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miércoles, 14 de enero de 2026

La justicia divina

 La justicia divina

La justicia, la de arriba, es difícil de explicar, y este es un claro ejemplo de lo que puede pasar.

En el pueblo vive un cura que ejerce con gran pasión, que cuida de su parroquia y enseña la religión.

También vive un buen taxista que invade hasta las aceras, no respeta las señales en calles ni carreteras.

Dos personas tan distintas que, por culpa de la prisa, se encuentran cuando el cura va a paso de dar su misa.

Una decisión fatal: subir con aquel alocado. Chocan contra una farola y quedan "espachurrados".

Juntos llegan hasta el cielo; el taxista es premiado con la distinción más alta, más el cura es ignorado.

No entiende tal injusticia, pues sus misas y sermones no le sirven para nada... ¡Exige explicaciones!

—Tus misas y tus sermones eran lentos y aburridos; siempre decías lo mismo y acababan todos dormidos.

En cambio, con el taxista, como nada respetaba, pedían ayuda a Dios ¡y todo el mundo rezaba!

Tras oír la moraleja y el veredicto escuchado... ¿Quién merece ser premiado?


Especial el "Sesenta y nueve"

 

Sus amigos no comprenden que no le guste bailar, y a sus veinticinco años esté aún por estrenar.

Es un chico singular que se explica con paciencia: siempre pone de pretexto que le gana la vergüenza.

"Te buscamos una chica muy sencilla y educada; tú espera en la habitación y con la luz apagada.

No hace falta ni que hables, todo se hará en la espesura, comprobar el material y probar alguna postura".

Él no sabe de "material" ni se muestra exigente, le basta con una joven que sea un poco inocente.

De posturas nada sabe, la curiosidad le puede, solo recuerda en su mente algo del "sesenta y nueve".

De duraciones no entiende, desea que sea breve, y le pregunta a la dama: "¿Tú haces el sesenta y nueve?".

"Si alargamos la función, yo espero no sea breve; a las doce y un minuto... ¡Cumplo los sesenta y nueve!".

El milagro del paracetamol

 

El milagro del paracetamol

La mujer dice al marido: —Eres un buen cabezón, estás hecho una castaña y no me das la razón.

Tienes que ir al médico, que te haga una revisión; siempre estás de mal humor y has perdido la pasión.

—Eso es normal a mi edad, son unas simples cosillas; verás lo que me receta: seguro simples pastillas.

—Si unas simples pastillas te mejoran el humor, yo sería más feliz... ¡se lo explicaré al doctor!

Le explicó la mujer lo que le pasa al marido. Sin la cita presencial, la mujer se hizo un lío.

Con las pastillas en casa que le trajo la mujer, con la letra tan pequeña él no se puso a leer.

A la hora de tomarla empieza a reaccionar: —Vente, cariño, a la cama, que te voy a espabilar.

Cada ocho horas un "kiko", él siempre estaba a punto. Pero al terminar la caja... ¡se le declaró difunto!

La buena mujer compró pastillas para el amor, ¡y el médico recetó simple paracetamol!


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Misión de Intercambio.


 Se van a vivir al campo, muy lejos de la ciudad, buscan la vida sencilla, con paz y tranquilidad.

Esa paz que tanto ansían muy pronto se ve truncada, por unos extraterrestres en visita inesperada.

Han venido a la Tierra en una misión compleja: probar a crear otra raza intercambiando pareja.

El reto es inesperado, a la vez que atractivo; la mujer, más decidida, pronto anima a su marido.

Terminada la sesión, pasada ya la "calentura", los dos están de acuerdo en contarse la aventura.

—Al sacar el aparato, yo me quedé muy asombrada: era como un gusano, no servía para nada.

—No te preocupes, terrícola, sé bien lo que estás pensando: si le das unos tirones, esto se va agrandando.

El sistema era sencillo, el método funcionaba: se ponía larga y gorda cada vez que la estiraba.

Fue una noche muy feliz, la más grande de mi vida; jamás volveré a encontrar un "aparato" a medida.

—Ahora cuéntame tú, ¿qué tal te lo has pasado? Seguro le diste caña hasta quedar reventado.

—De tanto estiramiento, me la dejó hecha una mierda: me quedó larga y finita... ¡Como una lombriz de tierra!


La confesión del cura

 

La confesión del cura

Se encuentra ante el doctor con el rostro demacrado, tiene profundas ojeras y se siente muy cansado.

—Para poder valorar, aunque conozco tu oficio, cuéntame algo de tu vida, sobre todo de tus vicios.

—La verdad, tengo muy pocos, llevo una vida sin vicio: como bien, duermo lo justo y hago un poco de ejercicio.

De tabaco, casi nada, tres pitillos cada día: uno después del almuerzo, dos más con el mediodía.

No me paso en la bebida, bebo el vino que me agrado, con tres gotas de agua fría para que tenga menos grado.

Quizás en la comida sí que me esté sobrepasando, mi trabajo no es de fuerza y por eso voy engordando.

—No es para estar tan cansado, ¡tendrías que estar bailando! ¿Haces mucho el amor... o solo de vez en cuando?

—Eso es igual que el comer, siempre me sobran las ganas; lo más normal es que yo eche unos doce a la semana.

—No creo estar excediéndome, pues según he consultado, es lo que suele hacer siempre cualquier joven recién casado.

El médico se hizo cruces: —¡Válgame Dios, qué recuerdo! ¡Que tú no estás casado... y eres el cura del pueblo!

La técnica del ladrillo



La técnica del ladrillo

En tiempos de Mari castaña, con técnica muy avanzada, decían que, haciéndolo en pie, no quedabas embarazada.

Para reforzar el asunto, un complemento existía: si al terminar hacía pis, limpiaba la tubería.

Dos amigas estudiaban técnicas tan avanzadas; si el invento funcionaba, se iban a poner moradas.

A una la ronda un cojo, y ella, que el defecto ve, piensa: «si tiene una corta, no podrá hacerlo de pie».

Se va el cojo con la otra, a quien le mola un montón; le soluciona el problema en la primera sesión.

La otra, por darle envidia, busca un mozo más alto, que le fabrica una tripa casi en el primer asalto.

Le dice a la del cojo: «Tú no estás embarazada; gozarás más que ninguna, pero lo harás tumbada».

«¡Siempre lo hacemos de pie! Aprovecho su cojera; me da muy buen resultado, te explicaré la manera:

Yo llevo siempre un ladrillo, no me fío a la aventura; lo pongo bajo la corta y quedan a la misma altura.

No me fío de los dichos, ni que "de pie es lo mejor"; si no entra la gasolina, no arrancará el motor.

Me mantengo siempre alerta, y cuando él más acelera, ¡le doy un pie al ladrillo y desenchufo la manguera!».


La Dosis Equivocada


Dosis Equivocada

Pide un hombre en la sexshop unas pastillas potentes, que al tomarlas su mujer rápida se recaliente.

—Para darte esas pastillas yo tendría que saber, a cuántos grados bajo cero se te pone la mujer.

—Nunca le medí los grados, yo le puedo asegurar que cada vez que la toco me pongo hasta a tiritar.

Si le enchufo el pizarrín, la cosa se pone peor: ¡es como si la metiera dentro del congelador!

—Toma, pues, estas pastillas, que son el último grito. ¡Que solo se tome una! O con más... ¡Te funde el pito!

Llega a casa emocionado, le da una a la mujer, pero él se toma dos para poder responder.

Ella se desnuda rápido llamando pronto al marido, pero al mirarle la pieza... ¡La tiene medio dormida!

—¡Marido, eres un desastre! Esto no tiene perdón. No me sirves para nada, ¡yo quiero un hombre de acción!

—¡No eres tú sola, mi amor! ¡Ahora ya somos dos! Tengo el culo como un horno, ¡y necesito un extintor!

Por no seguir los consejos lo pasó mucho peor: para enfriarse las nalgas, ¡vació todo el extintor!

La Solución de la Bruja.

 

Un desastre de marido, tan borracho y comilón, que su mujer, ya aburrida, buscaba una solución.

Consultó a varios doctores, nadie dio con la receta; halló al fin la medicina en una bruja discreta.

—Con este simple brebaje que te voy a preparar, si se lo echas en el vino creerá que va a reventar.

Perderá el conocimiento, te podrás aprovechar; dile, cuando vuelva en sí: "¡Algún día vas a explotar!

Hoy tuviste mucha suerte, estás vivo de chiripa; si sigues haciendo el tonto, te quedarás sin la tripa".

—Tienes otra alternativa: ve directo al matadero, y recoge entre el despojo unas tripas de cordero.

Cuando vuelva a recaer y lo encuentres bien "pedo", se las pones junto al culo... esas tripas de cordero.

—¡Qué razón tenías, mujer! Sigo vivo de chiripa; se cumplió lo que advertiste: ¡se me salieron las tripas!

—Eso es por no cuidarte, aunque tiene solución; seguro que al escaparse te dolieron un montón.

—No dolieron al salir, lo que no llego a entender... ¡Es que las pasé muy putas al volverlas a meter!

El niño, la bruja y los huevos

 

El niño, la bruja y los huevos

Diez años sin tener niños sin saber cómo ocurrió, ella queda embarazada y de mellizos parió.

Al comenzar con el habla uno es más adelantado, el otro no dice nada: es bueno, pero callado.

El matrimonio, angustiado por corregir esa pega, con empeño lo han llevado directo al logopeda.

Lo revisan los doctores y llegan a sentenciar: «El niño está muy perfecto, solo tarda en hablar».

No se fían del dictamen, buscan otra solución; la abuela les recomienda curanderos de la región.

La bruja le pone en cueros, le hace una revisión y dice que por mil euros le dará la solución.

—No me importa ya el dinero, no me haga usted esperar, le daré lo que me pida si el niño empieza a hablar.

Usa un truco muy antiguo, el método no es muy nuevo: le agarra de las pelotas y le retuerce un huevo.

El niño pega un chillido, las está pasando putas, se encara con la señora: «¡Usted es una hija de puta!».

El padre, muy emocionado, llama rápido a la madre: «¡Estoy la mar de contento, he conseguido que hable!».

—¡Marido, eres un desastre, un torpe y un cornudo! ¡Te llevaste al que ya habla y aquí me dejaste al mudo!


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Cuestión de Retraso.


Bien que te lo advertí y tú sin hacerme caso, por culpa de tu despiste ya va un mes de retraso.

Presumías ante todos de tenerlo controlado, mañana iré yo al médico a que me dé el resultado.

Con el análisis hecho llega el primer fracaso: el doctor nos confirma que hay un mes de retraso.

Llaman de la compañía, ¡qué raro suena este caso! Le dicen que su mujer lleva un mes de retraso.

El hombre está en un lío, no se lo puede creer: ¿Cómo sabe Iberdrola lo que siente su mujer?

—Vaya usted pronto al banco, le dan poco tiempo y plazo, si su mujer se pone al día cerraremos este caso.

—¿Y si me niego a pagar? —pregunta él con frialdad. —Pasaremos por su casa y se la vamos a cortar.

—¡No me la pueden cortar! ¡Piensen en mi mujer! Con el marido capado, ¿ella qué va a hacer?

—Eso no es problema nuestro, a nosotros nos la pela, que se las arregle ella... ¡Con un cirio o una vela!

El Perdón del Despreciado.

 

De joven ya la quería, siempre la había soñado, pero ella no le hizo caso: mil veces fue rechazado.

Al cumplir los quince años, odiando la vida rural, buscó un destino distinto en la gran capital.

Sus padres no lo aprobaron, más ella estaba obstinada; tras una amarga disputa, se marchó de madrugada.

Pasaron años de olvido, sin querer nunca volver; aunque la vida era dura, no dio su brazo a torcer.

Más un día inesperado, una visita llegó; ella, marchita y soltera, a su puerta lo encontró.

Dudó si lo conocía, fingiéndose descuidada; no quería revivir una época pasada.

"¿Por qué se dirige a mí? No lo conozco de nada". —Me recuerdas a un amor de una vida ya olvidada.

Me encuentro solo y muy triste, el dinero me ha sobrado; si me entregas tus caricias, serás bien recompensado.

Tras encuentros repetidos, ella terminó prendada: —"Quédate siempre conmigo, aunque no me pagues nada".

—Soy aquel joven del pueblo que un día fue rechazado; conseguí lo que quería y me ha salido regalado.

Es dinero de tus padres, que sufren por tu destino; me pidieron que te hablara para marcar tu camino.

No perdona el despreciado, el orgullo lastimado, pero siempre da el perdón quien de veras ha amado.

Igualdad en el trabajo.

 

Después de una operación, él estaba disgustado: le cortaron los testículos, lo habían dejado capado.

Su novia le dio de lado, también perdió el trabajo. Él, para olvidar el tema, quería volver al tajo.

Recorrió varias empresas que, al conocer su caso, decían: "ya llamaremos", pero le daban el paso.

Está muy sano y muy fuerte y necesita currar; le queda poco dinero, le urge ir a trabajar.

Su ánimo no decae ante las adversidades: encontrará aquel empleo que aprecie sus cualidades.

Por fin llegó aquel día, sin ningún impedimento: al leer su currículo lo fichan al momento.

—La jornada es de ocho horas, son los turnos normales; la tuya será de siete y todos seréis iguales.

—Trabajaré las ocho a pesar de estar capado. ¡Yo soy un tío normal, no un discapacitado!

—Esa hora te iguala a capataz y peones... ¡Que pasan media jornada tocándose los cojones!

La parroquia del cachondeo


 

La parroquia del cachondeo

Se hizo mayor el párroco, ya no puede dar la misa. Pide al Obispo un relevo y que lo mande con prisa.

Llega un cura jovencito, ya no viste la sotana; viene montado en una moto de esas de muy alta gama.

El primer día de oficio, con la iglesia medio vacía, dijo: «Quiero verla llena para el próximo domingo».

«Para la siguiente misa, se obsequiará a todo kiski con una botella de ron y tarta de chocolate al whisky».

«Cambiaré la comunión, será mucho más moderna: se dará vino con pincho de jamón de pata negra».

«Y al salir, para que estéis muy contentos la mañana, recibiréis de regalo un buen "chute" de marihuana».

La entrada será gratuita, los rezos serán cantados, y todos los donativos serán bien aprovechados.

Y así la iglesia se llenó, los viejos salieron cantando, acudió toda la juventud y terminaron bailando.

El viejo cura se asusta, no cree lo que está viendo: «Escucha bien, cura joven, ¡esto lo estás pervirtiendo!».

«Es la nueva estrategia para atraer a los clientes: si hay licor y cachondeo, ¡allí se apunta la gente!».


El Doctor (Curalotodo)


Se jubiló el viejo médico, Don Cipriano, el del lugar, que solo daba pastillas y te mandaba a callar. 👴💊

Llegó un doctor muy moderno con un pirsin en la ceja, dice que curar los males es una cuestión muy vieja. 💉🤨

Ya no te mira la lengua, ni te ausculta el corazón, te receta tres cervezas y un buen plato de jamón. 🍻🍖

«Si le duele la rodilla o le pica la nariz, tómese un gin-tonic frío y verá qué es ser feliz». 🍹✨

La sala de espera ahora es una sala de fiesta, con hilos de luces rojas y una banda de orquesta. 🎺💃

Los abuelos con el reuma ya no llevan el bastón, están bailando un reguetón cerca del mostrador. 🕺🔥

El boticario del pueblo está que echa chispas, claro, pues ya no vende jarabes, ¡solo vende ron del caro! 🥃🚫

Vino a verlo el inspector con cara de pocos amigos: «¿Qué receta usted, doctor, a estos pobres mendigos?». 📋🧐

Y el médico le responde con una gran alegría: «¡Si la gente está contenta, no existe la enfermedad fría!». 🥳🌈


Cuidado con lo que te Untas


Tiene una buena amiga que está de pan y moja; ella sueña con algo más, pero él la tiene floja.

Le invita a merendar solitos los dos en casa; él acepta encantado, ya veremos lo que pasa.

Es un día de verano, una tarde de calor; ella, para estar más fresca, se queda en ropa interior.

Él está muy asustado, el pobre empieza a sudar; para refrescarse un poco se tiene que desnudar.

Tapa el pito con las manos, lo tiene algo encogido; ella le mira diciendo: "estamos entre amigos".

—Vete pronto a mi tocador, está en el cuarto de baño, allí tengo yo una crema que aumentará su tamaño.

Cogió la primera crema que vio en el cuarto de baño, se untó una buena ración para aumentar su tamaño.

Las prisas nunca son buenas, y por no leer primero, el pito se puso duro... ¡Parecía de puro acero!

Ante tal acontecimiento, él no sabía qué hacer; desenroscó bien el tubo para poderlo leer.

Casi se cae del susto, la había liado buena... Esto es lo que decía el letrero de la crema:

"Pomada para los callos: frótela y se endurece; a los pocos días se cae... ¡Y al final desaparece!"

EL Buen Samaritano.

 


Se encontró con un amigo que estaba muy cabreado. —¿Qué te pasa? —le pregunta—, ¿por qué estás tan enfadado?

—Un joven paseaba al perro, se cagó en mitad la calle; le llamé la atención y me dijo que me calle.

Es de mala educación contestar de esa manera. Le hice recoger la caca y echarla a la papelera.

—No es solo la juventud la que ya no hace ni caso. A mí me pasó lo mismo, ahora te cuento el caso:

Ayer llegué a mi casa a una hora muy temprana, y encontré a mi mujer en pelotas en la cama.

Le puse el termómetro y casi me lo revienta; me dejó muy asombrado el calor de la parienta.

Un ruido en el armario me dejó sorprendido; me asusté mucho al abrirlo: ¡había un tío escondido!

No salía de mi asombro, me quedé fijo mirando: —¿Qué estás haciendo ahí dentro? Y él dice: —Pues... meando.

Tuve que indicarle el sitio, que aquel no era el adecuado; lo agarré de la pirindola y lo llevé hasta el lavabo.

Le advertí seriamente: —Que no te vuelva a pillar. El armario es para la ropa, ¡aquí es donde hay que mear!


C

Empleado Ejemplar.

 

El empleado llama al jefe diciendo estar medio muerto: —Me encuentro muy fatigado, me duele todo el cuerpo.

No puedo ir a trabajar, si me pusiera peor tendría que ir a urgencias a que me vea el doctor.

—No me hagas la puñeta, tenemos mucho trabajo, yo te daré una receta para que vengas al tajo.

Cuando a mí me pasa eso, no hay medicina mejor que agarrar a la mujer y hacerle bien el amor.

Es el mejor tratamiento, hazlo y me cuentas luego, seguro que te espabilas y quedas como nuevo.

Pasadas unas horas, el chico llegó radiante, con cara de mucha dicha y alegría desbordante.

—Muy bueno fue su consejo, seguí su recomendación, la seguiré practicando en la próxima ocasión.

—Te daré una paga extra por venir a la oficina, por seguir mis instrucciones y tomar la medicina.

Eres un buen empleado, el mejor de la oficina, soltero y con buena planta... ¿Quién te dio la medicina?

—Seguí sus instrucciones, le tuve que obedecer: fui directo hasta su casa y me la dio su mujer.

martes, 13 de enero de 2026

El aniversario de los despistados

 

El aniversario de los despistados

Aniversario de boda, un día muy señalado; la mujer bien lo recuerda, el hombre lo ha olvidado.

—Marido, eres un despistado, ya no te importo nada; ni un miserable regalo en fecha tan señalada.

—No me eches la bronca ahora, no merezco tu reproche; tengo el regalo guardado, te lo daré esta noche.

—No me gusta «ese» regalo, está demasiado usado; cada día está más triste, más viejo y más arrugado.

—No pensaba darte eso, tampoco un ramo de flores; es algo mucho más moderno, de diferentes colores.

La mujer se va a la cama toda llena de alegría; casi adivina el regalo: ¡un bonito picardías!

Al poco entra el marido, todo alegre y sonriente, con una cajita mini como caja de pendientes.

—Mejor que estés acostada, pues el regalo es muy chulo; al llevarte la sorpresa te podrías caer de culo.

Son tapones de colores, para poner en los oídos; así dormirás tranquila, sin oír mis ronquidos.

—Eres un ser «especial», un marido cojonudo... ¡Ese regalo tan guay te lo metes por el culo!

La Piruleta y la Farola.


El matrimonio es difícil, más ponerse de acuerdo. Si Antonio dice que es blanco, María dice que es negro.

Si el marido nunca cede, ella le manda a la calle: —Tú no tienes la razón, ¡lo mejor es que te calles!

Antonio sale a la acera y se pone a deambular; hace un frío que pelaba y se refugia en el bar.

Empieza tomando copas, el hombre no se da cuenta: si regresa muy borracho, la tendrá con la parienta.

Pilló tal "mona" o castaña que casi no puede andar, y por si esto fuera poco, le dan ganas de mear.

Abrazado a una farola, se saca la piruleta; forma un enorme charco que llega hasta la cuneta.

Una mujer que volvía a esa hora de trabajar, la pobre pisa el reguero y se empieza a resbalar.

Resbalando, resbalando, se va hacia la cuneta, y al pasar cerca de Antonio... ¡Le agarra la piruleta!

—¡No seas tan impetuosa, que me la vas a arrancar! Piensa que la necesito, al menos para mear.

El hombre pide perdón por caer en su meada; la mujer le perdonó... ¡Pero la tiene agarrada!

—Vivo muy cerca de aquí, me debes acompañar; en el estado en que estamos, nos tenemos que duchar.

Se ducharon los dos juntos, ¿qué más podría pasar? ¿Lo normal en estos casos? Se pusieron a "rezar".

Se siente feliz con ella por lo bien que le atendía; no regresó más a casa, se olvidó de la María.

Pasan las noches durmiendo, pasan los días rezando... y el tiempo que les sobra... en lo que tú estás pensando.


La Selva del Amazonas.

 
Le despiden del trabajo, trabajaba en la construcción, el capataz le pilló en plena "operación".

Era un buen trabajador, pero no pudo aguantar; si le picaban los bajos, se tenía que rascar.

La doctora, sin mirarle, le receta una pomada; le siguieron picando, no le sirvió para nada.

En la segunda visita, tras una larga entrevista, la doctora no lo entiende y le manda al especialista.

Se presentó al urólogo, uno de los mejores, para pedirle opinión y quitarse los picores.

Al revisarlo el doctor, se queda muy asombrado: —Lo primero que hace falta es hacerse un rasurado.

Te los rasuras muy bien por las diferentes zonas, que ahí parece que tienes la selva del Amazonas.

Si todo sale normal y no te cortas un huevo, pasas a la segunda fase y quedarás como nuevo.

Siguió fiel el consejo, aunque no le hacía gracia. Con el "monte" despejado, se acercó a la farmacia.

Le seguían picando, perdió ya la paciencia, y le pide a la boticaria algo que tenga "frecuencia".

—No entiendo lo que quiere, me deja usted despistada; no sé si busca pastillas o tal vez una pomada.

—No sé si serán pastillas o un invento muy nuevo, ¡a mí lo que me pasa es que me pican los huevos!

—Quizás sea algún jabón de los que tienen esencia... ¡pues el médico me dijo: "que los lave con frecuencia"!

El Campo Abandonado

 

El Campo Abandonado

Arde el monte sin control, una desgracia moderna; es culpa del abandono de esta época cruenta.

Abandonamos los pueblos, esa es la pura verdad, buscando una vida mejor lejos de la soledad.

A pocos les gusta el campo, se perdieron las costumbres, como recoger escobas para encender las lumbres.

Hacer la comida en pote, que llevaba todo el día, para cocer las legumbres con la llama siempre viva.

Desbrozábamos los árboles, se aprovechaban las hojas, recogíamos la hierba y otras tantas mil cosas.

Los campos estaban limpios, las tierras todas labradas, los caminos transitados y las casas habitadas.

La lumbre estaba en el suelo, consumía de cojones; se necesitaba el humo para curar los jamones.

Inviernos de frío intenso, casas sin calefacción; con la lumbre siempre ardiendo, esa era la solución.

Carentes de electricidad, pues aún no había llegado, y con el tejado abierto el aire entraba de lado.

Sin vacas para labrar ni ovejas para pacer, la cosa está complicada, no sé qué se puede hacer.

La solución no la sé, todo está muy enredado; ese es el gran problema de nuestro campo olvidado.

Diálogos de matrimonio

Diálogos de matrimonio

—Tenemos que hablar más claro de ahora en adelante, tengo que comunicarte algo muy interesante.

—Lo que te voy a contar es difícil de creer, te vas a caer de culo si permaneces de pie.

—No me vengas a contar una de tus muchas penas, que cada vez que hablamos no traes noticias buenas.

—No es noticia mala o buena, pero la vas a creer: este hijo que tenemos quiere cambiarse a mujer.

—Ese hijo es un idiota, será solo un arrebato. Si se convierte en mujer... ¡Le cortan el aparato!

—No sé qué ventaja tiene eso de querer ser mujer. Si ella tiene que sentarse y el hombre mea de pie.

—La operación es muy cara, ¿no se ha puesto a pensar? No tiene ni un puto duro, ¿quién se la va a pagar?

—Por eso no te preocupes, lo acaba de solucionar: esa reforma la paga la Seguridad Social.

—¡Joder con los adelantos! ¡Estamos de enhorabuena! Y yo sin un sonotone porque no tengo la tela.

—Comiendo puré a diario porque la carne está dura, sin dinero en el bolsillo para una dentadura.

—Tengo que comprar la Viagra y nos cuesta un dineral; por dos ratos al mes... ¡Pierdo el sueldo mensual!

—Así tiran los impuestos en esta moda increíble, y que el viejo se fastidie y se muera lo antes posible.

—Ya te lo decía yo, tú no traes noticias buenas. Me voy para el jubilado... ¡A compartir mis penas!

La Pluma y el tintero

 Pluma y el tintero

Sra. Cariño, hazme este favor, ve pronto con la analista. Tengo el tiempo muy ocupado, y aunque no esté yo en la lista, recógeme el resultado.

Sr. El marido va contento por ver pronto el resultado, pero la cosa se afea y se pone complicado.

Anl. No se lo puedo entregar, pues nunca nos ha ocurrido: que coincidan dos mujeres en nombre y en apellido.

Extraña coincidencia, pocas veces nos sucede. Le daré una nueva cita... ¡Vuelva en tres meses, si puede!

Sr. ¡Eso es demasiado tiempo! Yo no puedo más esperar. Me gusta escribir a pluma y la tengo que mojar.

Anl. No lo veo tan difícil, no será usted el primero. Si no puede mojar pluma, ¡use mano y lapicero!

Sr. Dígame, ¿qué dan las pruebas? ¿Cuál es el diagnóstico dado? Así volveré a mi casa alegre y más confiado.

Anl. Uno marca gonorrea, el otro anuncia demencia. Le aconsejo que se aguante y tenga mucha paciencia.

Sr. ¡No puedo esperar tanto! ¡Estamos de mil demonios! Tú, que sabes del asunto, ¿qué hago con mi matrimonio?

Anl. Abandone a su mujer una noche con mil brumas; si ella regresa a la casa... ¡No sueñes usar la pluma! 



Los Higos sin Pelo

 

Mil leyendas le acompañan en su fiel emigración: "que no frecuente las putas ni se vuelva maricón". 

Le pintan la capital peor que una oscura mazmorra, donde todo es puterío como en Sodoma y Go morra.

Pasa un año de temores, las está pasando cánulas, hasta que se arma de valor y busca casa de putas. 

Temblando entra en el tugurio, está muy sugestionado; la mujer que allí le atiende cobra siempre por adelantado.

Se encierra con una morena, él se queda en un rincón. Ella dice: "apaga el foco, que me ponga el camisón".

 Huele a tabaco de liar y a whisky de garrafón; su pecho late muy fuerte, no domina la emoción.

Con el aparato armado —el pobre es un poco lerdo—, toca y toca sin descanso, no sabe dónde meterlo.

 Comienza por las firmezas, se pierde por el ombligo, espera encontrar el vello para dar con el "higo".

No encuentra lo que buscaba, va muy desilusionado; él esperaba otra cosa... ¡Allí todo está afeitado!

 Asustado se da a la fuga, cree que es timo o camelo, añorando a las del pueblo que en el higo tienen pelo.



La Vecina Tacaña.


 Tiene Antonio, una vecina bastante despreocupada; dice que tiene de todo y nunca tiene de nada.

No quiere comprar aceite, dice que mancha y es caro; prefiere siempre comer algún plato preparado.

Freírse un par de huevos le resulta deprimente; una vez que probó a hacerlos, se manchó toda de aceite.

De especias mejor ni hablamos, pues le provocan ardores; dice que son muy intensos y no aguanta sus olores.

Siempre acude a su vecino, que es muy majo y educado; no le falta nunca nada, parece un supermercado.

—¡Vecino! Necesito sal, que hoy cenaré una ensalada; con una pizca me vale, me quedará aderezada.

—Yo nunca la tengo fina, pues la gorda es la mejor: aporta mucha sustancia, más placer y más sabor.

—Eso cambia mi menú... ya sé que no eres tacaño: ¡préstame veinte centímetros, que con eso yo me apaño!

El Abuelo nunca Miente.

 

Dos abuelos se saludan, cuentan sus novedades; lo normal en estos casos es hablar de enfermedades.

—A mí me duele la espalda, la tengo escacharrada, y la rodilla derecha la tengo muy jorobada.

—¿Me lo vas a contar a mí, que padezco de riñones? Que no duermo casi nada y estoy hasta los cojones.

Me regaña mi mujer cuando hago los recados: dice que pienso en mujeres y los llevo caducados.

—Tu mujer siempre celosa, no te deja ni respirar; seguro estará pensando que todavía puedes ligar.

—Ella lleva la razón, y no es por presumir, pero tengo mil mujeres que me invitan a salir.

—¡No te tires ya pegotes! Que yo tengo la certeza: no te comes ni una rosca porque no se te endereza.

—Yo jamás digo mentiras, te lo puedo demostrar: acompáñame al servicio, que tengo ganas de mear.

Se metió a soltar el chorro al servicio de señoras, y se quedó allí escondido casi más de media hora.

Tres mujeres con apuro lo acaban por descubrir: ¡se confundió el abuelo y le invitan a salir!

Se dirige a su compadre, todo feliz y contento: —¡Me invitaron a salir! Como ves, yo nunca miento.

Una HIstoria del Combento.


 Lo llamó el ejército, el país estaba en guerra. Él no apoyaba la causa y le importaba una mierda.

Huyó en cuanto tuvo opción, pensó que era lo mejor. Sabía que lo buscarían: era un pobre desertor.

Divisó un viejo convento; allí estaría salvado. Nadie entraría a buscarle en aquel lugar sagrado.

Vio a una monja en el huerto que parecía rezando; se ocultó bajo su hábito mientras ella iba implorando.

Era el escondite ideal, oscuro y muy calentito. El hombre llegó cansado y pronto se quedó "frito".

Le despiertan unos golpes recibidos en la testa; sale lleno de chichones, le arruinaron la siesta.

—Llevas dos horas roncando, por eso te he despertado; mis rezos y mis plegarias hace tiempo han terminado.

—Lo que yo he notado en ti es que eres una monja rara: muchos pelos en las piernas y algo de barba en la cara.

—Soy desertor como tú, estoy aquí camuflado; no me gusta nada el frente, aquí vivo bien cuidado.

—Pues me hiciste la puñeta, que yo estaba allí soñando: creía estar en la gloria con campanas repicando.

—Si soñabas con campanas mientras estabas ahí abajo... es fácil de adivinar: ¡te despertó el badajo!


Ca

Lo que antes era Blanco

 

Lo que antes era Blanco.

No me gusta lo que veo, todo el panorama es negro. Lo que antes era blanco, hoy se tiñe de lo negro.

La autoridad de los padres ya no se puede ejercer. Para educar a los hijos no saben ya qué hacer.

No se escucha con respeto el consejo del abuelo; dicen que está anticuado, que ha caído por los suelos.

Asustados los maestros, no saben ya qué enseñar. Su autoridad se ha perdido, los llegan hasta a pegar.

El médico cuenta poco, sabe más el que es paciente. Si no le firma la baja, el trato se vuelve hiriente.

Se ha perdido todo el humor, no quedan ya humoristas. Su campo está limitado, aunque sean buenos artistas.

Los hombres andamos tristes, sin saber muy bien qué hacer. No nos ponemos de acuerdo ni con la propia mujer.

Si ves una chica guapa, mejor apartar la vista; rápido sueltan la frase: «¡Eres un viejo machista!».

Hoy cambian los jóvenes, buscan la acera de enfrente. Los abuelos ya no pueden, la vela no es suficiente.

Para entretenernos queda un poco de diversión: disputas de políticos por la televisión.

No defienden al pueblo, se dan la gran buena vida. No se ponen de acuerdo... ¡Y nos acortan la vida!



Experimentos en el Baile.

El Experimento

 Joven y sin un dinero, buscaba yo mis inventos. Los domingos, en el baile, hacía mis experimentos.

Un tubo redondeado, forrado con un pañuelo, atado en el sitio exacto, servía como señuelo.

La moza sale a bailar, el baile es bien agarrado; no quiere apretujones, se pone de medio lado.

Incómodo bailar así, resulta muy deprimente. Ella cambia de opinión y al fin se pone de frente.

Choque con otra pareja, reacciona de inmediato: sus ojos se desorbitan al notar «el aparato».

Con la mano en mi pecho, quiere bailar separada. La cabeza le da vueltas, la moza está intrigada.

Comienzan entonces dudas de si aquello será verdad; si arrimarse o separarse para ver la realidad.

Casi todas las personas somos, creo, curiosas: queremos ver el contenido al dudar de cualquier cosa.

Poco duran sus cautelas, le da como un arrebato; echa la mano a mi espalda y se pega al aparato.

Se escuchaban los suspiros, su corazón palpitando; jadeos, sudores, lágrimas... ¡Y se sigue presionando!

—Salgamos de este lugar, te lo pido por favor; necesito salir de dudas para encontrarme mejor.

Pillada ya en la trampa, su invitación eludía; así quedaba intrigada para el próximo día.

Fórmulas muy sencillas que no conducían a nada, pero eran muy efectivas para dejarla intrigada.

Matrimonio campesino


Matrimonio campesino

Matrimonio campesino, animales por doquier; entre ellos una cabra con leche para beber.

Ella es la preferida, su leche es la más estupenda, rica para el desayuno, buena para la merienda.

El hijo, de veinte años, encargado del ordeño, lleva tocando sus ubres desde que era muy pequeño.

Cierto día, la madre quiere sacarla a la huerta, y se lleva un gran disgusto: ¡la cabra está supermuerta!

En el pueblo hay una bruja que cura todos los males; algunos hasta aseguran que revive a los animales.

Mandan al hijo a la bruja, un duro por consultarla: «Que le rece a San Antonio si es que quiere rescatarla».

La bruja, al mirar al mozo, salta loca de alegría; lleva más de cuarenta años sin limpiar la cañería.

«Para salvar a tu cabra tienes que hacerme el amor; mínimo cinco veces... si son diez, ¡mucho mejor!

Y si consigues las veinte, eso sería un disparate: la cabra te daría entonces la leche con chocolate».

«Por mí no existe problema, para eso está la viagra; ¡si estás dispuesta a morir de lo que murió la cabra!».

El hombre en baja forma

 

El hombre en baja forma

El hombre en baja forma se encuentra alicaído, y le dice a su mujer: —Te quedarás sin marido.

—No digas más tonterías, eso es una mentira; vas a durar más que yo y me amargarás la vida.

Eres un hipocondríaco, eso es lo que yo creo; mejor iremos al médico a que te haga un chequeo.

El médico lo chequeó y le dice a la mujer: —Para que se ponga bien, esto le debes hacer:

Cuando vayáis a la cama, usa ropa llamativa; enchufa bien el "pendrive", eso alegrará su vida.

Para el desayuno, par de huevos con jamón; que descanse dos horitas para hacer la digestión.

Una comida esmerada, como de recién casados; un buen vino de Rioja con unos ricos asados.

De postre, un poco de tarta, de esas que llevan bizcocho, con un sabor especial... de las que saben a... ¡Ocho!

Que se duerma la siesta como si fuera un niño; al despertarse, un masaje y unos besos con cariño.

Merienda: café con leche, mantequilla con galletas; y si se queda con hambre, le das un poco la teta.

Noche: una cena ligera, que se quede con la gana, pues tomará el postre cuando estéis en la cama.

—Si sigues este régimen, tendrás marido para rato; no morirá en un siglo... ¡Pero no te saldrá barato!

El marido le pregunta: —¿Qué te dijo, vida mía? —¡Que vayamos a la mutua a hacerte un seguro de vida!

El Globo del Bartolo.

 El globo de papá

Un bartolillo el marido, que vive a su propia manera. Lo que se dice un pasota, con tripa muy cervecera.

Eso del teletrabajo le vino de maravilla: se pasa el día sentado, del sofá siempre a la silla.

La mujer bien que trabaja en una peluquería; entre el viaje y la jornada se le escapa media vida.

Tienen un hijo pequeño que es una gran maravilla: listo a más no poder, pero un poquito cotilla.

Los pilla haciendo el amor, la mamá dándole caña; el papá estaba debajo... ¡Qué postura tan extraña!

Le pregunta a la mamá: «¿A qué estaban jugando?». Y la madre le responde: «¡Lo estaba desinflando!».

«Papá tiene un globo dentro que al respirar se va inflando; yo me subo y le aprieto, y así se va desinflando».

«Pierdes el tiempo, mamá... pues la que viene a limpiar, le sopla siempre al pito, ¡y lo vuelve a inflar!».

Son Demasiadas Perdidas

 

La joven va con el médico para hacerse un chequeo, pues dice que, de vez en cuando, le da un fuerte mareo.

"Es una cosa normal que se sienta mareada. Diga si se halla soltera o su estado es de casada".

"Nada tendría que ver una de esas situaciones; soy una chica soltera y tomo mis precauciones".

"Haremos unos análisis, incluido el de orina; quizás es que le faltan algunas vitaminas.

Puede ser por el trabajo o también por las pasiones, si se las toma a pecho o le importan tres melones.

Diga qué hace o qué come, tiene que contarme todo: ¿lo pasa muy mal o bien cuando tiene su periodo?".

"Lo paso muy regular, hay que seguir adelante; son esos días tan malos de pérdida constante".

"Nos estamos acercando para ver la solución: ¿de cuánto es esa pérdida en los días en cuestión?".

"Calculando por lo bajo lo que dejo de ganar... ¡Unos treinta días al mes al no querer trabajar!".

"Creo que lo que me cuenta es una gran tontería; no es culpa del periodo... ¡Eso es pura vaguería!".

lunes, 12 de enero de 2026

El último abrazo al minino


 

El último abrazo al minino

Su gato está muy enfermo, ella vive preocupada; le tiene un cariño inmenso, está de él enamorada.

Si ella lo quiere tanto, también lo adora su nuera; lo llevan al veterinario, no quieren que se les muera.

«Revíselo, por favor, mire que es una monada. Al acariciarlo noto que tiene la tripa hinchada».

Pasadas ya las dos horas: imposible salvación. El gato yace cadáver, murió en la operación.

Lo estrecha entre sus brazos, lo aprieta contra su cuerpo; con ojos como dos ríos, pregunta de qué ha muerto.

—Si un gato no tiene gatas, estando siempre en celo, se chupa y tanto se lame que traga mucho pelo.

Esas bolas de pelaje atascaron su intestino; esa fue la triste causa del final del pobre minino.

Fue un ser muy especial, por eso yo lo he querido; murió de la misma dolencia que se llevó a mi marido.



. Los sesenta y la posguerra

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Los sesenta y la posguerra

Estamos en los sesenta, la mujer ya se libera; lejos de la familia, ve el sexo de otra manera.

Se conquistan a las chicas si se tiene caradura; si eres un poco formal, muestras muy poca apertura.

Tropiezos y desengaños jalonan la juventud; escondiendo la cabeza cuál si uno fuera avestruz.

Si tienes poco dinero y no lo puedes gastar, te quedas siempre a dos velas sin tener dónde rascar.

Poco a poco, despacito, uno se va soltando; perdiendo la vergüenza, alguna se va ligando.

Los de la clase más baja tuvimos pocas opciones: muchas horas de trabajo y muy pocas vacaciones.

El salir con la novia no te quitaba las ganas; solo había poco tiempo: dos tardes a la semana.

Nos  casamos por la iglesia,  con muy poca experiencia. Antes del casorio, no teníamos convivencia.

Eso nos pasó a muchos, nuestra vida fue muy perra: fuimos los hijos nacidos tras el final de la guerra.

El Niñero sin Titulo.

 


Al ser yo el primogénito, cuidaba de mis hermanas; a veces con entusiasmo, otras con muy pocas ganas.

Con un cajón de madera, les fabriqué un carrito; tirado con una cuerda, que corría muy poquito.

A una le hice una herida con una lata con filo; un avión que yo hacía con un carrete de hilo.

Otra vez un chichón, tirándole un palo fuerte; creo que estaba gafada, siempre tuvo mala suerte.

Creo que me aprecian, que me tienen cariño; fueron cosas sin querer, pues yo también era niño.

Los padres en el campo, yo quedaba de niñero; carecía de juguetes y no tenía dinero.

Pelotas hechas de trapo y muñecas de cartón; hasta eso nos faltaba para tener diversión.

Así pasamos el tiempo, con muchas lamentaciones; pero salimos muy duros ante tantas privaciones

Cuestión de feo y de barro.

Cuestión de feo y de barro.

Pregunté un día a mi madre, con amor y con cariño: —"¿Me explica usted, por favor, cómo se fabrica un niño?"

—"Vete donde haya barro, haz uno que a ti te guste; lo dejas secar bastante y después le sacas lustre.

Cuando ya esté muy bonito, si eres un buen cristiano, le pides mucho al Señor y Él te echará una mano.

Tienes que rezar con fe, no decir ni una mentira; si resultas elegido, el Señor le dará vida.

Y si no eres elegido... cuando tengas el dinero, lo compras ya fabricado, ¡que los hace bien el tejero!"

—"Yo pensaba de otra forma, más sencilla de entender: que a los niños los hacían un hombre y una mujer".

—"Las madres solo ayudamos a dar teta y a criarlos, pero no intervenimos a la hora de fabricarlos".

Aquello no me convenció, no entraba en mi mente; yo veía a los animales hacerlo muy diferente.

Historias de nuestras madres, relatos de las abuelas... que si hoy se las cuentan a un niño, ¡a ninguno se la cuelan!