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viernes, 9 de enero de 2026

el Caballero del Parque.

 

Era un muchacho tímido, estaba un poco mosca: veinticinco años cumplidos y sin comerse una rosca.

Ocasiones ha tenido, incluso con las amigas, pero por su timidez se le escapan todas vivas.

Paseando por el parque no deja de meditar: a la próxima que encuentre no la dejará escapar.

Vio a una joven cerca que paseaba por allí; ella solicita ayuda, pues se siente mal, por fin.

Rápido se le aproxima para prestarle su ayuda; para que no caiga al suelo la agarra por la cintura.

No la puede sostener, se produce la caída; ella le cae encima y le aplasta la barriga.

Da la vuelta a la tortilla, se logra recuperar: le hace el boca a boca y la consigue reanimar.

La sienta sobre un banco, le dice: «no tengas prisa». Ella, ya recuperada, le regala una sonrisa.

«No te preocupes por mí, ya me encuentro mucho mejor; tengo un poco de dinero, puedo pagarte el favor».

«Ni sueñes con pagarme, que yo soy un caballero; el hacer un buen favor no se paga con dinero».

«Ven conmigo hasta mi casa, esto hay que celebrarlo; beberemos unas copas y podremos disfrutarlo».

«De veras te lo agradezco, más declino la invitación; ya lo celebraremos en una próxima ocasión».

Ella se marcha pensando: «Qué muchacho tan honrado; le toqué la entrepierna... ¡Y estaba muy bien armado!».

Él se marcha pensando: «Perdí unos polvos sencillos... pues al caerme ella encima, ¡me cagué en los calzoncillos!».

EL Cazador Cazado.


Conduciendo un Mercedes, Antonio va cantando. Ve a una chica en minifalda y cree estar soñando.

Aminora la velocidad, la chica está de muerte. Ella hace autoestop, hoy es su día de suerte.

Al sentarse se acomoda, echa hacia atrás la espalda. Se descubre el muslamen al subir la minifalda.

El panorama que ve es para volverse loco. Pone la mano en su rodilla, va subiendo poco a poco.

—Deja de meterme mano, eso no es de caballero. Si quieres llegar arriba, eso te cuesta un dinero.

—Por dinero no hay problema, ¿cuánto me vas a cobrar? —Unos cincuenta pavos y puedes buscar lugar.

—No quiero ir a moteles, me vale un lugar cualquiera. Deja el Mercedes en marcha al lado de la carretera.

—Acepto tus condiciones, deseo lograr la meta. Lo haremos tras esa mata, al lado de la cuneta.

El punto es estupendo, un sitio cojonudo. —Empieza a quitarte ropa, que quiero verte desnudo.

Se empezó a desnudar, todo lleno de emociones. Ella se montó en el coche al bajar él los pantalones.

Se escapó a toda leche conduciendo el Mercedes. Le dijo: —¡Adiós, pardillo! Ahora agárrame si puedes.

Si la paran los civiles, verá que la ha cagado: lleva coca, dinero falso y el coche es robado.

Zapatos Nuevos y Bronca.


Se acaba de jubilar, le controla la parienta; no se vaya a enviciar y gaste más de la cuenta.

Una cañita diaria le permite la Manuela, y dos euros por semana para echar una quiniela.

Con tan poco presupuesto él pasa muy malos ratos; si un día le toca algo, se comprará unos zapatos.

Llega contento a casa y, al momento de entrar, le cae una buena bronca porque acaba de fregar.

—¡Qué inoportuno que eres! Mejor pisa de puntillas. Quítate ya los zapatos y ponte las zapatillas.

Quizás ya no te intereso, mírame un poco de frente; y si te dignas mirar, verás algo diferente.

Estás un día más viejo, algo más "aburrido"; no te veo nada nuevo, ¡un desastre de marido!

Desolado, se desnuda, se presenta al poco rato: a ver si ahora se entera y se fija en los zapatos.

—Mírame ahora de frente, de cintura para abajo; verás qué guapos son ellos, los que están ahí abajo.

—La misma mala herramienta, dos pelotas arrugadas, y un pingajo colgado, que no vale para nada.

—Ese pingajo que cuelga, y que está así todo el rato, es más atento que tú: ¡está mirando mis zapatos!

—Yo te prestaré atención cuando no me des la lata; cuando ese pingajo tuyo... ¡Te contemplé la corbata!

El Misterio del Pecho.

 —¿A dónde vas, María, con cara de funeral? —A que me vea el doctor, que esto no es nada normal.

—Te doy toda la razón: desde que estás casada, estás perdiendo el tipo y te ves desvencijada.

—No sé cómo explicártelo, me pasa algo muy extraño: me noto siempre cansada y un pecho se está estirando.

—Será que estás en estado, eso agota y quita el sueño; tus pechos están cambiando para criar a un pequeño.

—¡Ojalá fuera eso cierto! Pero de eso, nada de nada: ya utilicé el predictor y no estoy embarazada.

Al examinarla, el doctor se queda todo perplejo: un pecho es muy normal, el otro, un largo pellejo.

—Nunca vi nada igual, y sé bien lo que me digo; para que lo tenga así, me explicará el motivo.

—Mi marido es caprichoso, igual que un niño pequeño; del pecho que está estirado, él dice que siempre es dueño.

—Sigo sin hallar la razón, aunque quiera chupar algo; todos lo chupan un poco y nadie lo tiene tan largo.

—Lo entenderá usted enseguida, son unas simples bobadas: al enfadarnos, dormimos... ¡Con las camas separadas!


Cronica del Pajaro negro.

 

Tiene un grave problema: el muchacho va al doctor. Su novia es muy virgen, teme hacerle el amor.

Él tiene parte de culpa por asustarla un poquito; siempre anda presumiendo de su enorme pajarito.

El doctor le aconseja que se unte el pajarito; que use crema lubricante y lo haga despacito.

Pasada una semana, le dice al doctor: —Esa crema no funciona, recéteme otra mejor.

—Usa aceite de oliva, quizás te vaya mejor; si con eso no funciona, usa aceite de motor.

Usó el aceite de oliva, virgen extra del mejor; tampoco dio resultado y pasó al de motor.

El primero que encontró, como estaba cabreado, fue un aceite negro de un motor muy usado.

Al usar aceite usado, aquello se puso oscuro; cuando la novia lo vio, se asustó, te lo aseguro.

Desapareció del mapa esa asustada mujer; no saben su paradero, jamás se la volvió a ver.

Así se quedó sin novia y con el pájaro negro. ¡Qué difícil quitar ese aceite! Su porvenir es muy negro.


El Burro Casamentero.



Tenía un burro enamorado que no se podía aguantar; al pasar cerca la burra, se ponía a rebuznar.

La burra era de la vecina y estaba también prendada: le correspondía al burro con una gran rebuznada.

Si querían que trabajaran, los tenían que juntar, pues al estar separados se negaban a trabajar.

Esto obligaba a los dueños, a pesar de estar casados, a pasar el tiempo juntos... y acabar enamorados.

Separó a dos matrimonios esta pareja de burros; nunca te debes fiar de animales tan cazurros.

Analizando el asunto de tanta separación, ellos se volvieron "burros" quizás por esta razón:

Él, por fijarse en la burra al verla tan entregada, comparó con su mujer... que nunca lo acariciaba.

Ella, por mirar al burro haciéndose mil ilusiones: que su esposo la tuviera en las mismas condiciones.

En historias como estas, cuando pasa la sorpresa y no cumple lo soñado... se vuelve con la pareja.

TRavesuras de Meada.


 Eran tiempos sin juguetes, había que improvisar cosas extrañas y raras con las que poder jugar.

Al juntarnos varios chicos íbamos a una pendiente; tras la raya marcábamos una apuesta entre la gente.

El juego solo trataba de soltar una meada: salía siempre campeón el que más lejos llegaba.

Uno se amarró la cola, se le puso tiesa y dura; quería retener agua como una gran represa.

Pero fue una mala idea, la ató con un hilo fino; ya no parecía cola: ¡se hinchó como un pepino!

En la línea de salida la quería desatar; la tenía tan hinchada que no podía mear.

Le escoltamos hasta casa entre bromas y cantares, él con el pito en la mano y llorando sus pesares.

Cuando la madre lo vio, buscó pronto las tijeras; se lo llevó a un rincón para que nadie lo viera.

Al poder cortar el hilo salió toda la meada; la madre, desprevenida, se quedó toda empapada.

Tras aquella experiencia aprendimos un poquito: siguieron las competencias, ¡pero nadie se ató el pito!


C

El empacho de amor

 
Qué orgulloso estaba yo, era un chico de primera; mis amigos me envidiaban por mi novia pastelera.

Dulce para el desayuno, dulce para merendar; yo era un bombón relleno, más dulce no podía estar.

Ella decía a sus amigas: «Tengo un osito muy fiel, que viene siempre a la colmena para chuparme la miel».

Mis amigos me avisaron: «Aléjate de su lado, que cada día estás más flaco, más triste y demacrado».

Eran tiempos antiguos y, para desgracia mía, no se sabía del azúcar ni el daño que producía.

El doctor me lo advirtió: «Deja ya a la pastelera, mejor cómete un cocido, que sienta bien a cualquiera».

Una cosa es dar consejos, otra, llevarlos a cabo; como no le hice caso, se me fue arrugando el pavo.

Ya no era un chico dulce, ni un muchacho salado; se aburrió la pastelera y empezó a darme de lado.

No vio porvenir en mí esa novia pastelera: se juntó con una amiga, ¡y se volvió "bollera"!

Una elección inesperada.


Yo quería tener novia trabajando de frutero, pero ella me rechazó: prefería un fontanero.

No entendía sus razones ni por qué me dio el desplante: ¡no es igual andar con plomo que un melocotón brillante!

Le dije: «Piénsalo bien, la fruta es mucho más sana; al mediodía una pera, por la noche una banana».

El consejo que le di es que lo pensara mejor: antes que las profesiones, yo creo que está el amor.

«Yo prefiero al fontanero por la noche y por el día, él sabe desatascar y limpiar la tubería».

«En casa surgen a diario toda clase de averías: a veces gotean los grifos y se atascan tuberías».

«Un frutero no lo arregla, tendría que gastar dinero, que la mano de obra es cara si llamas al fontanero».

Ella a mí me gustaba, sin ser ninguna belleza, pero seguir la conquista empezó a darme pereza.

Nunca más supe de ella ni con quién se casaría; tendrá los grifos brillantes... ¡Y limpia la tubería!


Teresa la espigada.


La Teresa

Así era la Teresa, siempre caminaba tiesa; los mozos de todo el pueblo la llamaban "la Marquesa".

Mujer de rompe y rasga, ni marquesa ni condesa, un ochenta de estatura... ¡Así era la Teresa!

En generación de bajos ella siempre destacaba; ser tan alta y buena moza, todo el mundo la deseaba.

Al ponerse a su lado muchos sentían complejo: era comparar un dóberman con un pequeño conejo.

Soñábamos con la pieza y cómo poder cazarla, disparando la escopeta al querer acorralarla.

La gente de aquel pueblo, al ver su buena estampa, no alcanzaba a comprender dónde estaba la trampa.

Si su padre era bajito (y dicen que está capado) y su madre casi enana, hay un gato aquí encerrado.

Le preguntan a la madre de dónde sacó simiente: "con chorizos de los buenos mezclados con aguardiente".

Yo sorprendí a la Teresa rezando en el camposanto; no en la tumba de sus padres... ¡Allí terminó el encanto!

Es un pequeño secreto que no pienso revelar; somos de la misma edad, no la quiero perjudicar.

A mí también me gustaba, siempre lo tengo en cuenta; pero no le tiré los tejos... ¡Pues mido uno sesenta!

El dilema de Manolo


Este es el bruto Manolo, un tipo muy cazurro. Un burro le dio una coz, ¡y él se la devolvió al burro!

Cuando apenas era un niño nadie quería jugar, pues de un pequeño cabreo te podía lesionar.

Llegó así a la mocedad, casi sin haber cambiado; decían todos en el pueblo: "es más burro que un arado".

Buscando tener una novia las pasó muy putas, hasta que halló a su Manuela, que también era muy bruta.

Intentaban tener niños, pero no lo conseguían; "la culpa es tuya, no es mía", siempre se lo discutían.

Aquello afectó a Manolo, al menos un poquito; pensó que él era el culpable por su "flojera de pito".

Le receta el buen doctor esa pastilla famosa; tomando una de cincuenta le funcionará la cosa.

En la farmacia no tienen la dosis que le va bien; el farmacéutico dice: "solo las tengo de cien".

"Hacen el mismo efecto, eso no es una novedad; para hacer bien el amor, la partes por la mitad".

"¡Mi mujer se enfadará! ¡No se dejará partir! Y si queda embarazada... ¡Cómo coño va a parir!".

"¡No seas bruto, Manuel! ¡No partas a tu costilla! Para tomar los cincuenta... ¡Debes partir la pastilla!".


Marido y caligre corto

 







Marido desconsolado, para él esto es muy duro. Reza con gran devoción: se acaba de quedar viudo.

Todos al darle el pésame recuerdan lo buena que era. Trabajadora incansable, una mujer de primera.

Sabía coser y bordar, lavaba muy bien la ropa. Cocinaba un buen cocido, con mucho sabor la sopa.

Era amable y simpática, todo lo hacía deprisa. Regañaba a su marido por no querer ir a misa.

Un conjunto de virtudes imposible de olvidar. Por eso el pobre marido no paraba de llorar.

Murió demasiado joven, nadie lo puede creer. Le preguntan al marido: «¿De qué murió tu mujer?».

Se le asoma algún moquillo, no sabe qué responder. Le pregunta al doctor: «¿De qué murió mi mujer?».

«Creo que haciendo el amor se debió recalentar. Tuvo un fallo multiorgásmico que no pudo soportar».

Las mujeres presentes no se lo pueden creer. Le piden que enseñe el arma con que mató a su mujer.

«No pienso enseñar el arma, sería un gran cachondeo. Es de calibre muy corto y con balas de fogueo».

«Soy un pobre inocente, ella siempre me decía: "Tu arma dispara pronto y siempre me deja fría"».


jueves, 8 de enero de 2026

La raspa del bacalao.

 

El marido pregunta: —¿Dónde se metió Teresa? Ya es la hora de comer y no se sienta a la mesa.

—Tú sabes que suspendió y es mala para estudiar; la está ayudando el vecino para que pueda aprobar.

—¿Encerrados en el cuarto? ¿Y con la luz apagada? Es el escenario ideal para hacer una guarrada.

—Llámalos rápidamente, que venga ese "ayudante"; los vigilaré de cerca, quiero tenerlos delante.

—Eres un desconfiado, deja ya de sospechar. Hoy comemos bacalao... te puedes atragantar.

—Él es un chico estupendo, me lo dice la vecina; saca sobresaliente en la rama de Medicina.

El padre se pone a comer, bastante malhumorado; al poco se está ahogando con la espina del pescado.

El muchacho reacciona al verle ponerse morado: le mete los dedos en la boca y saca el resto del bacalao.

—Te acaba de salvar la vida el hijo de la vecina; deberías darle las gracias por estudiar Medicina.

—Me acaba de confirmar algo que ya me temía: ¡ha estado practicando con la Ginecología!



Follón inesperado.

 

Tiene un amigo que es gay, un tipo rudo y muy macho, que anda siempre desesperado por ver si "pilla algún cacho".

El amigo le convida a una manifestación, pero le advierte enseguida: «¡Puede haber un buen follón!».

Ni corto ni perezoso se lanza a la agitación; va en la fila delantera con un enorme cartelón.

EL CARTELÓN: "Orgullosos de ser gais, queremos el amor libre, operación financiada y también el cubalibre".

Chocan con un grupo opuesto de distinta ideología; comienzan pronto los gritos, se arma la algarabía.

Unos les llaman cabritos, otros les gritan cabrones; vuelan insultos de clase y estallan ya los follones.

Es una lluvia de objetos que caen desde el cielo; hay puñetazos, patadas y hasta tirones de pelo.

Él pudo salir huyendo, pues se cree muy listo; pero no salió bien parado: ¡lo dejaron como un Cristo!

Al poco encuentra al amigo y le grita: «¡Maricón! ¿Por qué no me explicaste lo que era un buen follón?».

—«Te avisé de antemano, eres tonto o ignorante; si no te gusta el jaleo, ¡haberlo pensado antes!».

—«Perdóname por lo dicho, tienes toda la razón; yo creí que era "follar mucho" cuando hablabas de "follón"».


C

El Viajero y el Matorral

 


El Viajero y el Matorral

El hombre va de viaje, sus faros casi no alumbran. Se cruza con otro coche y las luces lo deslumbran.

Baja la velocidad, el susto le entra en el cuerpo. Teme a la chica de la curva o encontrarse con un muerto.

La noche es tenebrosa, avanza sugestionado. Pega un frenazo de golpe al ver a un hombre tumbado.

En medio de la calzada, al comprobar su estado, es el muerto que temía: alguien ya lo ha atropellado.

Por no tocar al difunto, se sale de la carretera. Conduce a través del campo como en una gran carrera.

No mira por dónde va, cruza bosque y matorrales, toda clase de maleza y pinchos de los zarzales.

Cuando cree estar a salvo, tras mil sustos de perfil, regresa a la carretera... ¡Lo para la Guardia Civil!

—¡No fui yo quien lo mató! ¡No me culpen del delito! Cuando vi a aquel pobre hombre, ya estaba más que frito.

—De ese no te culpamos, ni por él tienes delito. Pero hay un segundo muerto al que tú sí has dejado frito.

Es de esos atropellos que parecen irreales: ¡Mataste al que estaba cagando en medio los matorrales!

Los ojos Cerrados del Bebé


 —Cariño, dime qué piensas, estoy muy preocupado: el niño tiene tres meses y los ojos muy cerrados.

—No te preocupes por eso, le llevé donde el doctor; le hizo una revisión y de la vista está mejor.

Cuando te fuiste de viaje los abrió para espiar, no le gustó nada el mundo y los volvió a cerrar.

—Mucha culpa tienes tú, el pobre vive asustado por ese monstruo de felpa que tú le has regalado.

—Lo que acabas de decir yo no me lo puedo creer, pues los niños de hoy en día feos los quieren tener.

—Eso serán otros niños, al nuestro no le convence; él se lo pasa de miedo rompiendo todos sus chupetes.

No se queda convencido, le sigue dando mil vueltas, y mientras ella trabaja busca al doctor otras respuestas.

«Que no abra los ojitos no es algo que deba temer. Dígame dónde trabaja y qué hace su mujer».

—En una tienda de chinos con una larga jornada, trabaja de sol a sol y siempre acaba cansada.

—El niño verá muy bien, aunque los tenga rasgados... ¡Eres tú el que no ve! ¡Tienes los ojos cerrados!


El Peor Remedio



 —Mucho tiempo sin verte, Juan. Me alegro un montón. Ya me contarás cómo te va en la nueva urbanización.

—Allí soy de los primeros y está sin finalizar. Faltan muchos servicios para poder opinar.

Despacito va la cosa para poder terminar: el portal está sin luz, la calle sin asfaltar.

Cada día surge un problema que no estás esperando: al llegar al portal, ¡estaba un tío cagando!

Otro día, una pareja que lo hace sin complejos: unas noches "dando caña", otras "pelando el conejo".

—Esos no son graves problemas, los puedes solucionar: pon unas luces potentes que iluminen el portal.

Al estar iluminado, sin dudarlo, te aseguro que se irán a otro portal donde nadie les vea el culo.

—Gracias por el consejo, le pondré hasta diez luces, un letrero iluminado y un Cristo con tres cruces.

Cuando se vuelven a ver al cabo de poco tiempo, el amigo le pregunta si funcionó el invento.

—Ahora es un portal famoso, lo hacen todo a la vista: van un montón a cagar... ¡Mientras!
leen la revista!


Ca

Entrevista al pastor


Un día llegó al pueblo un periodista aficionado. Entrevistó al pastor y le dejó acojonado.

La primera pregunta fue: —¿Cómo pasa usted la vida? —Cuidando de mis ovejas todas las horas del día.

—Además de las ovejas, tendrá otras cosas que hacer. —Limpieza y cosas de casa, porque no tengo mujer.

Mi casa es toda de barro, poco tengo que limpiar. Tan solo una vez al año la tengo que encalar.

La comida no es problema, lo tengo muy controlado. La compro precocinada en el mismo supermercado.

En cuanto al tema de ropa, eso lo tengo chupado. La llevo a la lavandería, ¡asunto solucionado!

—¿Fue alguna vez con mujeres? —Muchas, no te quiero mentir. Cuando voy a la cama, las cuento para dormir.

—Es una cosa increíble, alucinado me deja. ¡La gente para dormir se pone a contar ovejas!

—Eres un tonto, muchacho, creo que no estás al día. Si yo cuento las ovejas... ¡Nunca me dormiría!


Ese primer amor

 Ese primer amor


 Ese primer amor Ese primer amor, nunca será olvidado. Por muchos años que pasen, siempre será recordado.

Eso me pasa a mí, que lo sigo recordando; con nostalgia y con pesar, al menos de vez en cuando.

Me levantaba atontado de tanto y tanto pensar. Me perdía el desayuno y me iba a trabajar.

Llegaba el mediodía, la hora de la comida; seguía pensando en ella y también me la perdía.

A la hora de la merienda, me ponía a meditar; seguía pensando en ella y me quedaba sin merendar.

Llegaba la hora de cena y no dejaba de pensar; en ese primer amor... y me acostaba sin cenar.

Estando ya en la cama, las tripas me daban calambres. No me podía dormir, por estar muerto de hambre.

Ante tanto sufrimiento, me estaba quedando tieso; sin recibir un abrazo, y mucho menos un beso.

Yo estaba lejos de ella, me llamó desesperada: —"Si puedes, ven a verme, que tengo la tripa hinchada".

Ella, al verme, me abrazó y se mostró cariñosa. Yo pensé: "esto es muy raro, cómo ha cambiado la cosa".

Yo quise aprovechar, ella dijo: "no te pases, que tengo la tripa hinchada y se me escapan los gases".

Sin comerme una rosca, yo le di la solución: —"Tírate unos buenos pedos y te bajará la hinchazón".

Al estar ya separados, mejoró la situación. Como por arte de magia, se le bajó la hinchazón.

¿Cómo bajó su tripa? Eso yo nunca lo vi. Pero con la tripa plana, no quiso saber de mí.

No seáis malpensados, sé lo que estáis pensando. Yo sigo pensando en ella... al menos de vez en cuando.


C

Cuestión de peso

 

Cuestión de peso


A la buena de María se le ha muerto el marido. Era un gran hombre... ¡Con sus ciento treinta kilos!

Todos le dan el pésame, los hombres con sentimiento, usando la típica frase: «Te acompaño en el sentimiento».

Qué diferencia en las mujeres, con la frase menos usada: «Él ya estará en el cielo, tú vivirás descansada».

Como pidió ser incinerado, surge un problema gigante: no hay cajas de su tamaño, hay que encargar una grande.

Ante tanto contratiempo, no lo puede soportar; se derrumba la pobre mujer y se pone a llorar.

Los de la incineradora, al ver tanto desconsuelo, le dan una solución: «¿Lo incineramos "a pelo"?».

La viuda hace un gesto, dice que sí con la cabeza: «Y si no cabe en el horno... ¡Que lo hagan pieza a pieza!».

Al recibir las cenizas, contiene sus emociones: son tan pocas que caben en una caja de bombones.

«¿De un marido tan grande solo me devuelven esto? No me lo puedo creer... ¿Qué hicieron con el resto?».

«Es la esencia de su esposo, controle sus emociones; la grasa nos la quedamos... ¡Para producir jabones!».


Justicia Robótica

  

Justicia Robótica 

Estamos viviendo un ciclo que nos supera cada día; está progresando mucho la robótica y la IA.

Juan se compró un robot, quería estar al día: un robot inteligente que detecta la mentira.

Si detecta una mentira, rápido suelta la mano y te pega un tortazo más fuerte que un ser humano.

Tiene un hijo de quince años, en esa edad tontorrona; rápido prueba el robot para ver cómo funciona.

—Hijo, llegas demasiado tarde, me dirás dónde has estado. —En la casa de mi amigo, corrigiendo un dictado.

El robot, sin decir nada, reacciona de inmediato: rápido levanta la mano y le suelta un buen sopapo.

Asustado, el muchacho está rojo del bochorno: —Esta vez no mentiré, estuvimos viendo porno.

—¡Eres un pervertido por eso que estás viendo! Yo, cuando tenía tu edad, me entretenía leyendo.

El robot, al oír eso, parece algo cabreado: le propina un tortazo que lo deja bien sentado.

La mujer, que está presente, no se puede contener; suelta la típica frase: —¡Hijo tuyo, tenía que ser!

El robot se acerca a ella y, sin mirarle a la cara, le suelta una castaña que la deja bien sentada.

Yo no quiero un robot, aunque sea regalado; mejor seguiré de pie, por si me deja sentado.

Pero le pondría un robot a los miembros del Gobierno, que les soltara dos leches cada vez que estén mintiendo.


Los primeros besos


Los primeros besos

Amor, todavía recuerdo los besos que te daba en los rincones. Yo me relamía los labios como quien come bombones.

En la época de novios todos eran muy dulzones. Me decías: "¡Qué bien besas! ¡Hay que ver cómo me pones!".

Después de que nos casamos nos amamos con cariño, pero perdieron dulzura al llegar el primer niño.

Cuando llegó ya el segundo casi no sabían a nada; eran como beber agua un poquito azucarada.

Siguieron así los besos... ellos se fueron de casa. Ahora no saben a nada: ¿Dime, qué leches te pasa?

—Marido, tú no te enteras, ¿esa pregunta a qué vino? ¿No sabes que las mujeres mejoramos como el vino?

—¡Tonta comparación! ¿A qué viene eso ahora? Con el paso de los años el vino siempre mejora.

—Sí, con buena temperatura, con mimos y muy cuidado, moviéndolo de vez en cuando y estando bien embotellado.

Tú no te has preocupado de cumplir con los deberes; eres de esos hombres que no cuidan las mujeres.

Una parte importante que cuida el bodeguero, es ponerle un buen corcho... ¡Bien apretado al agujero!

Si el corcho no encaja bien, tararí, que te vi... Se agria y se deteriora, como me ha pasado a mí.


Antonio y la Tomasa

 Antonio trabaja mucho, llega muy tarde a casa. Lleva poco de casado y esto enfada a la Tomasa.

—Tienes que llegar antes, ¿por qué tanto trabajar? —Tenemos una hipoteca y la tenemos que pagar.

—Llegas siempre muy cansado, vamos de mal en peor; hace ya más de un mes que no hacemos el amor.

—Se lo diré a mi jefe, a ver si me cambia el tajo, aunque lo veo difícil: tenemos mucho trabajo.

No lo cambia de puesto, esto enfada a la Tomasa, al ver que llega hecho unos zorros cada vez más tarde a casa.

Pide por favor al jefe a ver si lo puede cambiar; la Tomasa no le aguanta y se tendrá que divorciar.

Es un buen trabajador, cumple bien en el tajo. El jefe, muy conmovido, va y le cambia de trabajo.

Es un empleo mejor, un poco más descansado, pero llega muerto a casa al no estar acostumbrado.

La Tomasa le esperaba con café, copa y un puro. Él dice que ese día lo ha tenido muy duro.

—Vente rápido a la cama, me lo vas a demostrar: si lo has tenido muy duro... ¡lo tengo que aprovechar!

Mejoró en el trabajo, pero cuando llega a casa, tiene que hacer horas extra por culpa de la Tomasa.

La trampa del noviazgo


Te veo muy ojeroso, Juan, y como algo cansado. No lo encuentro normal... ¿Dime por qué te has casado?

—Cuando me fui de casa, sin los mimos de mi madre, pensé que la soltería sería de puta madre.

La verdad que no fue así y empecé a reflexionar: que para llevar la casa hay mucho que trabajar.

Tenía que hacer la comida, se me da muy mal guisar; peor es hacer la cama y mucho menos planchar.

No sabía lavar la ropa ni poner la lavadora, y para limpiar el baño me tiraba más de una hora.

Me busqué una novia exprés y, casi sin conocerla, me casé rápidamente para que lo hiciera ella.

Me equivoqué totalmente: en el amor es muy buena, pero hacer cosas de casa... dice que no hace esa faena.

Mi abuelo ya me lo dijo: "Si alguna vez te casas, la mujer con uñas largas no hace cosas de casa".

Me dio una alternativa y tenía que escoger: si prefería revolcones, lo tenía yo que hacer.

Con tres trabajos ahora, sin estar acostumbrado... revolcón, limpieza y curro, ¡ando la mar de cansado!

El cumpleaños del soltero de oro


Estaba el bueno de Antonio celebrando su onomástica, bebiendo unos buenos vinos de un modo muy entusiasta.

Entró al bar un buen amigo, uno de los invitados, con una noticia urgente que le dejó anonadado.

—"Antonio, no vas a creerlo, pero te tengo que hablar: tu mujer te pone cuernos, no lo puedes aguantar.

Corre pronto hacia tu casa, conduce sin descansar, que ahora están en plena faena y los puedes atrapar".

Salió como una centella, con la mente ya despierta, y se montó en una moto que vio allí junto a la puerta.

No miraba el recorrido por ir a todo correr; quería pillar al amante junto con su  mujer.

No pasan ni diez minutos cuando lo ven regresar; viene el pobre hecho un Cristo, maldiciendo sin parar.

—"Eres un pésimo amigo, el susto fue de morir. Me estampé con una farola, ¡casi no puedo vivir!".

—"Pero dime —dijo el otro—, en medio de aquel correr, ¿pudiste pillar al tipo que se tira a tu mujer?".

—"¡Vete a tomar por culo por haberme asustado! ¡Que yo no sé llevar motos... y ni siquiera estoy casado!".

El Dilema de Facundo

 


Era un chico espabilado, el hijo del tío Facundo, soñaba desde pequeño con poder cambiar el mundo.

En la escuela no jugaba a juegos de pelear, se sentaba pensativo: ¿qué podría reformar?

Así pasó la niñez, meditando noche y día, sin conectar con amigos, sin ninguna compañía.

Llegó a la edad adulta y el mal se empezó a agravar, no sabía echarse novia por no dejar de pensar.

Pidió consejo al abuelo, que todo lo solucionaba, buscando en su experiencia lo que el viejo aconsejaba.

—"Lo que debes hacer tú, mi pequeño saltamontes, es marcharte de la casa a una cabaña en los montes.

En ese lugar remoto allí podrás disfrutar; llévate a una tía buena que no te deje pensar.

Goza bien de los placeres y solo debes pensar: aunque la tía esté buena, ¡nunca te debes casar!"

—"Viniendo de ti, abuelo, no esperaba tal consejo, si te casaste tres veces... ¿Por qué el vicio, siendo viejo?"

—"La primera conectamos, no había televisiones, sentados en el sofá, cambiábamos opiniones.

Con la segunda fue peor, al llegar la televisión, ni sentarse en el sofá ni compartir opinión.

La tercera fue el desastre, ni hablar de tener razón: ¡no me dejaba cambiar el canal de televisión!"

Hizo caso del abuelo, el hijo del tío Facundo: con una tía buena al lado... es difícil cambiar el mundo.


La herencia de María



El abuelo está muy triste, pues murió su amada María. Era el centro de su vida, lo que él más quería.

Desde Japón llega un nieto, a visitar al abuelo. Al verlo tan afligido, intenta darle consuelo.

—"Trata de vivir la vida, ella ya descansa en el cielo. Dime qué puedo hacer yo, ¿qué es lo que quieres, abuelo?"—

—"Yo solo quiero a tu abuela, y solo quiero llorar. Aunque me encuentre muy solo, no la podré olvidar."—

—"Yo trabajo allá en Japón, donde hay muchísima gente. Solitaria como tú, pero muy inteligente.

Hay una solución clara, para esos inconvenientes: combaten su soledad con muñecas inteligentes.

Te puedo mandar ahora una, con la que puedas hablar, que cumpla tus beneficios y te saque a pasear."—

Llegó por fin la muñeca, y el abuelo respondía: —"Esta no me echa sermones, como hacía mi María."—

Al volver de vacaciones, el nieto buscó al abuelo. Lo encontró de nuevo en llanto, solo y tirado en el suelo.

—"¿Dónde está la muñeca? ¿Acaso se ha averiado, para que estés otra vez tan triste y abandonado?"—

—"Demasiado inteligente... ¡Era muy lista la pava! Quería el piso a su nombre, y si no, me abandonaba.

Cumplió al fin su amenaza, se marchó con el primero, que era más guapo que yo y tenía más dinero.

No hay que fiarse jamás de esas máquinas parlantes. Mejor comprar una hinchable... ¡Muda, como las de antes!"—


2. S

El trio de la Tomasa.


 El marido a su mujer: —Me gustaría un trío, dime si estás dispuesta y si cuento contigo.

—Ni sueñes esas cosas, que yo soy muy decente, con las ideas de antes y además soy creyente.

Me voy a Misa de Gallo, que dura hasta la mañana; no me esperes despierto, te puedes ir a la cama.

La misa se suspendió y regresó la Tomasa, sin rezar un padrenuestro, mucho antes a su casa.

Al entrar al dormitorio, la sorpresa fue divina: el marido está en la cama con la joven vecina.

—Eres un sinvergüenza y un cabrón de marido; ahora me desnudo yo y formaremos el trío.

Los dos están sorprendidos mientras ella se desnuda; se mete pronto en la cama, ¡la va a liar cojonuda!

—Vecina, tú no te vayas, acompáñame en la juerga; daremos una lección a este marido de mierda.

Compinchadas las mujeres, le decían al marido: —Vas a saber lo que es bueno, esto de hacer un trío.

Se turnaron las mujeres, las dos dándole caña; le dejaron más seco que una vieja telaraña.

El hombre no podía más, estaba muy arrepentido, y le juró a su mujer: —Seré un buen marido.

Aprendió bien la lección, no sueña con fantasías; con una mujer le sobra para el resto de sus días.



miércoles, 7 de enero de 2026

Susto en la farmacia.

Susto en la farmacia

Aquel hombre tenía una amante, su mujer se marchó a la misa. «Vente a mi casa, cariño, que tenemos mucha prisa».

Contaba con el sermón que el cura daba en la iglesia, pero el cura se resfrió y acabó con gran presteza.

Después del primer asalto, él la tiene ya rendida, pero antes del segundo... ¡Oyen la puerta encogida!

«¡Cariño, vete deprisa! ¡Salta por el ventanal! No intentes ni vestirte, ya te llamaré mañana».

Y saltó por la ventana, pues era solo un primero; como si fuera de cine, la atrapó un caballero.

Con tal mujer en sus brazos, él no sabía qué hacer; la dejó en pie en el suelo y se echó pronto a correr.

Andar desnuda en la calle no le hacía mucha gracia; por evitar las miradas, se metió en una farmacia.

Allí se sintió segura y empezó a respirar; buscaba algún relajante para poderse calmar.

El boticario, al mirarla, se quedó mudo y perplejo: jamás entró una mujer enseñando aquel "conejo".

Pensó que la pobrecilla sufría de calentura, y que por eso venía completamente desnuda.

«Deje ya de contemplarme y atiéndame con premura. ¿No me diga que a su edad no ha visto una tía desnuda?».

«He visto tías desnudas, pero no aquí en la farmacia; estoy pensando una cosa que puede tener su gracia...

Trae las manos vacías por detrás y por delante: ¿de dónde sacará el pago para costear el calmante?».

«Necesito esa pastilla y una bata para taparme; dese prisa en las dos cosas y dejé ya de mirarme».

«Todo lo que estoy mirando no lo estoy asimilando; no sé si sigo despierto o si lo estoy imaginando».

Se desmayó el farmacéutico ante lo que tenía delante; ella le hizo el boca a boca... ¡Y además le dio un calmante!


El secreto de ,la Entrepierna.


 Qué orgulloso estaba yo con mi novia, la modista. Todos decían en el pueblo que era una chica muy lista.

Sabía hacer de todo, hasta un jersey de lana, remendaba bien las sábanas y sabía hacer la cama.

Y ese que parecía tonto, ¿cómo la habrá conquistado? ¿Con algunos polvos mágicos o qué leche le habrá dado?

Para tenerla contenta yo no sabía qué hacer; ella quiso progresar y eso lo empezó a torcer.

Hacía lindos vestidos con hermosas selecciones, pero se le puso en la cabeza empezar a hacer pantalones.

Tuvo un éxito tremendo de la noche a la mañana. Todos buscan lo moderno, abandonan los de pana.

Muchos mozos a probar con la chica tan moderna; ella empezó a comparar al medir tanta entrepierna.

Con tanto mozo esperando para tomarse la medida, me dedicaba menos tiempo y la encontraba más fría.

Sin poder contenerme empecé ya a sospechar. Le dije: «te noto fría, quizás me quieres dejar».

«Gracias por comprenderlo, eres una cosa tierna; pero es que eres muy bajito y mides poco de entrepierna».

Y ahí se acabó la historia, esto ocurre en ocasiones: se comparan entrepiernas al hacer los pantalones.


Todo por una mona


 Todo por una mona

Pasó Paco ante una tienda a última hora del día. Vio que vendían monas de las que hacen compañía.

Sin pensárselo dos veces, compró la mona tan mona. Pensó que le vendría bien, sin contar con la patrona.

Nada más llegar a casa, ya le dijo la mujer: —Hoy me duele la cabeza, no tienes nada que hacer.

Se acostó con la mona, que no dejaba de jugar. Le dejó tan satisfecho, que la invitó a almorzar.

Se la llevó al trabajo, la mona siempre animando. Él, la mar de contento, llegó a su casa cantando.

La mujer, sola en casa, sin tener nada que hacer; solo viendo cotilleos y la cena sin hacer.

Él cogió a su mona para enseñarla a guisar. La tenía de ayudante para aprender a cocinar.

—¡Marido, qué leches haces! Que me tienes hasta el moño. Vente rápido a la cama, cumple con el matrimonio.

—Entérate de que esta mona es alegre y juguetona; no le duele la cabeza, es una monada de mona.

Cuando esta puñetera mona haya aprendido a guisar, te puedes ir con tu madre a que te enseñe a cocinar.

La mona aprendió el oficio y sabe hacer un cocido. Trata al hombre mejor que esa mujer al marido.

No se puede comparar a la mujer con la mona. Espero que lo entendáis: ¡Todo esto es pura broma!

La noche del dilema.

 

La noche del dilema.

Para la noche de bodas ella tenía la duda: no sabía qué ponerse, si ir vestida o ir desnuda.

Era un dilema terrible, vaya apuro que tenía: ¿de qué forma a su marido más le impresionaría?

Preguntó primero a una amiga para pedirle consejo: ¿debe estar a la vista o escondido el conejo?

"Ponte algo muy sexy, que eso les mola montones; se les cae la baba y se ponen como leones".

No conforme con aquello, buscó una segunda opinión: le preguntó a su abuela, que de eso sabe un montón.

"Hija mía, yo esa noche me puse ropa de lana; ¡nos daba tales picores que lo hacíamos con gana!".

Aquello sonó a rancio, completamente pasado; así que consultó a su madre, de criterio más moderno.

"Madre, dame tu consejo, ¿qué ropa debo llevar? ¿Una que se quite pronto o que cueste de quitar?".

"Ponte la que tú prefieras, de Mango o de Desigual; con ropa sexy o antigua, al marido le da igual.

Y si quieres repetir, no te lleves ni una muda: la ropa siempre es estorbo... ¡Pasa la noche desnuda!".


El Negocio del Ángel

 

El Negocio del Ángel

Estaba el padre Manolo terminando de rezar, llegó una mujer con prisa que se quería confesar.

—Espere solo un momento, estoy pidiendo al Patrón que me facilite el dinero para una operación.

—¿Es una falta pequeña o es un pecado mayor? —Le estoy poniendo los cuernos al marido, con el Ángel Seductor.

—No conozco a ese ángel y no me suena de nada; cincuenta euros a la iglesia y la falta queda perdonada.

Al día siguiente otra dama con el mismito pecado; la penitencia fue la misma y el error fue perdonado.

Así pasó medio año, con las mujeres pecando; con tan alta penitencia el cura se iba forrando.

Nunca las recrimino, jamás les dijo "¡ya basta!", pues aquel Ángel Seductor le hacía ganar mucha pasta.

La parroquia era ya rica, cada día iba mejor; el cura se hizo gran fan de ese Ángel Seductor.

Un día llegó una visita, un hombre arrebatador; rápido le dijo al cura: —Soy el Ángel Seductor.

—Tú no puedes ser un ángel ni has caído desde el cielo; ¿tú no sabes que a este cura no se le toma el pelo?

—Aquí tiene mi carné, yo jamás le he mentido: soy Ángel de nombre propio y Seductor de apellido.

Las mujeres me comentan que lo suyo es la usura; o me da una comisión o yo las cambio de cura.


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El Párroco y sus Virtudes

 El Párroco y sus Virtudes

Era un joven cura, guapo y elegante, al que un coche nuevo le hizo un desplante. Su carácter noble cambió de repente: salió de noche y se mezcló con la gente.

Conducta muy rara para el sacerdocio, frecuentando siempre lugares de ocio. Son sitios de riesgo y muy peligrosos, donde los pecados resultan honrosos.

La iglesia llenaba con tantas mujeres, que allí descuidaban sus propios deberes. No rezan siquiera, ni se santiguan, mirando al curita sus penas averiguan.

Los hombres, ya moscas, no quieren rezar, por miedo, a las "hostias" que el cura pueda dar. Viendo que la parroquia se vuelve un gran cisco, fueron a denunciarlo ante el señor Obispo.

Perseguido siempre por tanta mala fama, el Obispo decide cambiar el programa. A un lugar muy solo lo mandó a vivir, para que el pecado deje de existir.

Le visita al tiempo para ver su estado, y saber si al fin se siente perdonado. "¿Se olvidó ya, hijo, de tantas mujeres? ¿Ha vuelto a cumplir con sus santos deberes?"

"De aquel solitario lugar, Padre mío, rompo una lanza con mucho brío. Me lo paso en grande, no tengo añoranza, pues paso los días con la Templanza".

"Y en segundo lugar, para mi felicidad, práctico día y noche, la Caridad". El Obispo queda de una sola pieza: "¿Cómo logras, hijo, tan alta pureza?"

Apareció Templanza a un silbido del cura, con gasas finas mostrando su hermosura. Y a un segundo silbido, llegó Caridad, con un gran escote y mucha calidad.

El Obispo, al ver aquel cuadro en la sala, creyó que el infierno le abría su ala. Se desmayó de un infarto ante tal escenario, y aún se recupera hoy en el santuario.

El Fugitivo por Error


El Fugitivo por Error

El hombre viaja tranquilo en su viejo utilitario, tarareando una canción en su trayecto diario.

No tiene ninguna prisa, disfruta del equipaje; el camino es entretenido y acompaña el paisaje.

Pero ve un control de tráfico... y no se quiere parar. Se pone algo nervioso y empieza a acelerar.

Si venía tan tranquilo y acelera sin motivo, la Guardia Civil sospecha: —"Algo esconde ese tío".

Le sigue un motorista, le rebasa y da el alto. Él sale tan nervioso que casi besa el asfalto.

—"Papeles y carné", le pide el agente allí. Pero todo está en regla, poco queda por decir.

Le revisan la guantera, el maletero también, y el guardia no encuentra nada que no marche sobre el riel.

—"Si todo está perfecto, por lo que estoy viendo... Dígame, caballero: ¿Por qué diablos va huyendo?

—"Mire, agente, lo siento, me intentaba esconder... estoy un poco nervioso por culpa de mi mujer.

Se fugó con un civil y mi miedo, al verle ayer, era que se arrepintiera... ¡Y me la quisiera devolver!

.Geografía del Deseo

 

Geografía del Deseo

Lo siento mucho, cariño, me tengo que trasladar. Es un trago amargo para mí el no poderte llevar.

Me subirán el sueldo, la empresa lo ha decidido. El destino será largo: me voy a Estados Unidos.

No estaré fijo en un sitio, tengo que visitar lugares, dormir en distintos hoteles y sudar en varias ciudades.

—Tendré que aceptarlo aunque sea de mala gana... pero no me la pegues con ninguna americana.

—Ni se te ocurra pensarlo, no dudes de mi moral. Te quiero con locura y soy un tío formal.

Te mandaré un WhatsApp, al menos uno al día. Cuidado con el horario, no te encuentre dormida.

Cariño, quiero que sepas que conocí a Carolina. Me enamoré de ella, es una cosa divina.

Cinco días inolvidables admirando su hermosura. Todo es imponente en ella, una auténtica locura.

Doy vueltas en la cama como si fuera una noria; en cuanto haya descansado, poseeré a Georgia.

Cansado ya de Georgia, aunque era muy divina, me mudo de colchón... a conocer Carolina.

—¿Tú eras el que respetaba? Eres un puro demonio. No hace falta que regreses, se acabó el matrimonio.

Si has gozado con tres y con ellas vas disfrutando... yo te he puesto los cuernos con el macizo de Orlando.