Todo por una mona
Pasó Paco ante una tienda a última hora del día. Vio que vendían monas de las que hacen compañía.
Sin pensárselo dos veces, compró la mona tan mona. Pensó que le vendría bien, sin contar con la patrona.
Nada más llegar a casa, ya le dijo la mujer: —Hoy me duele la cabeza, no tienes nada que hacer.
Se acostó con la mona, que no dejaba de jugar. Le dejó tan satisfecho, que la invitó a almorzar.
Se la llevó al trabajo, la mona siempre animando. Él, la mar de contento, llegó a su casa cantando.
La mujer, sola en casa, sin tener nada que hacer; solo viendo cotilleos y la cena sin hacer.
Él cogió a su mona para enseñarla a guisar. La tenía de ayudante para aprender a cocinar.
—¡Marido, qué leches haces! Que me tienes hasta el moño. Vente rápido a la cama, cumple con el matrimonio.
—Entérate de que esta mona es alegre y juguetona; no le duele la cabeza, es una monada de mona.
Cuando esta puñetera mona haya aprendido a guisar, te puedes ir con tu madre a que te enseñe a cocinar.
La mona aprendió el oficio y sabe hacer un cocido. Trata al hombre mejor que esa mujer al marido.
No se puede comparar a la mujer con la mona. Espero que lo entendáis: ¡Todo esto es pura broma!
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