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lunes, 12 de enero de 2026

El novato y la corriente

 

El novato y la corriente.

En esos primeros amores, yo anhelaba saber los grados de calor que tenía una mujer.

Leía revistas de amor, busqué libros de ciencia; al salir con una chica quería tener experiencia.

Eran tiempos difíciles, tiempos de la Guerra Fría; cada uno se apañaba con lo poco que sabía.

Pedí consejo a unos sabios, sabios de pacotilla, y ellos me recomendaron probar con una bombilla.

"Pequeña, de linterna, con dos dedos has de cogerla; llévala a un lugar oscuro y allí podrás encenderla".

Puse anuncio en el diario (la broma no salió barata), pero tras mucho buscar, encontré a la candidata.

Al explicarle mi plan se mostró entusiasmada: "Esto que tú me propones es una prueba muy rara".

Elegimos noche oscura y que fuera en minifalda, que se tumbara en el suelo para yo poder tocarla.

Puestos ya en situación, puse mano en su rodilla; no llegaba la corriente, no encendía la bombilla.

No recibí su rechazo por lo que estaba haciendo, y buscando aquel enchufe mi mano siguió subiendo.

¡Arriba encontré el enchufe! Corriente sí que me daba; la bombilla no encendía, pero mi cuerpo temblaba.

La bombilla estalló al fin, yo seguí siempre explorando; se me caía la baba, los ojos están llorando.

Ella empezó a gemir y le dio un arrebato: me pidió, por caridad, que enchufara otro aparato.

Saqué la mano de allí, dejé libre la rendija, hice el salto del tigre y le enchufé la clavija.

Para descarga tan grande yo no estaba preparado; fue demasiada corriente y allí me quedé pegado.

Se abrasaron los pelos, mi cuerpo se chamuscó; quedé como un torrezno, la clavija se fundió.

Ella se agarró con fuerza, desenchufar, no quería; lo logré desconectar al agotar la batería.

Una experiencia terrible, una cosa sin igual; me dejó para el arrastre, terminé en el hospital.

Para ver la tal clavija, un gran equipo se unió, y todos dicen a coro: "¿Pero dónde la metió?".

Llegó un experto en el tema tras observar un buen rato, y le dijo a los doctores: "¡Este chico es un novato!".

De esta vivencia tan dura, seguro se va a acordar: hay ciertos sitios malditos que se deben evitar.

Es su primera experiencia, la cura será muy larga; ¡estoy seguro de que la enchufó en el coño de la Bernarda!


El Amigo y la Quinta Mujer.

 

Amigos de juventud se llegan a separar, y al cabo de mucho tiempo se vuelven a encontrar.

En un encuentro emotivo saltan los dos de alegría; lo normal en estos casos: cada cual cuenta su vida.

—Yo me casé muy joven, ella se llama Beatriz. Tenemos niño y niña, un matrimonio feliz.

—Mi vida no es igual, no tengo tanta fortuna: ya llevo cinco mujeres y no cuajo con ninguna.

Yo para las mujeres siempre fui como un caramelo, pero ahora estoy asustado y siempre miro hacia el suelo.

—Tu caso es muy extraño, cumplías con tus deberes... Cuéntame qué te sucede para cambiar de mujeres.

—La primera era estupenda pero muy caprichosa; muy buena para el amor, nula para cualquier cosa.

La segunda era católica, lo hacía con tanto anhelo que me decía: "¡no pares, tienes que subirme al cielo!".

Yo no pude subirla, lo intenté noche y día; se fue con uno más joven a ver si él la subía.

La tercera era política, de ideas muy diferentes: cuando yo me quedaba frío, ella se ponía caliente.

La cuarta, era inglesa, tenía otra opinión; terminamos discutiendo por la cuenta del Peñón.

Ahora estoy con la quinta y no la puedo dejar: me tiene acojonado, dice que me va a matar.

Es un bombón de mujer, lo malo es que es italiana; es la hija de un gran jefe de la mafia siciliana.

—Me dejas de piedra, amigo, y no dejo de pensar: ¿qué motivo tiene ella para quererte matar?

—La ley es así en su mundo, si la dejo soy maldito; la venganza más pequeña... ¡Mínimo cortarme el pito!

—No le veo el problema, cumple bien tus deberes: mira solo a los hombres, no mires a las mujeres.

—Para mí sí es un problema, digamos, una putada: soy bizco de nacimiento y no controlo la mirada.

domingo, 11 de enero de 2026

Un Hámster muy Travieso.


Tiene un hámster de mascota, le da mimos y atención. Un día se le escapa... ¡Vaya mala situación!

Llegó a casa de la vecina, mujer mayor y con caprichos. Él es joven, inexperto, solo sabe cuidar bichos.

Ella lo recibe alegre, está en pelota picada. Estaba tomando el sol para seguir bronceada.

Ante tal escenario, el joven queda perplejo. Tartamudeando dice: —¡Vengo a buscar mi conejo!—

—Un diablillo, ese conejo, travieso y aventurero. Como me pilló desnuda, se metió en el agujero.

Estaba tomando el sol, me encontraba relajada. Solo noté unas cosquillas y no le impedí la entrada.

Para obligarlo a salir, solo hay una manera: quédate tú en cueros y enchufa ya la manguera.—

Enchufó bien su manguera, más el conejo no salía. La mujer le comentaba: —Habrá que usarla más días.

Mueve bien esa manguera, como si estuvieras regando. Piensa que si formas charcos, se terminará ahogando.—

—¡Qué conejo tan extraño!— él no llega a comprender. —¡Que no se muera de hambre sin salir nunca a comer!—

—Tú lo encierras en la jaula, pasa frío y mucho calor. Aquí, en la madriguera, se siente mucho mejor.

Él te quiere con locura, te ama a su manera. Se pone muy contento cuando lo riega tu manguera.

Debemos de tratarle con amor y con cariño. Necesita de cuidados... ¡Más o menos como un niño!

Si vienes a visitarle, de hambre no va a morir. Mientras le des biberón, no querrá nunca salir.—

En lo alto del tejado, un gato está mirando. Él se está relamiendo y el joven sigue regando.

Consulta a laPitonisa.


 El marido la trata mal, la mujer es un gran lío; no sabe cómo librarse del capullo del marido.

No confía en la justicia, esto ya le había ocurrido: le pasó con un antiguo novio, vago, torpe y pervertido.

Le puso una denuncia que no le sirvió de nada; como solo eran novios, dijeron que lo dejara.

Separarse o divorciarse no es para tomarlo a risa, pero estas cosas es mejor solucionarlas deprisa.

Va donde una pitonisa que le diga el futuro; esta le dice: "No sufras, que no te lo veo oscuro.

Eres joven, eres guapa, y me dices que estás casada; vive feliz de la vida, no te preocupes por nada".

—"Cómo estoy, eso ya lo sé, no es a eso, a lo que he venido; lo que quiero que adivines es qué pasa con mi marido".

Saca la bola, la bruja, la comienza a frotar; en cuanto le quita el polvo, empieza ya a conjurar.

Media hora frotando bola... al terminar el conjuro, le dice con cara sería: —"Al marido lo veo oscuro.

Trátale con gran cariño, en futuro y en presente; le queda poco de vida: morirá en un accidente".

—"Eso ya me lo sabía, lo tengo superclarito... ¡Dime si quedaré impune o descubren el delito!".


El Aparato es Pequeño.

 

Cariño, quiero marcharme una corta temporada. Tu aparato es tan pequeño que me tiene algo agobiada.

—¡Dime que ya no me quieres! ¡Que de mí estás ya cansada! ¿Es por eso que te marchas una larga temporada?

—No lo pienses, amor mío, no te quiero solo un rato. Te lo digo muy en serio: ¡es culpa del aparato!

—Cariño, no te comprendo, eres un poco exigente. A pesar de ser pequeño funciona perfectamente.

—Será cuando yo no estoy y te quedas solo en casa... porque cuando estamos juntos, ¡esa cosa nunca pasa!

—¿Por qué te vas en invierno? Mejor espera al verano. Te dejo que lo hagas sola y yo lo haré todo a mano.

—Sería injusto de mi parte que yo la use a diario, y tú tengas que ir al baño a hacerlo en solitario.

—Si la metes tú y yo también, ¿ves que se queda atascado? Compraremos una más grande y todo solucionado.

Es un pequeño problema el que tenemos ahora. Para mejorar el panorama... ¡Compraremos otra, lavadora!

Historias de Prendas Intimas.

 

Con estas historias trato de olvidar el presente, para no caer en penas y así activar la mente.

El hombre llegó cansado de trabajar todo el día, sin tener la cena lista y viendo allí a la María.

Con sus agujas muy largas y el suelo lleno de ovillos, dice que le está tejiendo unos buenos calzoncillos.

—Sabes que yo no los uso ni los pienso estrenar, que es una prenda incómoda a la hora de mear.

—Sé lo poco que te gustan, más tendrás que comprender que en el día de la fiesta te los vas a tener que poner.

La mujer los terminó, los guardó en un apartado, esperando que llegara ese día señalado.

En las fiestas de aquel pueblo se vistió con mucha prisa, se puso los calzoncillos para ir derecho a misa.

Allí lo pasó fatal, ¡qué largos eran los sermones! Cuando el cura mandó rezar, se rascó... las intenciones.

Se marchó a todo trapo sin dejar de lamentar; llegó a casa, los quitó, ¡y le seguía el picar!

La María lo curó, le puso hasta vaselina, y juró que el siguiente sería de lana fina.

Un Marido muy Pesado


 Un marido pesado le recuerda a diario: «¿Qué obsequio piensas darme en nuestro aniversario?».

—No me atosigues más, que lo tengo que pensar; una cosa que te agrade y yo pueda descansar.

Llega el día señalado, le desvela el misterio: —Te acabo de comprar un nicho en el cementerio.

—¡Qué regalo tan macabro! No esperaba eso de ti. Noto que me quieres poco y quieres librarte de mí.

—Te quiero mucho, cariño, eres un mal pensado; quiero tenerte muy cerca, y el camposanto está al lado.

—Morirás antes que yo; así, de vez en cuando, puedo visitar tu tumba y saber dónde estás descansando.

Llega el cincuenta y uno, él vuelve a preguntar: —¿Amorcito, este año qué me piensas regalar?

—¡Una mierda como un piano te acabo de encargar! Ya que el del año pasado lo tienes sin estrenar.


"Crónica de una Aldea"


Es una anécdota más de esta España despoblada, cosas raras que suceden en una aldea olvidada.

Un cura para diez pueblos, cuatro gatos en la misa; se celebra cada mes y el hombre corre con prisa.

Repican ya las campanas, él espera con desvelo, pero al pasar media hora ya se está tirando al pelo.

Dos viudas que van cojeando se acercan pausadamente; el cura pierde los nervios al contemplar el ambiente.

Cuando por fin han llegado, él ya se quitó la estola: —"Me marcho porque van tarde", y allí las dejó, solas.

Parece cosa de chiste, pero es una pena suma: ni quedan fieles al rezo, ni sacerdotes con sotana.

Yo propongo a la Iglesia, para quitar la pereza, ofrecer buenos bocados y regalar la cerveza.

Que cambien ya las hostias por una buena hamburguesa; verán que hasta los ancianos se sientan pronto a la mesa.

Antes corrían al templo al primer toque de misa; hoy solo van si hay banquete y lo degustan sin prisa.

Está más que comprobado: si quieres juntar al personal, ponles comida y bebida... ¡Y acudirán al ritual!

Pequeña y sutil caricia.

 

Hablar hoy de las mujeres es no llegar a un acuerdo, si una te hizo una faena, no se borra ese recuerdo.

Media amiga, media novia, meses sin poder tocarla, ¡vaya sorpresa me llevo al intentar abrazarla!

Dio un gran salto hacia atrás llamándome "cara dura", dijo que debía esperar... que aún no estaba madura.

"Solo pido un buen abrazo, una pequeña caricia, sin pensamientos malignos y sin ninguna malicia".

—Eso sí que lo permito, sin pasarte de la raya, que a una amiga por un roce... ¡Le creció la valla! (o se quedó embarazada)

La tomé por la cintura con extrema sutileza, pero a pesar del cuidado, se me disparó la pieza.

Su reacción inmediata fue levantar la rodilla; con un poco más de tino, me cocina una tortilla.

Allí me dejó plantado, ni adiós me quiso decir, como un árbol desgajado que ya no puede subir.

Yo, tirado por los suelos, suplicando su perdón, y ella gritando a los vientos: —¡¡¡Pero qué eres, maricón!!!—

Se terminó aquella cita, se fue la gran ocasión... Yo pensaba que aquel gesto no era ser un maricón.

Generación silenciosa



Generación silenciosa.

 Soy de esa generación que, antes de saber andar, no se transformó en vampiro porque no pudo volar.

Nací en un cuarto oscuro, los ojos me los taparon; con bastos trapos de lino, manos y piernas me ataron.

A los tres meses, apenas, me tenían que "actualizar": me sacaron a la calle, me tenían que bautizar.

Demasiado brusco el cambio para todo ser humano: sin dar mi consentimiento, me convierten en cristiano.

Vierten agua en mi cabeza y yo me quedo encogido; el cura traza una cruz y me sale un sarpullido.

Me metían en un saco sin cantarme una nana; cuando salían al campo, me colgaban de una rama.

Para dormir, mismo sistema: como cuelgan los jamones; eso era para librarme de mordidas de ratones.

Al estar como una momia, dos años tardé en andar; cuatro años para correr, a los cinco... a trabajar.

Es una historia macabra que se me vino a la mente; en años de la posguerra era común y corriente.

Yo tuve la mala suerte por nacer en el cuarenta; pasar por todos esos trances es para tenerlo en cuenta.

Esto lo cuento a los nietos, me dicen: "estás mintiendo"; "son historias inventadas, no las estamos creyendo".


El drama de los tacones

 

El drama de los tacones

Nunca se puso tacones, al fin le llegó la hora. Estaba emocionada: era el día de su boda.

El vestido muy sencillo, el pueblo es muy pequeño; las calles sin asfaltar pueden truncar su sueño.

A la iglesia se va andando, un trayecto muy sencillo. No sabe andar con tacones: cae y se rompe un tobillo.

Las familias esperando por lo que pueda pasar; piensan que se arrepintió y no se quiere casar.

Lloros en la familia, novio y cura esperando; ella en el suelo, hecha un cristo, no puede llegar andando.

Un primo con decisión sabe cómo reaccionar: se la sube a la espalda, se presenta en el altar.

El novio, ante ese cuadro, ya no sabe qué pensar. Cree que ya tiene cuernos y no se quiere casar.

Las familias se insultan, se arman muchos follones, por culpa de la novia que no probó los tacones.

Pasó hace muchos años, difícil que ocurra ahora, que se prueban bien las cosas mucho antes de la boda.


sábado, 10 de enero de 2026

Homenaje a la tía abuela

 

Homenaje a la tía abuela

Ochenta años, la abuela, se mantenía con tocino, unas patatas cocidas y unas pintas de vino.

Doce hijos, cuatro abortos... una cosa exagerada. Trabajó siempre en el campo, jamás se puso mala.

Pesa cuarenta kilos, va por agua a la fuente; un caldero en cada mano, es un caso sorprendente.

A pesar de todo esto, la abuela va cantando; con los calderos bien llenos, parece que va saltando.

Solo da los buenos días, no se entretiene en hablar; dice que el día es corto y tiene que trabajar.

Un día le da un mareo, al siguiente está peor; no le queda más remedio que visitar al doctor.

Va montada en la burra, no puede ir andando; como pesa tan poquito, esta la lleva trotando.

La examina el doctor, la encuentra desnutrida; le manda dieta severa y que cambie de comida.

No le hace ni caso, sigue comiendo tocino; piensa morir alegre, bebe un poco más de vino.

Llegó a los noventa y cinco, entonces una enormidad; con tocino y un tintorro, se curó su enfermedad.

Es una historia cierta, no es una invención mía. Ocurrió en mi familia: es un recuerdo a mi tía. 

Dos fantoches presumiendo.


 

Dos fantoches presumiendo de cuál de los dos es mejor, por todas las cosas que hacen en trabajo y en amor.

—Soy tan bueno en el trabajo, nadie me puede igualar; llevo veinticuatro horas sin parar de trabajar.

—Qué me vas a contar a mí, si solo me quedé ayer y terminé con el trabajo que tenían que hacer diez.

—Una vez formé un trío con dos mujeres casadas; yo quería seguir la juerga, ellas, las dos, agotadas.

—Eso es poco para mí, lo hice con tres trillizas; yo estaba como una rosa, ellas, las tres, hechas trizas.

—Mi mujer es muy sensible, devota y muy cristiana; un Cristo en el dormitorio, en la cabecera de la cama.

En una noche de amor no lo pudo resistir: se desprendió de la cruz, ¡y no paró de aplaudir!

—A la mía le gusta dar, los pobres le dan pena; en la cabecera tiene el cuadro de la Última Cena.

Cuando le hago el amor, a todos ellos les mola: me acompañan con aplausos, ¡y hasta me hacen la ola!

La culpa "Al muerto"

 

Los embarazos de ahora se controlan un montón; ya se puede averiguar la fecha de fabricación.

Estas cosas tan modernas se ignoraban antaño: unos nacían en meses, otros tardaban un año.

Ella enviudó en enero, una muerte de repente; la mujer quedó hecha polvo, dio a luz al año siguiente.

Le preguntan: "¿Cómo fue?". "El semen quedó escondido, quizás en alguna arruga o en los pliegues del higo".

"Mi vida es una tristeza, tengo poco que comer; por esta causa el niño tarda meses en nacer".

"Si yo lo voy a parir y lo tengo que criar, iros a tomar por culo, dejad de cotillear".

Siguen con los cálculos, la gente lo comenta; como no saben contar, nunca les sale la cuenta.

Nadie pedía la fecha del día del nacimiento; se atrasaba o adelantaba al ir al ayuntamiento.

Eso resolvía problemas, deshacía el entuerto; cualquier problema surgido, se echaba la culpa al muerto.

Un verano de calor


 

Un verano de calor

Un verano con calor, a cuarenta grados diarios, dos mujeres conversaban; escuchad estos comentarios:

Viuda una, otra casada, hablando todo el rato, una se quiere ir a casa y enchufar el aparato.

—Yo me marcho para casa, quiero descansar un rato. En cuanto llegue mi esposo, ¡que me enchufe el aparato!

—Yo no puedo enchufarlo, tengo oxidado el enchufe; como no tengo marido, no hay quien me lo enchufe.

—Si tu enchufe está oxidado y no puedes enchufarlo, cómprate uno de pilas, ese puedes usarlo.

Al poco tiempo se ven y se ponen a cascar: —Dime, ¿sigues con calor? ¿O lo has podido enchufar?

Tiré el viejo aparato heredado del marido; me compré uno de pilas que da calor y da frío.

Por la noche y por el día siempre lo tengo enchufado; igual me da por detrás, por delante que de lado.

¡Maridos, estad atentos! No os dejéis morir, que hay muy buenos aparatos que os pueden sustituir.


Cambio

La Vela del Vaticano


La Vela del Vaticano

 La María se casó, tenía grandes ilusiones; quería tener cinco hijos: dos hembras y tres varones.

Lleva un año de casada sin novedad en el frente. Hace el amor a diario, pero no le crece el vientre.

Los dos se hacen análisis para buscar soluciones; en todos sale que están en perfectas condiciones.

Le pagan misas al cura para ver si ocurre algo. San Nonato no se entera y no produce un milagro.

Otro año trabajando y la tripa sin crecer; y le consultan al cura qué más tendrían que hacer.

—Tengo que ir al Vaticano, creo que puedo hacer algo; si el Papa bendice una vela, puede que ocurra el milagro.

Han pasado doce años hasta que regresa el cura. Ellos tienen doce hijos: ¡eso es una locura!

Al ver el cura aquel cuadro, piensa que es un cumpleaños y le dice a la María: —¿Esto es una vez al año?

—Todos son hijos nuestros, fruto del matrimonio. ¿A quién le puso usted la vela? ¿A San Nonato o al Demonio?

El cura está pillado, en buen lío se ha metido. Se le ocurre preguntar qué dónde está su marido.

—Camino del Vaticano, él ya no puede aguantar; a ver si encuentra esa vela ¡para poderla apagar!

Las desventuras de Antonio

 

Las desventuras de Antonio

Antonio llega borracho a las seis de la mañana; la María está dormida, tranquilamente, en la cama.

Trata de abrir la puerta, la noche no es oscura; lo que pasa es que ve doble, no acierta con la ranura.

El hombre vive en un quinto, la María no despierta; él sigue dando voces, ella duerme a pierna suelta.

Agotado se marea y se tiene que sentar, a ver si sale un vecino para él poder entrar.

Sale el vecino del cuarto, que se tiene que levantar; como tarda demasiado, se le vuelve a cerrar.

Llega uno a descansar de una jornada muy dura, y le dice: «¿Tú qué haces hurgando en la cerradura?».

«Tratando de abrir la puerta, ¿acaso no lo estás viendo? La llave se calentó y se me está derritiendo».

«Tienes una buena castaña, la pillaste en Casa Honorio; difícil abrir la puerta usando un supositorio».

«Ya sé por qué no abre la puerta, ahora di con la clave... ¡Me acabas de recordar dónde me guardé la llave!».



viernes, 9 de enero de 2026

No se lo Come el Marido







 Este chaval es muy tímido. Treinta años y soltero. No se come una rosca ni pasando un año entero.

Espía a la vecina, es una recién casada. Por ella se lanzaría a una aventura arriesgada.

Ha pasado cierto tiempo y los oye discutir. Pega la oreja al tabique para poderlos oír.

—Decías: «Todo me gusta, no soy nada delicado». Ahora no quieres probar algo que te he preparado.

—No lo pienso probar. Ni sueñes que lo intento. No quiero pasarlo mal y terminar escupiendo.

—Eres un tonto del culo. Si no lo deseas probar, ¡cuánto darían otros para poderlo catar!

—No seas una pesada, que no lo pienso probar. Mi padre no lo probó, es tradición familiar.

Mi madre lo preparaba, mi padre no lo comía. Yo heredé sus gustos; como ves, no es culpa mía.

—No recuerdes a tu padre, ahora son otros tiempos. Los gustos cambian... ¡Aprovecha los momentos!

Anímate a probarlo, no me seas botarate. Lo preparé al natural y también con el tomate.

—Ofréceselo al vecino, parece que nos vigila. Seguro que te lo come y tú te quedas tranquila.

Él, al escuchar eso, pega un salto de alegría. Con lo buena que está ella... ¡Él se lo comería!

Todo el día vigilando y alerta con el oído, para llamar a su casa en cuanto salga el marido.

Rápido se presentó, contento y decidido. Le dijo: —Vengo a comerte lo que no quiere el marido.

—Rápido, te lo preparo, te lo meteré en un táper. A mí me sale riquísimo el bacalao con tomate.

Confesiones de Cumple Años.

 

Hija: —Padre, vengo a confesar, no sé si habré pecado. En el cumple de mi novio algo raro me ha pasado.

Cura: —Cuéntame qué te pasó para que estés dudando. Los cumples son peligrosos y se termina pecando.

Hija: —Mi novio me separó del resto de la gente. Me dijo: «Ponte cómoda, que te pondré caliente».

»"Relájate y disfruta, que te va a encantar. Yo sé lo que te gusta y te lo vas a chupar.

»La sacó del pantalón, redondeada y brillante. Nada más verla así, me enamoré al instante.

»Me la metió en la boca, no me pude resistir. Empecé chupa que chupa y el líquido empezó a salir.

»Una tentación terrible, no paraba de chupar. Era tan dulce y suave... ¡Y muy fácil de tragar!

»De tanto chupa que chupa, mi cuerpo estaba caliente. No pude resistir más y caí al suelo, inconsciente.

»Cuando pude levantarme comprendí mi locura. Me dije: «Esto que sobra, se lo llevaré al cura».

»Como sé que le gusta, siendo usted el párroco mío, para que sienta placer aquí se lo he traído.

Cura: —No entiendo nada de lo que me estás contando... ¿Cómo sabes que me gusta lo que tú estabas chupando?

Hija: —Sé que le gusta el licor, no nos vamos a engañar. Es crema de licor fuerte... ¡Y usted la va a chupar!

Las Comadres Criticadoras.


 En la calle, dos mujeres están como conversando. La María se les acerca a ver qué están hablando.

No hablan de política ni de amores frustrados; critican a los maridos, que son unos fracasados.

—El mío es un rato vago, además de un calzonazos. Cuando hacemos el amor, él siempre queda debajo.

—Del mío en esas cosas también me puedo quejar: es como una moto vieja que no logra ni arrancar.

—Lo que me hizo el mío, eso no lo hace ninguno: en la noche de bodas, se desinfló echando uno.

—Lo que le pasó al mío, eso sí que fue una pena: cuando fue a "enchufar", se le cayó la antena.

Tenemos que trabajarlos con muchísima paciencia; si estos pavos no cambian, no habrá más descendencia.

La María está atónita de que hablen de esa manera; las dos son vecinas suyas y, además, están solteras.

—Estáis solteras las dos y no paráis de criticar; si se enteran los hombres, ¡jamás os vais a casar!

—Criticamos a los hombres, aunque no estemos casadas; por si llega ese momento... ¡Ya estamos entrenadas!



La Churri y la Choni

 

La Churri y la Choni

La Churri y la Choni, dos viudas desconsoladas, visitan a sus maridos dos veces a la semana.

La Churri le lleva flores y se pone a rezar; la Choni le pone cardos y no para de jurar.

Diez misas pagó la Churri a su marido, el Eugenio, para que se vaya al cielo y librarle del infierno.

La Choni, una mala tumba para ese marido muerto; da diez euros al cura que le rece un padrenuestro.

Los debían querer mucho, ese será el misterio; expresando sentimientos salen del cementerio.

La Churri sale normal, la Choni sale de culo; siempre mirando la tumba, se despide sin saludos.

La Churri queda perpleja al ver que niega el saludo; no llega a comprender el porqué sale de culo.

—Entiendo que te dé pena, la despedida es cruenta; más dime pronto el motivo para no darte la vuelta.

—Que yo no me dé la vuelta, te explicaré el motivo: ¡no quiero enseñarle el culo al cabrón de mi marido!

Él siempre me decía, cuando tenía el pene muerto: «Enseña el culo, mi amor, que eso resucita al muerto».

Por eso salgo de culo, que no me quiero arriesgar, no sea que, al ver mi culo, él pueda resucitar.



El Sueño y la Palanca.


 La joven tenía un sueño que no había cumplido: estaba obsesionada con conducir un deportivo.

En una noche de fiesta, la chica está animada. Ve un Ferrari parado y se queda como pasmada.

Un joven se acerca al coche, ella sigue allí parada. Con la boca entreabierta, parece que está hechizada.

—¿Qué te pasa, jovencita? Si ves que te encuentras mal, te puedes subir al coche y te llevo al hospital.

—Estoy contemplando el coche, te explicaré el motivo: el sueño de mi vida es conducir un deportivo.

—Si ese es tu sueño, te ayudaré a cumplirlo. Ponte rápido al volante, llévame a mi domicilio.

No lo dudó ni un segundo, rápido se puso en marcha. Durante todo el recorrido, sacando y metiendo marchas.

—Ya has cumplido tu sueño, ¿te encuentras mucho mejor? Puedes subir a mi casa y hacemos el amor.

—No quiero hacer el amor, tú te has confundido. Sabes que mi sueño era conducir un deportivo.

—Tú agarraste la palanca, todo el trayecto cambiando... Si este coche es automático, ¿qué estabas insinuando?

La Abuela de la Vlla Baja.


 La Seguridad Social, alarmada, no sabe qué está pasando: en los días de partido, terminan veinte ingresando.

Y con el mismo problema y en idéntico lugar, dan cuenta a la policía para que se ponga a investigar.

A pesar de los registros y de poner todo su empeño, no encuentran la causa y se siguen produciendo.

A las doce de la noche, una abuela con premura, con una bolsa en la mano, va a tirar la basura.

La abuela tropieza y cae, no se puede levantar; un policía la ve y la ayuda a incorporar.

Coge la bolsa, la abuela y sale como un cohete, pero se le cae un bolso que va lleno de billetes.

Mala suerte para la abuela, una caída nefasta; el policía le pregunta: «¿De dónde sacó la pasta?».

—Vivo ahí, enfrente, en esa casa chiquita, con un jardín pequeño y una valla muy bajita.

Cuando hay partido, yo me pongo a vigilar con tijeras en la mano, porque saltan a mear.

Cuando el tío está meando, completamente absorto, le digo: «Suelta la pasta o ahora mismo te la corto».

—Es un negocio ilegal y usted una abuela dura. ¿Qué contiene la bolsa que lleva a la basura?

—Después de lo que ha visto, yo se lo puedo explicar: miembros de negacionistas que no quisieron pagar.

El Perfume de la Princesa.

 

En lo alto de la torre, la princesa está encerrada. Está pregonando a gritos que quiere ser liberada.

Un mancebo que la oye la quisiera rescatar, pero la torre es muy alta y difícil de escalar.

Él pide una recompensa si la puede rescatar. Ella le ofrece un perfume que se acaba de inventar.

—Es mucho lo que me juego y veré qué puedo hacer. Lánzame unas gotas y que yo lo pueda oler.

—Tengo una jofaina llena, con él te puedo duchar. Ahora mismo te lo lanzo, pues acabo de mear.

La dejó bien duchado y con la ropa empapada. Entró soltando perfume y la gente se apartaba.

Sin ningún impedimento y sin pasar un mal rato, llegó hasta la princesa con un enorme aparato.

Nunca vio una cosa igual y se queda preguntando si montando ese aparato la liberará volando.

—Eres una dama bella, estás fina y esbelta. Nos vamos a escapar montando en un ala-delta.

Se lanzaron de la torre, muy lejos del lugar. Ella quería darle el premio antes de aterrizar.

—Espera que aterricemos, no seas tan impaciente. Pasaré por la oficina para sacar la patente.

No consiguió la patente, ya estaba patentado: el padre de la princesa se le había adelantado.

Por eso la encerró y no la quería casar. Era su fuente de ingresos desde que empezó a mear.

—No te preocupes, mi amor, esto no es un fiasco. Olvídate del perfume y disfrutemos del frasco.



el Caballero del Parque.

 

Era un muchacho tímido, estaba un poco mosca: veinticinco años cumplidos y sin comerse una rosca.

Ocasiones ha tenido, incluso con las amigas, pero por su timidez se le escapan todas vivas.

Paseando por el parque no deja de meditar: a la próxima que encuentre no la dejará escapar.

Vio a una joven cerca que paseaba por allí; ella solicita ayuda, pues se siente mal, por fin.

Rápido se le aproxima para prestarle su ayuda; para que no caiga al suelo la agarra por la cintura.

No la puede sostener, se produce la caída; ella le cae encima y le aplasta la barriga.

Da la vuelta a la tortilla, se logra recuperar: le hace el boca a boca y la consigue reanimar.

La sienta sobre un banco, le dice: «no tengas prisa». Ella, ya recuperada, le regala una sonrisa.

«No te preocupes por mí, ya me encuentro mucho mejor; tengo un poco de dinero, puedo pagarte el favor».

«Ni sueñes con pagarme, que yo soy un caballero; el hacer un buen favor no se paga con dinero».

«Ven conmigo hasta mi casa, esto hay que celebrarlo; beberemos unas copas y podremos disfrutarlo».

«De veras te lo agradezco, más declino la invitación; ya lo celebraremos en una próxima ocasión».

Ella se marcha pensando: «Qué muchacho tan honrado; le toqué la entrepierna... ¡Y estaba muy bien armado!».

Él se marcha pensando: «Perdí unos polvos sencillos... pues al caerme ella encima, ¡me cagué en los calzoncillos!».

EL Cazador Cazado.


Conduciendo un Mercedes, Antonio va cantando. Ve a una chica en minifalda y cree estar soñando.

Aminora la velocidad, la chica está de muerte. Ella hace autoestop, hoy es su día de suerte.

Al sentarse se acomoda, echa hacia atrás la espalda. Se descubre el muslamen al subir la minifalda.

El panorama que ve es para volverse loco. Pone la mano en su rodilla, va subiendo poco a poco.

—Deja de meterme mano, eso no es de caballero. Si quieres llegar arriba, eso te cuesta un dinero.

—Por dinero no hay problema, ¿cuánto me vas a cobrar? —Unos cincuenta pavos y puedes buscar lugar.

—No quiero ir a moteles, me vale un lugar cualquiera. Deja el Mercedes en marcha al lado de la carretera.

—Acepto tus condiciones, deseo lograr la meta. Lo haremos tras esa mata, al lado de la cuneta.

El punto es estupendo, un sitio cojonudo. —Empieza a quitarte ropa, que quiero verte desnudo.

Se empezó a desnudar, todo lleno de emociones. Ella se montó en el coche al bajar él los pantalones.

Se escapó a toda leche conduciendo el Mercedes. Le dijo: —¡Adiós, pardillo! Ahora agárrame si puedes.

Si la paran los civiles, verá que la ha cagado: lleva coca, dinero falso y el coche es robado.

Zapatos Nuevos y Bronca.


Se acaba de jubilar, le controla la parienta; no se vaya a enviciar y gaste más de la cuenta.

Una cañita diaria le permite la Manuela, y dos euros por semana para echar una quiniela.

Con tan poco presupuesto él pasa muy malos ratos; si un día le toca algo, se comprará unos zapatos.

Llega contento a casa y, al momento de entrar, le cae una buena bronca porque acaba de fregar.

—¡Qué inoportuno que eres! Mejor pisa de puntillas. Quítate ya los zapatos y ponte las zapatillas.

Quizás ya no te intereso, mírame un poco de frente; y si te dignas mirar, verás algo diferente.

Estás un día más viejo, algo más "aburrido"; no te veo nada nuevo, ¡un desastre de marido!

Desolado, se desnuda, se presenta al poco rato: a ver si ahora se entera y se fija en los zapatos.

—Mírame ahora de frente, de cintura para abajo; verás qué guapos son ellos, los que están ahí abajo.

—La misma mala herramienta, dos pelotas arrugadas, y un pingajo colgado, que no vale para nada.

—Ese pingajo que cuelga, y que está así todo el rato, es más atento que tú: ¡está mirando mis zapatos!

—Yo te prestaré atención cuando no me des la lata; cuando ese pingajo tuyo... ¡Te contemplé la corbata!

El Misterio del Pecho.

 —¿A dónde vas, María, con cara de funeral? —A que me vea el doctor, que esto no es nada normal.

—Te doy toda la razón: desde que estás casada, estás perdiendo el tipo y te ves desvencijada.

—No sé cómo explicártelo, me pasa algo muy extraño: me noto siempre cansada y un pecho se está estirando.

—Será que estás en estado, eso agota y quita el sueño; tus pechos están cambiando para criar a un pequeño.

—¡Ojalá fuera eso cierto! Pero de eso, nada de nada: ya utilicé el predictor y no estoy embarazada.

Al examinarla, el doctor se queda todo perplejo: un pecho es muy normal, el otro, un largo pellejo.

—Nunca vi nada igual, y sé bien lo que me digo; para que lo tenga así, me explicará el motivo.

—Mi marido es caprichoso, igual que un niño pequeño; del pecho que está estirado, él dice que siempre es dueño.

—Sigo sin hallar la razón, aunque quiera chupar algo; todos lo chupan un poco y nadie lo tiene tan largo.

—Lo entenderá usted enseguida, son unas simples bobadas: al enfadarnos, dormimos... ¡Con las camas separadas!


Cronica del Pajaro negro.

 

Tiene un grave problema: el muchacho va al doctor. Su novia es muy virgen, teme hacerle el amor.

Él tiene parte de culpa por asustarla un poquito; siempre anda presumiendo de su enorme pajarito.

El doctor le aconseja que se unte el pajarito; que use crema lubricante y lo haga despacito.

Pasada una semana, le dice al doctor: —Esa crema no funciona, recéteme otra mejor.

—Usa aceite de oliva, quizás te vaya mejor; si con eso no funciona, usa aceite de motor.

Usó el aceite de oliva, virgen extra del mejor; tampoco dio resultado y pasó al de motor.

El primero que encontró, como estaba cabreado, fue un aceite negro de un motor muy usado.

Al usar aceite usado, aquello se puso oscuro; cuando la novia lo vio, se asustó, te lo aseguro.

Desapareció del mapa esa asustada mujer; no saben su paradero, jamás se la volvió a ver.

Así se quedó sin novia y con el pájaro negro. ¡Qué difícil quitar ese aceite! Su porvenir es muy negro.


El Burro Casamentero.



Tenía un burro enamorado que no se podía aguantar; al pasar cerca la burra, se ponía a rebuznar.

La burra era de la vecina y estaba también prendada: le correspondía al burro con una gran rebuznada.

Si querían que trabajaran, los tenían que juntar, pues al estar separados se negaban a trabajar.

Esto obligaba a los dueños, a pesar de estar casados, a pasar el tiempo juntos... y acabar enamorados.

Separó a dos matrimonios esta pareja de burros; nunca te debes fiar de animales tan cazurros.

Analizando el asunto de tanta separación, ellos se volvieron "burros" quizás por esta razón:

Él, por fijarse en la burra al verla tan entregada, comparó con su mujer... que nunca lo acariciaba.

Ella, por mirar al burro haciéndose mil ilusiones: que su esposo la tuviera en las mismas condiciones.

En historias como estas, cuando pasa la sorpresa y no cumple lo soñado... se vuelve con la pareja.

TRavesuras de Meada.


 Eran tiempos sin juguetes, había que improvisar cosas extrañas y raras con las que poder jugar.

Al juntarnos varios chicos íbamos a una pendiente; tras la raya marcábamos una apuesta entre la gente.

El juego solo trataba de soltar una meada: salía siempre campeón el que más lejos llegaba.

Uno se amarró la cola, se le puso tiesa y dura; quería retener agua como una gran represa.

Pero fue una mala idea, la ató con un hilo fino; ya no parecía cola: ¡se hinchó como un pepino!

En la línea de salida la quería desatar; la tenía tan hinchada que no podía mear.

Le escoltamos hasta casa entre bromas y cantares, él con el pito en la mano y llorando sus pesares.

Cuando la madre lo vio, buscó pronto las tijeras; se lo llevó a un rincón para que nadie lo viera.

Al poder cortar el hilo salió toda la meada; la madre, desprevenida, se quedó toda empapada.

Tras aquella experiencia aprendimos un poquito: siguieron las competencias, ¡pero nadie se ató el pito!


C

El empacho de amor

 
Qué orgulloso estaba yo, era un chico de primera; mis amigos me envidiaban por mi novia pastelera.

Dulce para el desayuno, dulce para merendar; yo era un bombón relleno, más dulce no podía estar.

Ella decía a sus amigas: «Tengo un osito muy fiel, que viene siempre a la colmena para chuparme la miel».

Mis amigos me avisaron: «Aléjate de su lado, que cada día estás más flaco, más triste y demacrado».

Eran tiempos antiguos y, para desgracia mía, no se sabía del azúcar ni el daño que producía.

El doctor me lo advirtió: «Deja ya a la pastelera, mejor cómete un cocido, que sienta bien a cualquiera».

Una cosa es dar consejos, otra, llevarlos a cabo; como no le hice caso, se me fue arrugando el pavo.

Ya no era un chico dulce, ni un muchacho salado; se aburrió la pastelera y empezó a darme de lado.

No vio porvenir en mí esa novia pastelera: se juntó con una amiga, ¡y se volvió "bollera"!

Una elección inesperada.


Yo quería tener novia trabajando de frutero, pero ella me rechazó: prefería un fontanero.

No entendía sus razones ni por qué me dio el desplante: ¡no es igual andar con plomo que un melocotón brillante!

Le dije: «Piénsalo bien, la fruta es mucho más sana; al mediodía una pera, por la noche una banana».

El consejo que le di es que lo pensara mejor: antes que las profesiones, yo creo que está el amor.

«Yo prefiero al fontanero por la noche y por el día, él sabe desatascar y limpiar la tubería».

«En casa surgen a diario toda clase de averías: a veces gotean los grifos y se atascan tuberías».

«Un frutero no lo arregla, tendría que gastar dinero, que la mano de obra es cara si llamas al fontanero».

Ella a mí me gustaba, sin ser ninguna belleza, pero seguir la conquista empezó a darme pereza.

Nunca más supe de ella ni con quién se casaría; tendrá los grifos brillantes... ¡Y limpia la tubería!


Teresa la espigada.


La Teresa

Así era la Teresa, siempre caminaba tiesa; los mozos de todo el pueblo la llamaban "la Marquesa".

Mujer de rompe y rasga, ni marquesa ni condesa, un ochenta de estatura... ¡Así era la Teresa!

En generación de bajos ella siempre destacaba; ser tan alta y buena moza, todo el mundo la deseaba.

Al ponerse a su lado muchos sentían complejo: era comparar un dóberman con un pequeño conejo.

Soñábamos con la pieza y cómo poder cazarla, disparando la escopeta al querer acorralarla.

La gente de aquel pueblo, al ver su buena estampa, no alcanzaba a comprender dónde estaba la trampa.

Si su padre era bajito (y dicen que está capado) y su madre casi enana, hay un gato aquí encerrado.

Le preguntan a la madre de dónde sacó simiente: "con chorizos de los buenos mezclados con aguardiente".

Yo sorprendí a la Teresa rezando en el camposanto; no en la tumba de sus padres... ¡Allí terminó el encanto!

Es un pequeño secreto que no pienso revelar; somos de la misma edad, no la quiero perjudicar.

A mí también me gustaba, siempre lo tengo en cuenta; pero no le tiré los tejos... ¡Pues mido uno sesenta!