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lunes, 19 de enero de 2026

Reencuentro de Amigos

Reencuentro de Amigos

Pasados los treinta años, se encuentran dos viejos amigos. Se ponen a recordar sus amores y sus amoríos.

Aquellos felices años, con pocas preocupaciones, eran de correrse juergas y pasarlo de cojones.

Su memoria rescataba todas aquellas conquistas: las más guapas, las más feas, las más tontas, las más listas.

—Tú, como eras tan guapo, a todas las conquistabas; yo tenía que conformarme con aquellas que dejabas.

—A ti lo que te pasaba es que estabas como una cabra, pero también conquistabas pues tienes don de palabra.

—¿Dime con quién te casaste? ¿Si es que ella te deja hablar? —Me casé con una muda que solo sabe escuchar.

—Tú, con tantas candidatas, habrás tenido un dilema; seguro que estás casado con una tía muy buena.

—Tanto éxito tenía que me llegué a aburrir... Ahora estoy en pareja y tengo un buen marido.

El amigo se quedó mudo y sin saber qué hablar, ¡vaya par de aventureros que se han vuelto a encontrar!



El Vecino y la Viuda

 El Vecino y la Viuda

La encontró en el pasillo, un poco deteriorada; viuda la pobre mujer, estaba como atontada.

Con un trozo de cartón, la trató de abanicar; dándole aire en la cara, se empezó a recuperar.

Una vez recuperada, le dice con sentimiento: —Estoy muy decaída, culpa del confinamiento.

Llevo dos años viuda, sola y abandonada; tres meses sin salir, estoy muy des confitada.

Es mucho el tiempo pasado sin sentir una emoción. —Entra conmigo a casa y me das un apretón.

Como es un buen vecino, tratándose de una viuda, y más de una necesitada, trató de prestarle ayuda.

Al recordar las normas, se vio en un callejón: con distancia de dos metros, ¿cómo dar el apretón?

No lo supo resolver, se retiró avergonzado, con la moral por los suelos, mirando para otro lado.

Allí quedó la mujer, afrontando su destino: ella sin el apretón, él como un mal vecino.

El miedo pudo al deseo, la ley venció a la pasión; se quedó el hombre con ganas, y ella con su frustración.



El Ocaso del Viejo Verde

El Ocaso del Viejo Verde

Una especie en extinción, prácticamente perdida, es la del "viejo verde", casi desaparecida.

Antes se veían varios, muy atentos espiando; al ver pasar una moza, se divertían silbando.

Le lanzaban mil piropos, novedosos o anticuados, de colores diferentes: rojos, verdes y morados.

Ella no les hacía caso y seguía caminando; pensaba que el pobre viejo ya estaba solo chocheando.

Algo que antes era gratis y alegraba la vista, hoy ya no se puede hacer: te llaman viejo machista.

Ahora se ven sentados, con tristeza y desconsuelo, con la boca bien cerrada y la vista puesta en el suelo.

Cuál flor faltas de agua, se van todos marchitando; con garrota y encogidos, su verdor se va agotando.

No queda más que aguantar y armarse de paciencia: el viejo verde termina claudicando en la residencia.

Se acabó aquel viejo verde, de palabra y de osadía; hoy solo queda el silencio de una triste guardería.

El último mensaje

 El último mensaje

Esa tragedia de amor, de la que suele decir: «Si algún día me faltas, preferiría morir».

Llegó la desgracia, del todo inesperada: al cruzar la calle, ella fue atropellada.

Él se siente culpable, pues le estaba hablando; perdió la conciencia mientras iba cruzando.

Su vida es tiniebla buscando una luz; le erige una tumba, estatua y una cruz.

La visita de noche, no puede descansar; se castiga con saña y no para de rezar.

Una noche sombría, de frío y de terror, cree ver a su amada reclamando su amor.

Se vuelve un gigante de fuerza desatada; destroza el sepulcro por unirse a su amada.

Su locura es total, en el caos provocado: la cruz cae en su frente y lo deja acabado.

Es el trágico fin de tanta obsesión: por culpa del móvil y de una conversación.

Yace el amor en el suelo, bajo el peso del olvido; que por mirar una pantalla, dos vidas se han perdido.

El Mozo y la Higuera

El Mozo y la Higuera

Guapo era el mozo, pero torpe de cojones. No capta las indirectas, ni entiende de insinuaciones.

Las chicas siempre le acosan, más no se da por aludido. Muchas dejan de hablarle, ¡es tan poco comunicativo!

Anda siempre a su bola, nadie sabe qué está pensando. En su mundo imaginario, parece que va flotando.

A la sombra de una higuera, una joven descansa un rato. Con una hoja en la mano, se abanica con recato.

Le saluda atentamente, le considera su amigo. Con dulzura le dice: «Quiero que me cojas el higo».

Él, atento y servicial, no entiende la indirecta. Trepa a lo alto del árbol, ¡vaya una heroica gesta!

Cogió un puñado de higos, todos de muy buen ver. Se los ofrece a la joven, para que pueda escoger.

—Esto que tú me ofreces, lo puede hacer cualquiera. Si no entiendes indirectas... ¡Siempre estarás en la higuera!

Se marchó el mozo sonriendo, con su cesta y su ceguera, sin saber que aquel "higo" no nace en ninguna higuera.

El Novio Mecánico


El Novio Mecánico

Tiene un novio mecánico, ella es toda una dama, y él siempre la compara con un coche de alta gama.

"Tienes chasis de lujo que no me deja dormir; si veo algún defecto, te lo tendré que pulir".

"Esos preciosos faros te hacen aún más bella; parecen luces de led brillando bajo la niebla".

"Qué buenos amortiguadores, cómo rebotan al saltar... están un poco altos, te los tengo que ajustar".

"La parte delantera tiene puntos salientes; los cuidaré con mimo y quedarán imponentes".

"Los de la parte trasera están algo abultados; les pasaré la máquina, quedarán niquelados".

Ella le cuenta a su madre, toda llena de emoción: "¡Mi amor me quiere tanto que me hará la reparación!".

"Hija, tú ya eres guapa, esto me parece locura; los mecánicos son caros y pasan alta factura".

"Sobre todo ten cuidado, no sufras un derrape... ¡Que te revise los bajos y te clave el tubo de escape!"

"Así que escucha, mi niña, y que no te gane el celo: ¡que después de tanto arreglo te deje el motor a pelo!"



Bartolo y su Mujer Ideal

 Bartolo y su Mujer Ideal

—Me da mucho gusto verte, mi buen amigo Bartolo. Dime si ya te has casado, o sigues viviendo solo.

—Sigo con la soltería, sin prisas voy buscando. Alguna rosca me como, al menos de vez en cuando.

Ahora para casarse, no hay muy buen ambiente. No encuentro lo que yo quiero, pues ya sabes que soy exigente.

Que sea buena en la cama, que sepa bien cocinar, que sea limpia en la casa, y que le guste planchar.

—Sí que eres exigente, creo que no estás al día. Si tiene esas cualidades, estará comprometida.

—Si no la encuentro de plano, no me voy a molestar. Cada día iré con una, y así puedo hasta cambiar.

No te preocupes por mí, que ya encontraré a esa chica. Alguna despistada habrá, que sea tonta y sea rica.

—¡Dices que tonta y qué rica! Estás chalado, mi amigo. —Es que, si no fuera así... ¡No me querría por marido!

—Si buscas tal maravilla, te vas a quedar plantado, que las tontas y las ricas... ¡Ya tienen el pez pescado!

Memorias de una infancia


 Memorias de una infancia

Un día de mi niñez, la época en que viví, intentando recordarlo... más o menos era así:

—¡Levanta, perezoso! Tienes sopa en la cazuela; lávate un poco la cara y lárgate para la escuela.

Cuidado con los zapatos, que en la calle sobra barro; no vayas pisando charcos, procura no venir guarro.

Sin mochila y sin libros, pues solo tenía uno; con pizarra y pizarrín no hacía falta ninguno.

En la escuela, un revuelto de pobres y tiernas criaturas; con muy pocas atenciones, no existían asignaturas.

En el recreo, a la calle, a tomar un poco el sol, incluida la canción de cantar el Cara al Sol.

No había que hacer deberes, pero sí muchos recados: coger nabos en el huerto, segar hierba por el prado.

A veces ir con las vacas, otras con las ovejas; había que ayudar a los padres... ¡ellos no admitían quejas!

Hoy se llama esclavitud, entonces era enseñanza; yo me sentía muy feliz si lograba llenar la panza.

Aquella vida tan recia me dio el cuero de titán, para que hoy en nuestra mesa nunca nos falte el pan.

El Color del Cristal

 El Color del Cristal

Para unos era la "Morros", para otros la "Moretes"; para unos fue un amor, para otros un juguete.

Para unos era gorda, para otros era fina; para unos fue un amor, para otros medicina.

Para unos era joven, para otros era vieja; para unos fue un amor, para otros fue pelleja.

Para unos era fea, para otra muy deseada; para unos fue un amor, para otros despreciada.

Para unas era guapo, para otras era un muermo; para unas fue un amor, para otras era un sueño.

Para unas era alto, para otras era bajo; para unas fue un amor, para otras un cascajo.

Para unas era pobre, para otro millonario; para unas fue un amor, para soñar a diario.

Para unas divertido, para otras aburrido; para unas fue un amor, que no fuera compartido.

Unos y unas ven lo blanco, otros y otras ven lo negro; al pensar tan diferente, nadie se pone de acuerdo.

Esto de los gustos, es la mar de divertido; menos mal que nunca falta, un roto para un descosido.

Cada cual con su mirada, cada loco con su tema; que en la variedad del gusto, se resuelve cualquier lema

La Rubia del Bar

 La Rubia del Bar

Yo estaba muy fría, a punto de congelarme; me tomaste entre tus manos, empecé a calentarme.

Me llevaste hasta tu boca, dejaste de respirar; rápido querías beberme, no podías esperar.

Te portas como un novato, no me sabes disfrutar; no seas tan impaciente, haz un "preliminar".

Sabes bien que yo soy fría, tú siempre andas caliente; saborea nuestra unión, verás que soy diferente.

Al tenerme entre tus manos, deja ya de "sobar"; soy una rubia muy fiel, que no se va a escapar.

A veces no te controlas, me tomas en demasía; si me subo a tu cabeza, eso no es culpa mía.

Sé que le gusto a todos, desde el rico al mendigo; pero tómame despacio... tras un buen aperitivo.

Disfruta de mi frescura, mi espuma y mi compañía, que aunque me acabe en tu boca... ¡Volveré al siguiente día!

El Comensal Atrevido

 El Comensal Atrevido

Lo invitan a cenar, él está muy encantado; le gusta mucho la carne, pero más el buen pescado.

Es estupenda la suegra, se lo curra con creces, sirviendo para la cena variados entremeses.

Bebe varios vinos, se pone tontorrón; se le sube a la cabeza y pierde ya la razón.

Una mano por encima, la otra bajo la mesa; como busca su pescado, toca a la novia la almeja.

El suegro ve la jugada, nota que es algo marrano: «¡Para comer —le dice—, usa mejor las dos manos!».

Interrumpe la faena, toma el pan con la izquierda; es un queso de primera y jamón de pata negra.

Como está en otro mundo y es un poco despistado, les comenta a los suegros: «¡Qué rico está este pescado!».

«Céntrate en la comida, deja las manos quietas; que ahora vendrá el postre... ¡Y dirás que sabe a setas!».

La novia se pone roja, la cena se va a la mierda, y él se marcha a su casa con jamón de pata negra.-

La Vecina Cotilla

La Vecina Cotilla

Es una viuda cotilla, siempre espiando a las vecinas; mira quién entra y quién sale tras el tul de sus cortinas.

La de arriba está de obra, y ya lleva casi un año. Muchos suben a su piso... ¿Qué coño estará arreglando?

Me hace pensar la Antonia, con su trabajo de noche; gana un mísero sueldo, pero luce un tremendo coche.

¡Por qué gastará tanto gas la vecina del tercero! Yo creo que está liada con el guapo butanero.

La cosita del segundo, como una mosquita muerta; todas las noches un tipo espera a que abra la puerta.

Aquella cuyo marido murió... ¡Tanto llorar en el duelo! Qué pronto se le olvidó: ya sale con un abuelo.

Esa que tanto se arregla y siempre lleva tacones... que lo que piensen de ella le importa tres cojones.

¡Joder con esa mozuela! Si aún no le han salido dientes, y en menos de un solo año ya lleva tres pretendientes.

Ese chuleta con barbas que no encuentra un buen trabajo... seguro que vende droga, le vi sacar un buen fajo.

Esto que estoy narrando es una cosa sencilla: es parte del "critiqueo" de esa vecina cotilla.

Que nunca se morirá, sin peligro de extinción; tiene muy mala leche y muy duro el corazón.

No tiene vida ninguna, su vida es la de los demás; criticando a todo el mundo y no vive nunca en paz.

El pueblo que se nos fue

 El pueblo que se nos fue

¡Cuánto ha cambiado el pueblo! Desde sus caminos de tierra, sus tejados de pizarra, sus casas de barro y piedra.

La cocina, siempre con humo, los chorizos allí colgando, soltando toda la pringue mientras se iban curando.

El campo estaba sembrado, hoy está hecho una mierda: sin burros, vacas ni ovejas, lleno de malas hierbas.

En la era se trillaba, se cuidaba con esmero; si el topo lo destrozaba, se tapaba el agujero.

Los prados hoy están tristes, los manantiales se secaron; ya no quedan saltamontes, los pájaros emigraron.

El cura no dice misa, la gente ya no reza; unos perdieron la fe, a otros les da pereza.

Los bailes en la calle se dejan de celebrar; ya nadie busca un rincón donde poderse arrimar.

Años lleva sin escuela, la cigüeña es la culpable: sin juventud en el pueblo, no trae niños a nadie.

Muy pocos quedan ya vivos que lo sigan recordando: con pan, con vino y tocino, eran los reyes del mambo.

Todo está muy cambiado, pero le falta alegría; esa alegría constante que da la chiquillería.

Se apagan las chimeneas, el silencio es el que manda; solo queda la memoria de aquella vida tan sana.

La Cita Médica

 La Cita Médica

Solicitar una cita puede ser una aventura; enfermar de los nervios hasta coger calentura.

Pedirla por internet sin saber qué va a salir, imposible es adivinar lo que está por ocurrir.

Con solo teclear "citas" se empiezan a acumular cien páginas de adultos que no se pueden quitar.

Allí, dale que te pego, te tiras más de una hora; sale que si necesitas enfermera o doctora.

Tras pensarlo detenidamente, solicitas la doctora; te informa de su tarifa: ¡quinientos euros la hora!

Cambias a la enfermera, una gestión más sencilla, y sale un tipo desnudo mostrando la jeringuilla.

Ya tienes un lío padre y te queda una certeza: que el dolor de la tripa se te subió a la cabeza.

Ante tanto desenfreno piensas que algo va mal: ¡qué mucho que ha cambiado la Seguridad Social!

Al final apagas todo, con un susto de muerte, pues para ver al médico... ¡Hay que tener mucha suerte!


Aquellos Botellones

 

Aquellos Botellones

El botellón en mis tiempos era todo un derroche: se hacía a media tarde, no se salía de noche.

Llegar sereno a casa... Si notaban unos traspiés, podías recibir una torta que te ponía del revés.

Sin recibir una paga, andabas siempre a dos velas; difícil emborracharse sin disponer de una pela.

Sustrayendo alguna perra solo se podía comprar una simple gaseosa, y para ya de contar.

Para diez, una de litro, con una paja chupando; no más de dos chupinazos, los cuales se iban contando.

Las chicas no participaban en aquellas reuniones; eso era impensable ante tales "depravaciones".

Hubo una vez una fiesta que ya se salió del tiesto: gaseosa, vino y galletas... ¡Fue de alto presupuesto!

Ahora es muy diferente, forman un gran revuelo; terminan al día siguiente, todos "pedos" por el suelo.

Para no adquirir vicios, nos decían las abuelas: «Mejor es que pases hambre, que andes siempre a dos velas».

Cambiaron vasos por litros, la tarde por la mañana, ¡quién pillará una gaseosa de aquellas con tanta gana!

domingo, 18 de enero de 2026

El misterio de las vacas voladoras


 

El misterio de las vacas voladoras

Eran años de posguerra, años de privaciones, comías lo que te daban sin pedir explicaciones.

Pero surgió un misterio que no sabía resolver, por más vueltas que le daba no lograba entender.

En la escuela la maestra, si no había desayunado, me daba un vaso de leche sin ella tener ganado.

Sin tener vacas ni ovejas para poder ordeñar, siempre quedaba la duda: ¿de dónde la iba a sacar?

Le miraba yo los pechos sin encontrar un detalle, en la mañana y la tarde siempre del mismo tamaño.

El misterio se complica, una cosa de locura, cuando dicen que la leche se la proporciona el cura.

Él viene de otro pueblo a decir misa y rosario, no tiene a quien ordeñar, solo posee un caballo.

Unos dicen que ese cura es un cura milagrero, que con tan solo pedirlo la leche cae del cielo.

Yo estaba hecho un gran lío, al cielo siempre mirando, a ver si es que había vacas que estuvieran allí volando.

¡Qué chasco al descubrir que no era leche divina! Eran polvos de esa leche que mandaron de Argentina.

Hoy recuerdo aquella escuela y la duda que me urgía, bendiciendo aquel "milagro" que mi hambre entretenía.


¿Te gustar

La moza de Oriente.


 Apareció una moza mientras yo descansaba, tras una dura siega que el lomo me doblaba.

Se acercó lentamente, quedé yo embelesado; era la flor más bella que nunca había soñado.

Cubierta en una túnica de telas transparentes, ¿vendría de otro mundo o acaso de Oriente?

De pechos generosos, caderas abundantes; era una moza firme, de las que gustaban antes.

Tiró la tela al suelo, se quedó allí desnuda; hice cama de hierba sin rastro de una duda.

Tras el duro trabajo lo creí merecido, pero al decir "estoy listo", se había desvanecido.

Mirando a todos lados, quedé desconcertado; más solo que la una, sin nadie a mi costado.

Di vueltas y más vueltas como burro en la noria; por más que me empeñaba, no hubo "zanahoria".

El sol de la tarde bañaba mi figura, llevé la mano al frente: ardía de calentura.

La bota estaba seca, ni un bocado al costado; por empinar el codo... ¡Ese fue el resultado!

El peligro de las ventosas

 El peligro de las ventosas

Cierta vez me enamoré de una de labios muy gruesos, sin pensar que con sus besos me dejaría en los huesos.

El día que la conocí no fue mi día de suerte: su "chupeteo-morreo" casi me causa la muerte.

Estaba yo ilusionado con darle mi primer beso, por probar la resistencia de unos morros tan espesos.

Al principio, todo bien, no pintaban mal las cosas; lo malo vino después con aquellas dos ventosas.

Se crió con las cabras, no sabía bien besar, pero era toda una maestra cuando se puso a chupar.

Y así, chupa que te chupa, ella seguía engordando; yo, cada vez más canijo, cada día adelgazando.

Doy gracias hoy a los cielos por no abrirle la bragueta, porque de haberlo intentado, ¡me quedo sin piruleta!

Sin fuerzas para dejarla y sin llegar a la meta, no me mantenía en pie: terminé en la cuneta.

Cuando ya me recuperé le solicité sus besos; no quiso saber de mí... ¡Ella no chupaba huesos!

Le estoy muy agradecido por haberme rechazado: mejor vivir sin sus besos que acabar ya deshuesado.

Ahora luzco mi esqueleto con orgullo y con prudencia, que una novia con ventosas te aniquila la existencia.

Agua amarga en la fuente

 

Agua amarga en la fuente 

 

El pueblo no tenía luz, ni tampoco agua corriente; la moza, al atardecer, iba por ella a la fuente.

Allí la espera su mozo, aprovechan la ocasión para apagar cierto fuego tras un fuerte sofocón.

Con el tiempo muy medido, y tras hacerlo una vez, los dos quedan encendidos, tienen que apagar la sed.

El mozo coge el cántaro, bebe un trago apresurado; su cara se pone roja, cae al suelo desplomado.

La moza sale corriendo, entre gritos y llorando, pide ayuda a los vecinos: ¡el mozo se está ahogando!

Llega corriendo la gente, él está ya "medio frito", los pantalones bajados... ¡Y muy tieso el pajarito!

«Este tío no está muerto, es duro como una roca, se puede recuperar haciéndole el boca a boca».

Unos aprietan su pecho, ella soplando y chupando... ¡Cuando retira su boca, sale una rana saltando!

Casi se va al otro barrio, por un descuido temprano; por coger agua de noche... ¡Y no vigilar el rano!

El mozo ya no va al caño, ni se baja los calzones, que ahora el pueblo le canta la copla de los ramones.

El frío y la gaita

El frío y la gaita

En pleno día de invierno, con nieve por el barrio, a dos mujeres hablando les oí un comentario.

Marché corriendo a casa, pues hacía mucho frío; tenía que sacar al perro y pasear al marido.

Con el perro me caliento, me enfrío con el marido, que ya no vale por nada, anda medio "chuchurrio".

Los tres en plena armonía se fueron a pasear, pero al pobre del esposo le dieron ganas de mear.

Como está mal de la próstata, poco pudo aguantar, le daban fuertes dolores y necesitaba orinar.

Sacó fuera la piruleta tras un arbusto escondido, disimulando la cosa para mear con sentido.

Se enfrió la piruleta antes de haber terminado; quedó como un churro tieso que cuelga de un tejado.

La mujer, al ver aquello, tuvo pronto una idea: empezó a soplar el churro, ¡a ver si lo descongela!

Allí sopla que te sopla, y no para de soplar... por más que sople esa gaita, nunca volverá a sonar.

Moraleja de esta historia: si el invierno es muy crudo, mejor quédate en casa y no saques el "canudo".

La Mata hombres

La Mata hombres

Ella lo tenía todo, alias la «Abundante», por su cuerpo tan grandioso, por detrás y por delante.

Era como visitar una tienda de fiambre: ver jamones, grandes quesos, y poder calmar el hambre.

Como solo comían sopa, de vez en cuando un buen vino, soñaban con el jamón mucho más que con tocino.

La «Abundante» se pasea por la noche y por el día, presumiendo de su cuerpo, exhibiendo mercancía.

Todos sueñan con estar con tan singular criatura, pero ninguno se atreve: no se ven a su altura.

Un valiente salta al ruedo y le pide casamiento; ella, que arde en deseos, le da el sí en el momento.

La alegría en los pobres es muy poco duradera: el marido duró un asalto, cayó a la primera.

Se cargó a cientos y cientos, hay quien cuenta por millares; dicen que hasta a un coronel y a un cuartel de militares.

Ya no es más la «Abundante», le cambiaron el renombre: es una fiera terrible, ahora es la «Mata hombres».

Ya nadie busca su alcoba, huyen de su compañía, que estar a la altura de ella... ¡Es morir de alegría!

Evolución y castigo

 Evolución y castigo

Evolucionó el sexo, aunque muy lentamente. Situémonos en los cuarenta, olviden el presente.

Las mozas muy controladas, algunas llevaban palos; los mozos más liberados, pues no quedan embarazados.

La madre decía a la hija: —Hacerlo no es un placer. Los hombres son unos burros y te va a tocar doler.

Lleva tu honra al altar, conserva bien la decencia, que al hombre no le gusta mujer con experiencia.

Si pierdes esa honra y él no se casa contigo, te quedarás solterona, arrugada como un higo.

Difícil para el mozo pillar algo de chiripa; jodido para la moza si se le hinchaba la tripa.

Vergüenza para la familia si ella no estaba casada. Al niño: «hijo de puta», sin tener culpa de nada.

El hombre siempre putero, la mujer callada y pura. En esos extraños tiempos, mejor era hacerse cura.

Las cosas cambiaron mucho, hoy el mundo es más «chulo»; a los que nos tocó esa época, bien nos dieron por el culo.

El Petirrojo y el Carbonero

 

El Petirrojo y el Carbonero

Antiguamente en los pueblos usaban mucho el carbón, y ocurrió un caso extraño que cuento a continuación.

Todo el mundo tenía mote, y a uno el «Petirrojo» apodaban; por tener el pelo rojo de esa forma lo llamaban.

Se casó con una moza, bien apuesta y muy mañosa; ella también tenía el suyo: «María la Cariñosa».

Tuvieron pronto tres hijos, él trabajaba un montón, y para ganar más dinero se dedicó al carbón.

Un niño salió pelirrojo, los otros de tez oscura. Al no entender el motivo, le asaltó una gran duda.

Corría un rumor por el pueblo que le causaba amargura, y por aclarar el misterio decidió acudir al cura.

—Me estoy volviendo loco, con tanto lío en la mente: de los tres hijos que tengo, dos no parecen ser míos.

—Los hijos los manda el Señor, con colores diferentes; tu color es muy extraño, no tendría remanentes.

Tienes que lavarte bien, que trabajas en el carbón; es posible, analizándolo, que encuentres la solución.

Si no usas estropajo y bien no te la has lavado, el miembro se queda negro... ¡Y ahí es donde la has liado!

¡Qué puta casualidad que fuera a ver a aquel cura! Al que llamaban «El Negro» porque su tez era oscura.

Así se quedó tranquilo, lavándose con pasión, sin ver que el tizne del cura no salía con jabón.


¿

Hermanos de Leche.

Hermanos de leche

 Nacieron el mismo mes, sin poderlo predecir, ni saber, ya de adultos, lo que les iba a ocurrir.

Amigos hasta los quince, en tiempos de emigración, cada cual tomó su rumbo tras aquella separación.

Al cabo de varios años se volvieron a encontrar, y en unas vacaciones se llegaron a enamorar.

Al enterarse, las madres los trataron de apartar: «No pueden ser un matrimonio, son hermanos», dicen al hablar.

Ellos no pueden creerlo, les parece una traición: son de madres diferentes y de distinta unión.

Exigieron la respuesta a tan extraña cuestión, y al juntarse las mujeres dieron esta explicación:

«Una se quedó sin leche, pecho no podía dar; pidió ayuda a la otra, que a los dos dio de mamar».

«Eso los hace hermanos, no es una cosa secreta, es la ley establecida por compartir la misma teta».

Supersticiones antiguas que la gente se creía... ¿Quién sería el inventor de tan grande tontería?

Así quedaron los dos. Víctimas de aquel error. Que por leyes sin sentido,"pusieron freno al amor"



Mucha bulla y poca guerra

 

Esas costumbres de pueblo en la ciudad se han perdido: en la noche de bodas, ir a escuchar el ruido.

Como la cama era vieja y el colchón era muy duro, por amarse en silencio los novios pasan apuros.

Los mozos montan la guardia al pie de la ventana; que de todos era sabido lo fogosa que era Juana.

Conocida de los mozos, en el amor era fina; de los gallitos del pueblo había sido la gallina.

Se casó con el más burro, pues nadie más la quería, y eso aumentó el morbo: ¿cómo se comportaría?

Comienza pronto el jaleo, van dos horas sin dormir; la Juana pide más guerra, solo se la oye gemir.

Se produce un gran silencio, no saben por qué cuestión, y allí quedan esperando a la "segunda función".

Después de aquel descanso quedan todos sorprendidos, cuando él le dice a ella: —¡Te meteré lo no oído!—

—Tanto meter y sacar nos puede dar un problema; como me entra muy justo, mejor untarlo con crema.—

Se marchan todos corriendo: —¡Ese bruto la remata!— —Daño no puede hacerle, ¡si aquello es una alpargata!—

Lo que no saben los mozos es que el "bruto" es un pillo: sabiendo que lo escuchaban... ¡Metía y sacaba el anillo!

Así engañó a los curiosos, que se fueron con el chasco; mientras los novios reían, ¡cenando un buen churrasco!

Se Murió Muy Tranquilo





 La mujer está llorando, el marido está muriendo. Él tiene los ojos cerrados, y parece que está sonriendo.

—Cariño, no te me vayas, trata de espabilar, te prometo ser mejor y que voy a cambiar.

¡Qué extraña promesa!, él no se la puede creer. Abre los ojos como platos por si no es su mujer.

—No necesito que cambies, sigue guapa y tan tiesa. Me iré feliz de este mundo si cumples una promesa.

—Te juro por mi cariño, que dejaré de ser tiesa. Me pidas lo que me pidas, yo cumpliré la promesa.

—Vas a quedarte viuda y estás muy de desear; no quiero que me llores, te tienes que volver a casar.

Pero no con cualquiera, recuerda lo que te digo: te casarás con Antonio, que es mi mejor amigo.

—¡Eres tan buen marido! ¿Cómo se te ocurre eso? Él está solo y soltero... ¡y está mejor que un queso!

—Es porque lo quiero mucho, mi amigo de toda la vida: ¡si tú te casas con él, pronto me hará compañía!

Así me muero tranquilo, sabiendo que mi destino, se lo vas a hacer pasar al pobre de mi vecino.

La Partera de la Aldea

La Partera de la  Aldea

Obtuvo por correo, su título de partera. En una aldea olvidada, ella era la primera.

Eran tiempos sin cesáreas, sin ciencia ni medicina; ensayó sus habilidades cuando paría la gorrina.

Es una noche muy cerrada, el pueblo no tiene luz. La vecina, primeriza, está por dar a luz.

El marido está borracho, de la noche a la mañana. Para estorbar en el parto, se ha quedado en la misma cama.

Un debut muy complicado, una experiencia muy dura; todo lo hace a tientas, la madre poco ayuda.

Buscando entre las piernas algo empieza a asomar. Para animarlo a salir, lo empieza a acariciar.

El cuello estira y estira, los hombros sin aparecer. Siente de pronto un espasmo, y el niño se vuelve a esconder.

Experiencia negativa, la mujer sigue gritando, y el marido, relajado, se queda en la cama roncando.

Tuvo muy mala suerte en aquella vez primera. Viendo lo que tarda el niño, ya no quiere ser partera.

Se pasó a veterinaria, era menos complicado: la hembra pare solita, sin un macho a su lado.

Prefiere tratar con vacas, o con yeguas en el prado, que al menos no tienen suegras, ni un marido emborrachado.



El Secreto de la Mairena

 El Secreto de la Mairena

En el pueblo era sabido que la iglesia no pisaba; no practicaba el rito y el cura no le gustaba.

Tiene un secreto muy gordo que no se puede guardar, y un día le pide al cura que se quiere confesar.

El cura queda extrañado de cambio tan repentino: «esa oveja descarriada al fin halló el camino».

—Bienvenido sea al rebaño si viene arrepentido; confiese sus pecados, será bien recibido.

Se hinca para la cura, recibe la bendición: —Nadie sabrá tus faltas, secreto de confesión.

—Yo solo quería decirle que me tiro a la Mairena, «horno caliente» de mote, ¡esa tía que está tan buena!

—¡Tienes que dejar de hacerlo! ¡Que ella es mujer casada! Si se entera el marido, va a darte una cornada.

—No dejaré de hacerlo mientras el cuerpo aguante; no me importa el infierno, yo seguiré adelante.

—Si no estás arrepentido, ¿por qué vienes a confesar? —¡Es para que sienta envidia, al no poderlo contar!

Se marchó muy satisfecho por dejarlo con la duda, que el pecado sabe a poco si no se entera el cura.


Aquella Etapa Maldita

 

Aquella etapa maldita, difícil de confesar: las veces que la tocabas a la hora de mear.

Las reglas eran estrictas, una cosa exagerada: tomarla con solo dos dedos, nunca la mano cerrada.

La tarea era difícil, un esfuerzo sobrehumano; si la tenías encogida, no alcanzaba ni una mano.

El cura con su sermón y el canto del aleluya, haciéndote pecar por tocar una cosa que era tuya.

Siempre espiando al cura, de noche y de mañana: ¿Cómo coño se la sacaba debajo de la sotana?

El vino que se bebía se debía evaporar; dos años de monaguillo y nunca le vi mear.

Hasta llegué a pensar que el cura no tenía pito, y meaba como las viejas: agachándose un poquito.

Recé muchos padrenuestros y miles de avemarías, castigado por usar mal esas cosas que eran mías.

Al final, desesperado y sin poder aguantar, le daba cuatro meneos al terminar de mear.

El Tesoro del Lavadero

El Tesoro del Lavadero

Montando guardia en el río, rondando por el lavadero, buscando algún dormitorio o el más pequeño agujero.

Vestían con tanta ropa, no enseñaban ni el tobillo, y no dejaban que viera ni el pelo del sobaquillo.

Cierta tarde, una mozuela yo me puse a vigilar; se acercaba al lavadero sin ropa para lavar.

Como ya estaba oscureciendo, me pareció muy extraño; pensé: «cabe la sospecha de que quiera darse un baño».

Miró, bien a su derecha, vio que nadie se acercaba, se despojó de su ropa... ¡Y no llevaba ni bragas!

Tras un matojo de negrillos, allí me quedé mirando; sabía que estaba mal, pero seguía espiando.

De tanto darle a la mente, la razón quedó maltrecha; pequé con el pensamiento... y con la mano derecha.

Ver ese cuerpo desnudo fue para mí todo un drama: sin saber cómo ocurrió, soñando mojé la cama.

Pasaron ya muchos años, de aquel río y el pecado; pero aún veo a la moza, cuando duermo descuidado.

Inesperado Contratiempo.

 El Contratiempo

Me tocó comerle el coco para una cita amorosa. Se puso la mar de tonta pidiendo mil y una cosas.

Que fuera un lugar tranquilo, que estuviera bien aseado, sin vecinos en la puerta, pero no muy alejado.

El colchón, viscoelástico; la habitación, bien pintada; con suelo de moqueta y con la cama dorada.

Que me vistiera de gala en las grandes ocasiones, y que fuera preparado con una caja de condones.

Pensaba recuperar el dinero allí invertido; ¡había tardado más tiempo que la cigüeña en su nido!

Al contemplar la escena se quedó muy emocionada; recibió tal impacto que se le cayeron las bragas.

"¡Desnúdate!", le dije, "yo estoy listo al momento". Pero ella me dijo "no", y surgió el contratiempo.

"Habrá que dejar la cita para mejor ocasión; hoy no va a poder ser porque llevo puesto un tampón".

Me quedé frío del todo ante aquella bobada: ¡que se taponara el chichi jamás me lo esperaba!

"¡Tendrías que haber avisado que taponabas el chocho! Lo hubiera solucionado con un simple sacacorchos".

Tanto lujo y tanto traje, tanto esfuerzo derrochado, para acabar con el vino por un corcho bien guardado.


La Pareja y la Contorsionista

 La Pareja y la Contorsionista

Él pesa más de cien kilos, ella menos de cuarenta. A la hora de amarse, es para tenerlo en cuenta.

Son enormes diferencias, una cosa de locura. Por mucho que lo intentan, no hallan jamás la postura.

La normal, la de toda la vida, es muy difícil de usar: él no da nunca en el blanco y la puede hasta asfixiar.

Si ella se pone encima, —postura muy socorrida—, el pito no encuentra sitio si lo impide la barriga.

Compran revistas de adultos para poderse ilustrar; prueban todas las posturas y ninguna saben dar.

La pareja, tan perfecta, se empieza a deteriorar: él por no bajar de peso, ella por no adelgazar.

La relación se termina, se nota a simple vista. Más el panorama cambia al ver a una contorsionista.

Ver a la contorsionista despertó sus emociones: ¡una doblándose así llega a todos los rincones!

Se hizo ella experta en el arte, fue su mejor aventura. Ahora es la que manda en cama con mil y una posturas.

Hoy viven muy felices, sin quejas ni amargura, pues donde no llega el pito ¡llega la arquitectura!



El Precio de la Honoria

 El Precio de la Honoria

Cinco cabras me pidieron los padres de la Honoria; me reservaban a la hija para que fuera mi novia.

No acepté la propuesta, no sabía qué pensar: yo era un niño mocoso y ella a medio criar.

Mi contraoferta fue una cosa algo más fina: lo más que podía ofrecer era darles una gallina.

Sus padres casi me pegan y me tildan de roñoso, que soy un miserable, además de un tonto soso.

Al no llegar a un acuerdo, todo aquello fue cambiando: las formas de buscar novia fueron mucho mejorando.

Se podían hallar gordas, se podían buscar finas, sin necesitar las cabras ni cambiarlas por gallinas.

La Honoria seguía sin novio, ya era una veinteañera; la madre, desesperada, vio que se quedaba soltera.

Era demasiado tímida y de curvas carecía; era un poco difícil colocar la mercancía.

Barata me la ofreció, estaba ya de rebaja; lo que querían sus padres era sacarla de casa.

Alaban sus cualidades: "¡Es una chica divina! Trabaja mucho, come poco y en la cama es muy fina".

Pasó la era del trueque, la cosa marcha mejor: en estos tiempos actuales uno se casa por amor.

Y aunque el amor sea muy lindo, celebro con gran euforia que aún conservo mis cabras y no me cargué a la Honoria.

¿Como Consiguió la Medalla?

 

Era el marido ideal, amante y trabajador; casi el hombre perfecto, de lo bueno, lo mejor.

Su leve defecto era que, algún fin de semana, se pasaba con la bebida y se meaba en la cama.

A un marido tan bueno lo quiere perfeccionar: que corrija ese defecto y no se vuelva a orinar.

Verlo en tales condiciones le produce mal humor, y le manda que se duerma en el sofá del comedor.

Él duerme como un tronco, pues lo mismo le da descansar en el colchón o dormir en el sofá.

La mujer, que es católica, contó su desventura; al ir a confesarse, se lo dijo al señor cura.

Él, tratando de ayudarla, le ofrece un gran remedio: le entrega una medalla de la Virgen del Remedio.

—Cuando esté bien borracho y no se entere de nada, ata esto a su atributo y evitará la meada.

La mujer así lo hizo. Él despertó atontado: con el "miembro" al doble de tamaño, pero no se había meado.

Al mirarse la entrepierna descubrió la medalla: —¡Joder! Menuda batalla ha librado esta metralla.

La mujer le pregunta: —¡Estás hecho un desastre! ¿Dime qué hiciste anoche? ¿Dónde coño la pillaste?

—Del lugar no me acuerdo, mi memoria allí me falla... ¡Pero debió ser un convento, pues me han puesto una medalla!


Fea pero Cariñosa.


 Sueños de la juventud: tener una novia hermosa, sin pensar que "la no bella" te brinda mejores cosas.

Tuve una allá en el pueblo que no era una hermosura, pero tenía de todo... aunque era bruta y muy ruda.

Me hacía muchas caricias si me encontraba cansado; con sus manos tan ásperas me dejaba relajado.

Labios curtidos y gruesos, y si me daba un "chupetón", un mes me dejaba marca luciendo aquel moratón.

Sus pechos eran enormes, ¡yo estaba entusiasmado! Al meter uno en la boca casi muero asfixiado.

Dalle un pellizco en el culo era pura fantasía; me quebré una vez los dedos de lo duro que lo tenía.

¿Y en el amor? ¿Qué decir? Nunca llegué yo a la meta; sentía un pánico enorme al bajarme la bragueta.

Sabía que con sus manos debía tener cuidado: si agarra el "pinganillo", lo deja despellejado.

Como estaba muy seguro que nunca me dejaría, no le hacía mucho caso, la tuve desatendida.

Ella quería algo serio, buscaba echar sus raíces... ¡Se fue con otro y me dejó con un palmo de narices!

Memorias de Tinta y Pizarra.


 Al pasar frente a la escuela, me vuelven a resurgir las fatigas que pasé para aprender a escribir.

Con una simple pizarra me tenía que apañar: pizarrín para escribir, un trapo para borrar.

No utilizaba cuaderno ni un simple lapicero; era una época mala, carecía de dinero.

Aprender a usar la pluma me llenó de frustraciones: al mojarla en el tintero me llenaba de manchones.

Tuve una enciclopedia en la que pude estudiar; salí pronto de la escuela, no la pude terminar.

Como sabía sumar, ya tenía suficiente: me llevaron a un comercio como simple dependiente.

La maestra, un sargento, siempre estaba bien armada: unas veces con la regla, otras veces con la vara.

Ella mandaba en la escuela, el cura en la religión; y los padres siempre decían: "Ellos tienen la razón".

Tenía que estar atento, tenerla siempre contenta; decían en esos tiempos: "La letra con sangre entra".