Eran tiempos sin juguetes, había que improvisar cosas extrañas y raras con las que poder jugar.
Al juntarnos varios chicos íbamos a una pendiente; tras la raya marcábamos una apuesta entre la gente.
El juego solo trataba de soltar una meada: salía siempre campeón el que más lejos llegaba.
Uno se amarró la cola, se le puso tiesa y dura; quería retener agua como una gran represa.
Pero fue una mala idea, la ató con un hilo fino; ya no parecía cola: ¡se hinchó como un pepino!
En la línea de salida la quería desatar; la tenía tan hinchada que no podía mear.
Le escoltamos hasta casa entre bromas y cantares, él con el pito en la mano y llorando sus pesares.
Cuando la madre lo vio, buscó pronto las tijeras; se lo llevó a un rincón para que nadie lo viera.
Al poder cortar el hilo salió toda la meada; la madre, desprevenida, se quedó toda empapada.
Tras aquella experiencia aprendimos un poquito: siguieron las competencias, ¡pero nadie se ató el pito!

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