Aquella etapa maldita, difícil de confesar: las veces que la tocabas a la hora de mear.
Las reglas eran estrictas, una cosa exagerada: tomarla con solo dos dedos, nunca la mano cerrada.
La tarea era difícil, un esfuerzo sobrehumano; si la tenías encogida, no alcanzaba ni una mano.
El cura con su sermón y el canto del aleluya, haciéndote pecar por tocar una cosa que era tuya.
Siempre espiando al cura, de noche y de mañana: ¿Cómo coño se la sacaba debajo de la sotana?
El vino que se bebía se debía evaporar; dos años de monaguillo y nunca le vi mear.
Hasta llegué a pensar que el cura no tenía pito, y meaba como las viejas: agachándose un poquito.
Recé muchos padrenuestros y miles de avemarías, castigado por usar mal esas cosas que eran mías.
Al final, desesperado y sin poder aguantar, le daba cuatro meneos al terminar de mear.

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