Al pasar frente a la escuela, me vuelven a resurgir las fatigas que pasé para aprender a escribir.
Con una simple pizarra me tenía que apañar: pizarrín para escribir, un trapo para borrar.
No utilizaba cuaderno ni un simple lapicero; era una época mala, carecía de dinero.
Aprender a usar la pluma me llenó de frustraciones: al mojarla en el tintero me llenaba de manchones.
Tuve una enciclopedia en la que pude estudiar; salí pronto de la escuela, no la pude terminar.
Como sabía sumar, ya tenía suficiente: me llevaron a un comercio como simple dependiente.
La maestra, un sargento, siempre estaba bien armada: unas veces con la regla, otras veces con la vara.
Ella mandaba en la escuela, el cura en la religión; y los padres siempre decían: "Ellos tienen la razón".
Tenía que estar atento, tenerla siempre contenta; decían en esos tiempos: "La letra con sangre entra".

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