—Te doy toda la razón: desde que estás casada, estás perdiendo el tipo y te ves desvencijada.
—No sé cómo explicártelo, me pasa algo muy extraño: me noto siempre cansada y un pecho se está estirando.
—Será que estás en estado, eso agota y quita el sueño; tus pechos están cambiando para criar a un pequeño.
—¡Ojalá fuera eso cierto! Pero de eso, nada de nada: ya utilicé el predictor y no estoy embarazada.
Al examinarla, el doctor se queda todo perplejo: un pecho es muy normal, el otro, un largo pellejo.
—Nunca vi nada igual, y sé bien lo que me digo; para que lo tenga así, me explicará el motivo.
—Mi marido es caprichoso, igual que un niño pequeño; del pecho que está estirado, él dice que siempre es dueño.
—Sigo sin hallar la razón, aunque quiera chupar algo; todos lo chupan un poco y nadie lo tiene tan largo.
—Lo entenderá usted enseguida, son unas simples bobadas: al enfadarnos, dormimos... ¡Con las camas separadas!

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