En lo alto de la torre, la princesa está encerrada. Está pregonando a gritos que quiere ser liberada.
Un mancebo que la oye la quisiera rescatar, pero la torre es muy alta y difícil de escalar.
Él pide una recompensa si la puede rescatar. Ella le ofrece un perfume que se acaba de inventar.
—Es mucho lo que me juego y veré qué puedo hacer. Lánzame unas gotas y que yo lo pueda oler.
—Tengo una jofaina llena, con él te puedo duchar. Ahora mismo te lo lanzo, pues acabo de mear.
La dejó bien duchado y con la ropa empapada. Entró soltando perfume y la gente se apartaba.
Sin ningún impedimento y sin pasar un mal rato, llegó hasta la princesa con un enorme aparato.
Nunca vio una cosa igual y se queda preguntando si montando ese aparato la liberará volando.
—Eres una dama bella, estás fina y esbelta. Nos vamos a escapar montando en un ala-delta.
Se lanzaron de la torre, muy lejos del lugar. Ella quería darle el premio antes de aterrizar.
—Espera que aterricemos, no seas tan impaciente. Pasaré por la oficina para sacar la patente.
No consiguió la patente, ya estaba patentado: el padre de la princesa se le había adelantado.
Por eso la encerró y no la quería casar. Era su fuente de ingresos desde que empezó a mear.
—No te preocupes, mi amor, esto no es un fiasco. Olvídate del perfume y disfrutemos del frasco.

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