El pueblo que se nos fue
¡Cuánto ha cambiado el pueblo! Desde sus caminos de tierra, sus tejados de pizarra, sus casas de barro y piedra.
La cocina, siempre con humo, los chorizos allí colgando, soltando toda la pringue mientras se iban curando.
El campo estaba sembrado, hoy está hecho una mierda: sin burros, vacas ni ovejas, lleno de malas hierbas.
En la era se trillaba, se cuidaba con esmero; si el topo lo destrozaba, se tapaba el agujero.
Los prados hoy están tristes, los manantiales se secaron; ya no quedan saltamontes, los pájaros emigraron.
El cura no dice misa, la gente ya no reza; unos perdieron la fe, a otros les da pereza.
Los bailes en la calle se dejan de celebrar; ya nadie busca un rincón donde poderse arrimar.
Años lleva sin escuela, la cigüeña es la culpable: sin juventud en el pueblo, no trae niños a nadie.
Muy pocos quedan ya vivos que lo sigan recordando: con pan, con vino y tocino, eran los reyes del mambo.
Todo está muy cambiado, pero le falta alegría; esa alegría constante que da la chiquillería.
Se apagan las chimeneas, el silencio es el que manda; solo queda la memoria de aquella vida tan sana.

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