El Experimento
Joven y sin un dinero, buscaba yo mis inventos. Los domingos, en el baile, hacía mis experimentos.
Un tubo redondeado, forrado con un pañuelo, atado en el sitio exacto, servía como señuelo.
La moza sale a bailar, el baile es bien agarrado; no quiere apretujones, se pone de medio lado.
Incómodo bailar así, resulta muy deprimente. Ella cambia de opinión y al fin se pone de frente.
Choque con otra pareja, reacciona de inmediato: sus ojos se desorbitan al notar «el aparato».
Con la mano en mi pecho, quiere bailar separada. La cabeza le da vueltas, la moza está intrigada.
Comienzan entonces dudas de si aquello será verdad; si arrimarse o separarse para ver la realidad.
Casi todas las personas somos, creo, curiosas: queremos ver el contenido al dudar de cualquier cosa.
Poco duran sus cautelas, le da como un arrebato; echa la mano a mi espalda y se pega al aparato.
Se escuchaban los suspiros, su corazón palpitando; jadeos, sudores, lágrimas... ¡Y se sigue presionando!
—Salgamos de este lugar, te lo pido por favor; necesito salir de dudas para encontrarme mejor.
Pillada ya en la trampa, su invitación eludía; así quedaba intrigada para el próximo día.
Fórmulas muy sencillas que no conducían a nada, pero eran muy efectivas para dejarla intrigada.

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