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sábado, 17 de enero de 2026

Revolución en la Aldea

 


Revolución en la Aldea

Estrenábamos maestra. Íbamos medio asustados; resultó que era muy guapa y con los labios pintados.

Usaba la falda corta, las curvas muy bien marcadas, se le notaba el orgullo y no tenía barriga.

Zapatos de medio tacón, usaba medias de seda; una cosa nunca vista: vestir de aquella manera.

Las madres cotilleaban: —¡Qué desgracia hemos sufrido! No enseñará a nuestros hijos y altera a cualquier marido.—

Era atractiva y simpática, no conocía la vara; nos hablaba sin gritar y aquello nos extrañaba.

Los chicos todos contentos, las madres muy enfadadas: —Es una señoritinga, no sabe enseñar nada.—

Acostumbrados a ir con maestras anticuadas, queríamos ir a la escuela y con la cara lavada.

Las madres dale que dale: —¡Qué desgracia hemos sufrido! Ahora quiere ir a la escuela el burro de mi marido.—

Revolucionó a los abuelos que no sabían ni un cero; ahora dicen a la abuela: —¡Préstame el lapicero!—

En una aldea atrasada solo cabía esperar que una mujer tan moderna no acabara de encajar.



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