su padre la vio, que era bastante cazurro, rápido me culpó a mí de su caída del burro.
—Me la traes hecha polvo, con el cuerpo magullado; le habrás tocado las tetas, ¡seguro la has deshonrado!
Como esto termine mal, te vas a cagar del susto; te cortaré los huevos y me quedaré tan a gusto.
Me obligó entonces a jurar que no la había tocado, que subió ella sola al burro y no la había deshonrado.
Regresaron hija y madre, convencieron al cazurro: que yo era un buen rapaz y la culpa fue del burro.
Padres poco agradecidos, siempre estaban con la mosca; te metías en un lío... ¡Y sin comer una rosca!

No hay comentarios:
Publicar un comentario