Dulce para el desayuno, dulce para merendar; yo era un bombón relleno, más dulce no podía estar.
Ella decía a sus amigas: «Tengo un osito muy fiel, que viene siempre a la colmena para chuparme la miel».
Mis amigos me avisaron: «Aléjate de su lado, que cada día estás más flaco, más triste y demacrado».
Eran tiempos antiguos y, para desgracia mía, no se sabía del azúcar ni el daño que producía.
El doctor me lo advirtió: «Deja ya a la pastelera, mejor cómete un cocido, que sienta bien a cualquiera».
Una cosa es dar consejos, otra, llevarlos a cabo; como no le hice caso, se me fue arrugando el pavo.
Ya no era un chico dulce, ni un muchacho salado; se aburrió la pastelera y empezó a darme de lado.
No vio porvenir en mí esa novia pastelera: se juntó con una amiga, ¡y se volvió "bollera"!

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