—Cariño, dime qué piensas, estoy muy preocupado: el niño tiene tres meses y los ojos muy cerrados.
—No te preocupes por eso, le llevé donde el doctor; le hizo una revisión y de la vista está mejor.
Cuando te fuiste de viaje los abrió para espiar, no le gustó nada el mundo y los volvió a cerrar.
—Mucha culpa tienes tú, el pobre vive asustado por ese monstruo de felpa que tú le has regalado.
—Lo que acabas de decir yo no me lo puedo creer, pues los niños de hoy en día feos los quieren tener.
—Eso serán otros niños, al nuestro no le convence; él se lo pasa de miedo rompiendo todos sus chupetes.
No se queda convencido, le sigue dando mil vueltas, y mientras ella trabaja busca al doctor otras respuestas.
«Que no abra los ojitos no es algo que deba temer. Dígame dónde trabaja y qué hace su mujer».
—En una tienda de chinos con una larga jornada, trabaja de sol a sol y siempre acaba cansada.
—El niño verá muy bien, aunque los tenga rasgados... ¡Eres tú el que no ve! ¡Tienes los ojos cerrados!

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