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miércoles, 7 de enero de 2026

Susto en la farmacia.

Susto en la farmacia

Aquel hombre tenía una amante, su mujer se marchó a la misa. «Vente a mi casa, cariño, que tenemos mucha prisa».

Contaba con el sermón que el cura daba en la iglesia, pero el cura se resfrió y acabó con gran presteza.

Después del primer asalto, él la tiene ya rendida, pero antes del segundo... ¡Oyen la puerta encogida!

«¡Cariño, vete deprisa! ¡Salta por el ventanal! No intentes ni vestirte, ya te llamaré mañana».

Y saltó por la ventana, pues era solo un primero; como si fuera de cine, la atrapó un caballero.

Con tal mujer en sus brazos, él no sabía qué hacer; la dejó en pie en el suelo y se echó pronto a correr.

Andar desnuda en la calle no le hacía mucha gracia; por evitar las miradas, se metió en una farmacia.

Allí se sintió segura y empezó a respirar; buscaba algún relajante para poderse calmar.

El boticario, al mirarla, se quedó mudo y perplejo: jamás entró una mujer enseñando aquel "conejo".

Pensó que la pobrecilla sufría de calentura, y que por eso venía completamente desnuda.

«Deje ya de contemplarme y atiéndame con premura. ¿No me diga que a su edad no ha visto una tía desnuda?».

«He visto tías desnudas, pero no aquí en la farmacia; estoy pensando una cosa que puede tener su gracia...

Trae las manos vacías por detrás y por delante: ¿de dónde sacará el pago para costear el calmante?».

«Necesito esa pastilla y una bata para taparme; dese prisa en las dos cosas y dejé ya de mirarme».

«Todo lo que estoy mirando no lo estoy asimilando; no sé si sigo despierto o si lo estoy imaginando».

Se desmayó el farmacéutico ante lo que tenía delante; ella le hizo el boca a boca... ¡Y además le dio un calmante!


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