Revolución en la Aldea
Estrenábamos maestra. Íbamos medio asustados; resultó que era muy guapa y con los labios pintados.
Usaba la falda corta, las curvas muy bien marcadas, se le notaba el orgullo y no tenía barriga.
Zapatos de medio tacón, usaba medias de seda; una cosa nunca vista: vestir de aquella manera.
Las madres cotilleaban: —¡Qué desgracia hemos sufrido! No enseñará a nuestros hijos y altera a cualquier marido.—
Era atractiva y simpática, no conocía la vara; nos hablaba sin gritar y aquello nos extrañaba.
Los chicos todos contentos, las madres muy enfadadas: —Es una señoritinga, no sabe enseñar nada.—
Acostumbrados a ir con maestras anticuadas, queríamos ir a la escuela y con la cara lavada.
Las madres dale que dale: —¡Qué desgracia hemos sufrido! Ahora quiere ir a la escuela el burro de mi marido.—
Revolucionó a los abuelos que no sabían ni un cero; ahora dicen a la abuela: —¡Préstame el lapicero!—
En una aldea atrasada solo cabía esperar que una mujer tan moderna no acabara de encajar.

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