La mujer está llorando,
el marido está muriendo.
Él tiene los ojos cerrados,
y parece que está sonriendo.
—Cariño, no te me vayas, trata de espabilar, te prometo ser mejor y que voy a cambiar.
¡Qué extraña promesa!, él no se la puede creer. Abre los ojos como platos por si no es su mujer.
—No necesito que cambies, sigue guapa y tan tiesa. Me iré feliz de este mundo si cumples una promesa.
—Te juro por mi cariño, que dejaré de ser tiesa. Me pidas lo que me pidas, yo cumpliré la promesa.
—Vas a quedarte viuda y estás muy de desear; no quiero que me llores, te tienes que volver a casar.
Pero no con cualquiera, recuerda lo que te digo: te casarás con Antonio, que es mi mejor amigo.
—¡Eres tan buen marido! ¿Cómo se te ocurre eso? Él está solo y soltero... ¡y está mejor que un queso!
—Es porque lo quiero mucho, mi amigo de toda la vida: ¡si tú te casas con él, pronto me hará compañía!
Así me muero tranquilo, sabiendo que mi destino, se lo vas a hacer pasar al pobre de mi vecino.

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