En el pueblo era sabido que la iglesia no pisaba; no practicaba el rito y el cura no le gustaba.
Tiene un secreto muy gordo que no se puede guardar, y un día le pide al cura que se quiere confesar.
El cura queda extrañado de cambio tan repentino: «esa oveja descarriada al fin halló el camino».
—Bienvenido sea al rebaño si viene arrepentido; confiese sus pecados, será bien recibido.
Se hinca para la cura, recibe la bendición: —Nadie sabrá tus faltas, secreto de confesión.
—Yo solo quería decirle que me tiro a la Mairena, «horno caliente» de mote, ¡esa tía que está tan buena!
—¡Tienes que dejar de hacerlo! ¡Que ella es mujer casada! Si se entera el marido, va a darte una cornada.
—No dejaré de hacerlo mientras el cuerpo aguante; no me importa el infierno, yo seguiré adelante.
—Si no estás arrepentido, ¿por qué vienes a confesar? —¡Es para que sienta envidia, al no poderlo contar!
Se marchó muy satisfecho por dejarlo con la duda, que el pecado sabe a poco si no se entera el cura.

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