Era un muchacho tímido, estaba un poco mosca: veinticinco años cumplidos y sin comerse una rosca.
Ocasiones ha tenido, incluso con las amigas, pero por su timidez se le escapan todas vivas.
Paseando por el parque no deja de meditar: a la próxima que encuentre no la dejará escapar.
Vio a una joven cerca que paseaba por allí; ella solicita ayuda, pues se siente mal, por fin.
Rápido se le aproxima para prestarle su ayuda; para que no caiga al suelo la agarra por la cintura.
No la puede sostener, se produce la caída; ella le cae encima y le aplasta la barriga.
Da la vuelta a la tortilla, se logra recuperar: le hace el boca a boca y la consigue reanimar.
La sienta sobre un banco, le dice: «no tengas prisa». Ella, ya recuperada, le regala una sonrisa.
«No te preocupes por mí, ya me encuentro mucho mejor; tengo un poco de dinero, puedo pagarte el favor».
«Ni sueñes con pagarme, que yo soy un caballero; el hacer un buen favor no se paga con dinero».
«Ven conmigo hasta mi casa, esto hay que celebrarlo; beberemos unas copas y podremos disfrutarlo».
«De veras te lo agradezco, más declino la invitación; ya lo celebraremos en una próxima ocasión».
Ella se marcha pensando: «Qué muchacho tan honrado; le toqué la entrepierna... ¡Y estaba muy bien armado!».
Él se marcha pensando: «Perdí unos polvos sencillos... pues al caerme ella encima, ¡me cagué en los calzoncillos!».
































