Cinco cabras me pidieron los padres de la Honoria; me reservaban a la hija para que fuera mi novia.
No acepté la propuesta, no sabía qué pensar: yo era un niño mocoso y ella a medio criar.
Mi contraoferta fue una cosa algo más fina: lo más que podía ofrecer era darles una gallina.
Sus padres casi me pegan y me tildan de roñoso, que soy un miserable, además de un tonto soso.
Al no llegar a un acuerdo, todo aquello fue cambiando: las formas de buscar novia fueron mucho mejorando.
Se podían hallar gordas, se podían buscar finas, sin necesitar las cabras ni cambiarlas por gallinas.
La Honoria seguía sin novio, ya era una veinteañera; la madre, desesperada, vio que se quedaba soltera.
Era demasiado tímida y de curvas carecía; era un poco difícil colocar la mercancía.
Barata me la ofreció, estaba ya de rebaja; lo que querían sus padres era sacarla de casa.
Alaban sus cualidades: "¡Es una chica divina! Trabaja mucho, come poco y en la cama es muy fina".
Pasó la era del trueque, la cosa marcha mejor: en estos tiempos actuales uno se casa por amor.
Y aunque el amor sea muy lindo, celebro con gran euforia que aún conservo mis cabras y no me cargué a la Honoria.

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