Él pesa más de cien kilos, ella menos de cuarenta. A la hora de amarse, es para tenerlo en cuenta.
Son enormes diferencias, una cosa de locura. Por mucho que lo intentan, no hallan jamás la postura.
La normal, la de toda la vida, es muy difícil de usar: él no da nunca en el blanco y la puede hasta asfixiar.
Si ella se pone encima, —postura muy socorrida—, el pito no encuentra sitio si lo impide la barriga.
Compran revistas de adultos para poderse ilustrar; prueban todas las posturas y ninguna saben dar.
La pareja, tan perfecta, se empieza a deteriorar: él por no bajar de peso, ella por no adelgazar.
La relación se termina, se nota a simple vista. Más el panorama cambia al ver a una contorsionista.
Ver a la contorsionista despertó sus emociones: ¡una doblándose así llega a todos los rincones!
Se hizo ella experta en el arte, fue su mejor aventura. Ahora es la que manda en cama con mil y una posturas.
Hoy viven muy felices, sin quejas ni amargura, pues donde no llega el pito ¡llega la arquitectura!

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