Era un burro muy feo. ¡Qué feo era ese burro! Pero estaba bien dotado del atributo del burro.
Andaba siempre muy triste, el ánimo decaído. El rabo entre las piernas y el aparato encogido.
El pobre estaba virgen, lo tenía sin estrenar. Soñaba con ser más guapo para así poder ligar.
Conoció a una bruja que cobraba muy barato. Al burro, por ser tan feo, ella lo ponía guapo.
Lo transformó en el burro más bonito del lugar, con una sola condición: no podría rebuznar.
—Si llegas a rebuznar no respondo del hechizo: o sigues siendo guapo, o pierdes el chorizo.
No parecía complicado cumplir esa condición; dejar de rebuznar y ser un burro molón.
La bruja no se fiaba de que el burro lo cumpliera. Para despejar las dudas lo probó de esta manera:
Se transformó en la burra más molosa del lugar. El burro empezó a dar saltos y se puso a rebuznar.
Se olvidó que era bruja al ver aquel aparato; pensó que tenía derecho a disfrutarlo un buen rato.
Los dos se sentían felices en medio de aquel alborozo. Se ponen a rebuznar, formando los dos un coro.
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