Se acaba de jubilar, le controla la parienta; no se vaya a enviciar y gaste más de la cuenta.
Una cañita diaria le permite la Manuela, y dos euros por semana para echar una quiniela.
Con tan poco presupuesto él pasa muy malos ratos; si un día le toca algo, se comprará unos zapatos.
Llega contento a casa y, al momento de entrar, le cae una buena bronca porque acaba de fregar.
—¡Qué inoportuno que eres! Mejor pisa de puntillas. Quítate ya los zapatos y ponte las zapatillas.
Quizás ya no te intereso, mírame un poco de frente; y si te dignas mirar, verás algo diferente.
Estás un día más viejo, algo más "aburrido"; no te veo nada nuevo, ¡un desastre de marido!
Desolado, se desnuda, se presenta al poco rato: a ver si ahora se entera y se fija en los zapatos.
—Mírame ahora de frente, de cintura para abajo; verás qué guapos son ellos, los que están ahí abajo.
—La misma mala herramienta, dos pelotas arrugadas, y un pingajo colgado, que no vale para nada.
—Ese pingajo que cuelga, y que está así todo el rato, es más atento que tú: ¡está mirando mis zapatos!
—Yo te prestaré atención cuando no me des la lata; cuando ese pingajo tuyo... ¡Te contemplé la corbata!

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