Soy de esa generación que, antes de saber andar, no se transformó en vampiro porque no pudo volar.
Nací en un cuarto oscuro, los ojos me los taparon; con bastos trapos de lino, manos y piernas me ataron.
A los tres meses, apenas, me tenían que "actualizar": me sacaron a la calle, me tenían que bautizar.
Demasiado brusco el cambio para todo ser humano: sin dar mi consentimiento, me convierten en cristiano.
Vierten agua en mi cabeza y yo me quedo encogido; el cura traza una cruz y me sale un sarpullido.
Me metían en un saco sin cantarme una nana; cuando salían al campo, me colgaban de una rama.
Para dormir, mismo sistema: como cuelgan los jamones; eso era para librarme de mordidas de ratones.
Al estar como una momia, dos años tardé en andar; cuatro años para correr, a los cinco... a trabajar.
Es una historia macabra que se me vino a la mente; en años de la posguerra era común y corriente.
Yo tuve la mala suerte por nacer en el cuarenta; pasar por todos esos trances es para tenerlo en cuenta.
Esto lo cuento a los nietos, me dicen: "estás mintiendo"; "son historias inventadas, no las estamos creyendo".

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