Esas costumbres de pueblo en la ciudad se han perdido: en la noche de bodas, ir a escuchar el ruido.
Como la cama era vieja y el colchón era muy duro, por amarse en silencio los novios pasan apuros.
Los mozos montan la guardia al pie de la ventana; que de todos era sabido lo fogosa que era Juana.
Conocida de los mozos, en el amor era fina; de los gallitos del pueblo había sido la gallina.
Se casó con el más burro, pues nadie más la quería, y eso aumentó el morbo: ¿cómo se comportaría?
Comienza pronto el jaleo, van dos horas sin dormir; la Juana pide más guerra, solo se la oye gemir.
Se produce un gran silencio, no saben por qué cuestión, y allí quedan esperando a la "segunda función".
Después de aquel descanso quedan todos sorprendidos, cuando él le dice a ella: —¡Te meteré lo no oído!—
—Tanto meter y sacar nos puede dar un problema; como me entra muy justo, mejor untarlo con crema.—
Se marchan todos corriendo: —¡Ese bruto la remata!— —Daño no puede hacerle, ¡si aquello es una alpargata!—
Lo que no saben los mozos es que el "bruto" es un pillo: sabiendo que lo escuchaban... ¡Metía y sacaba el anillo!
Así engañó a los curiosos, que se fueron con el chasco; mientras los novios reían, ¡cenando un buen churrasco!

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