Me tocó comerle el coco para una cita amorosa. Se puso la mar de tonta pidiendo mil y una cosas.
Que fuera un lugar tranquilo, que estuviera bien aseado, sin vecinos en la puerta, pero no muy alejado.
El colchón, viscoelástico; la habitación, bien pintada; con suelo de moqueta y con la cama dorada.
Que me vistiera de gala en las grandes ocasiones, y que fuera preparado con una caja de condones.
Pensaba recuperar el dinero allí invertido; ¡había tardado más tiempo que la cigüeña en su nido!
Al contemplar la escena se quedó muy emocionada; recibió tal impacto que se le cayeron las bragas.
"¡Desnúdate!", le dije, "yo estoy listo al momento". Pero ella me dijo "no", y surgió el contratiempo.
"Habrá que dejar la cita para mejor ocasión; hoy no va a poder ser porque llevo puesto un tampón".
Me quedé frío del todo ante aquella bobada: ¡que se taponara el chichi jamás me lo esperaba!
"¡Tendrías que haber avisado que taponabas el chocho! Lo hubiera solucionado con un simple sacacorchos".
Tanto lujo y tanto traje, tanto esfuerzo derrochado, para acabar con el vino por un corcho bien guardado.

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